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Jueves, 4 de marzo de 2021

José, Cote, Campusano latidos sincopados

“Los poetas, los músicos, son artistas y tienes que tener algo dentro para sacarlo”, al tiempo que asegura que “yo siempre fui músico, empecé con la percusión latina y luego con la batería” 
Cote Campusano, durante la entrevista. Fotos: Carmen Borrego

JAM SESSION, dícese de un encuentro informal de improvisación musical. Y si es en El Centenera, mejor. Hay bares en Salamanca que mantienen la esencia y el gusto de la música en directo. Hay músicos como Cote Campusano que tienen, con empresarios como Roberto Martín (dueño de El Centenera) el empeño de devolver a los locales legendarios de la ciudad el hálito del jazz, el ritmo de la noche musical salmantina, la esencia de los lugares auténticos. Barras de bar, escenarios de cercanía donde se ofrece el atrevimiento de la originalidad, la búsqueda, el encuentro. Con ustedes, a la batería, Cote Campusano.

Charo Alonso: Roberto ¿Cómo te mantienes entero con El Centenera en La Gran Vía frente a una competitividad despiadada?

Roberto: Porque lo importante de un bar es la esencia. Por eso me gusta apostar por la música en directo, sobre todo cuando tienes buena gente. Este bar lleva 30 años, y lo que queda es la esencia y la música.

Ch.A.: Cote, buena gente ¿Qué es una jam session?

Cote Campusano: Es una reunión de músicos, con las bandas hay temas ensayados, en una jam nos subimos, vemos qué pasa, proponemos una idea y nos ponemos a improvisar con ciertos límites. La gente del público puede tocar, participar. Yo entro con un ritmo y se sigue…

Ch.A.: ¿A la gente le gusta? Parece que se ha puesto de moda en los locales ofrecer música en directo ¿Se paga bien?

C.C.: Llevamos cuatro años haciéndolas y está lleno siempre. Somos Fernando Aguado, Alessandro Fonta, Lauren Cintado y Ángel Ríos. Tocamos de las diez y media en adelante los miércoles. Se ha puesto de moda y hay gente que lo gestiona mejor que otra, pero creo que los hosteleros se han dado cuenta de que la música en directo es un beneficio para ellos, que la gente lo aprecia. Es un buen producto que ellos ofrecen al cliente porque siempre sucede algo nuevo.

Ch.A.: Pero parece que no se entiende bien eso de pagar al músico por algo que no sea un concierto.

C.C.: Depende, claro, pero haya venido el público o no, el músico trabaja, ensaya para el concierto o una jam. Hay que reconocer su trabajo, como músico no paras nunca, no solo es el momento de la actuación. Estamos atravesando un momento dulce, es un desafío ofrecer música en directo, algo cercano.

Ch.A.: ¿Cómo acaba un chileno aquí en Salamanca?

C.C.: Yo llegué a Barcelona con una chica…

Ch.A.: ¿Eras músico antes de ese viaje?

C.C.: Yo siempre fui músico, empecé con la percusión latina y luego con la batería. Pronto vi que lo que yo hacía aportaba y ahí fui. Me crié entre músicos, tengo tres tíos que tocaban en un grupo que contaba con un coro de niños… yo no daba el perfil para el coro y tocaba la percusión. Empecé de tocar un poquito de percu a que me dieran algo más de espacio.

Carmen Borrego: ¿Tus padres no se desesperaban con el ruido?

C.C.: Mis padres me apoyaron bastante. Mi papá cargaba con la batería, tocábamos y nos llevaba a todo el grupo y me recogía. Él me mandó a estudiar percusión a Cuba… siempre me apoyaron, recuerdo a mis padres en la casa, mi vieja tan tranquila y nosotros, los colegas, dando cera… y nunca se quejaron del ruido. A veces pienso en cambiarlo por la armónica, pero es mi trabajo, yo tengo que cargar con los hierros cada vez que toco. La batería es así, yo tengo una Varus, una marca fantástica que también me apoya.

Ch.A. Nos estabas contando que llegaste a Barcelona…

C.C.: Allí me llamó un amigo chileno que vivía en Salamanca porque necesitaban a alguien para una banda. Yo tenía muchas ganas de tocar porque había estado un tiempo sin hacerlo, bueno, habían sido seis meses pero a mí me parecía una eternidad. En esa época no había muchos baterías ahora hay más, gente joven que está tocando que flipas.

Ch.A.: Los músicos de Salamanca sois muy versátiles, tocáis en una banda, en otra, con unos, con otros… ¿Cómo lo hacéis?

C.C.: Mirando la agenda, buscando fechas. No es difícil, quieras o no es música, hay cosas que sabes que debes hacer de una determinada manera. Luego hay que dejarse fluir en el escenario. A los músicos de Salamanca se nos da bien tocar así, con unos y con otros, aunque suene muy pedante.

Ch.A.: Fernando y yo te conocimos en un concierto de ALAMISA en el Museo del Comercio, tocabas la batería con Christian Murgui y era impresionante oíros ¿Y si no os lleváis bien entre vosotros? ¿Puedes tocar con cualquiera? 

C.C. Esa fue una buena conversación musical, sí. Es mi oficio, no me puedo permitir decir no, yo soy músico y toco con quien me lo pida. Es verdad que puede que haya gente que te caiga un poco mejor o un poco peor, pero puede que con esa persona tocando salga todo bien, me mole. Hay que ser generosos y sobre todo, profesionales.

Ch.A.: Eres generoso y profesional. Pero seguro que entre los músicos hay egos, broncas…

C.C.: No, no nos llevamos mal, en absoluto.

Ch. A.: ¿Cómo se gana la vida un músico en Salamanca? Aparte de mal.

C.C.: Sobre todo mal. Tocando mucho, yo por ejemplo, dando clases de batería, con concierto fijos a la semana, proyectos que salen… Se puede en todos los lados, depende de cómo quieras hacerlo. Hay que darte a conocer, ofrecer tu trabajo creyendo que puede traer un beneficio para el otro. Ofrecer, por ejemplo, un taller de percu con los chavales, aunque sea con tambores de plástico. Mostrar tu trabajo. Yo he estado tocando en una orquesta de verbena, que también es una manera de ganarse la vida para un músico. Toqué con la orquesta ‘La Huella’ de Segovia, que es bastante orgánica…

Ch.A.: ¿Orgánica una orquesta de verbena?

C.C.: Una orquesta de verbena puede tener muchas luces, abusar de las grabaciones… gente como ‘La Huella’ ha hecho un curro bastante inteligente. La orquesta de verbena tiene que generar un vínculo con la gente, esa es su misión, porque puedes tener un camión enorme, luces, mucha cosa, pero la pregunta es ¿le gusta a la gente?

Ch.A.: Tocar en Salamanca es como recorrer un circuito… al final son los mismos sitios ¿Eso es bueno?

C.C.: Si tu aspiración es vivir así, sí. Es como el camarero que pone las copas, luego quiere montar su propio bar, le va bien y quiere montar otro, ir a Madrid a poner una franquicia… la música también, además, puede que ahí tire más el ego. Los músicos tenemos un ego importante. Mira con las redes sociales tienes el mundo a tu disposición. Pones tu tema y lo escuchan en Singapur y te llaman para ir allí… no hay límites.

Ch.A.: En el último concierto en el que os vimos, Ariel Brínguez, el afamado saxofonista cubano decía que os iba a llevar a Chuchi García, a Víctor Antón y a ti de gira por Cuba.

C.C.: Me encantaría, sería de puta madre, y si nos lleva a Arapiles, tampoco pasa nada. Es que ese concierto con Ariel… yo tenía la energía baja y según hablaba él iba tirando buena energía… el tío seguía dando buena onda. Tiene un espíritu… Yo estaba un poco acojonado porque es una figura muy importante ¿Cómo íbamos a tocar nosotros con él? Pero el trabajo ese que hizo de alimentarnos, de decir “Esto es una banda ya”, consiguió que termináramos siendo un grupo hecho en media hora.

Ch.A.: Con los conciertos de ALAMISA hemos conocido a grandes músicos de fuera, pero este hombre era muy especial…


C.C.: Es tremendo personaje, buena gente. Los grandes son gente que vienen con la humildad, saben ya lo que tocan, generan emoción… Nosotros como músicos tenemos que ofrecer algo distinto, original, real, y él lo hace siempre.

Ch.A.: ¿Dónde miras cuando estás tocando la batería?

C.C.: Cuando se trata de un concierto con mucha gente, me concentro en un punto fijo muy lejano, intento no concentrarme en nadie. Hay una cuestión de ego, porque si ves a alguien con cara de disgusto, no va bien. En un concierto más pequeño veo a la gente, y si compruebas que tienen los ojos cerrados y están en un viaje con nosotros, con la música que hacemos, ufff… Depende un poco del contexto, también me gusta mirar a las personas con las que toco, o agacharme, aunque es malo para la postura, pero me gusta para concentrarme, cerrar los ojos y sentir la música…

Ch.A.: ¿Un batería es la pesadilla de los vecinos?

C.C.: No, hay que respetar. Yo toco en un local que alquilo, a mí me molesta el ruido que no es ritmo. Cómo voy yo a molestar…

Ch.A.: ¿Por qué nos gusta tanto la batería? ¿Tocas algo más?

C.C.: Porque es muy primaria, el golpe es lo primero. Y es muy ruidosa. En realidad, todo es ritmo, las luces de la ciudad se encienden a la misma hora, la gente camina con un ritmo especial. Y la batería es ritmo. Yo toco percusión latina, yembé, cajón…

Ch.A.: Cote, eres muy querido, entre los músicos y más. ¿Te sientes bien en Salamanca?

C.C.: He encontrado muy buena gente aquí, he hecho casi familia, me siento muy a gusto. Salamanca no es una ciudad cara para vivir, puedo permitirme un local, tiempo de ensayo, tiempo para estudiar, toco… ¿Qué más?

Ch.A.: ¿Y esa mala vida de los músicos? ¡Seguir vuestro ritmo vital en una relación debe ser complicado!

C.C.: Hay músicos que se levantan a las 6 de la mañana y a las siete y media están haciendo escalas. Yo tengo otro ritmo. Y luego están los bares, que son un segundo hogar para muchos. Lo de la mala vida es una cuestión de ciclos. Todo con moderación no es malo, hay gente que lleva una mala, mala vida y no es músico. Y lo otro… yo necesito mi espacio como músico, quizás ayuda bastante el que ambos sean músicos, aunque entre artistas, en general, las emociones son muy intensas para lo bueno y para lo malo.

Ch.A.: Vamos, que no nos vas a contar ninguna historia escabrosa…

C.C.: Los poetas, los músicos, son artistas y tienes que tener algo dentro para sacarlo. El artista suelta una especie de alquimia, coge una idea de mierda y la pone a fuego lento, le echa otro químico y sale… también hay que reconocer una tendencia genética a ser adicto, o a tener mucha empatía con el dolor de los otros. Hay que tener empatía y cierta humildad para convertirte en la voz de otros, para hacer un tema con ello.

Ch.A.: ¿Compones tus temas?

C.C.: Estoy mejorando en ese espacio. Tengo mis canciones, pero llamarme compositor, todavía no.

Ch.A.: Los músicos cuando tocáis en grupo tenéis que dejar a un lado el ego o dárselo al solista ¿Cómo se lleva eso?

C.C.: Eso no es problema, otra cosa es la composición de un tema, eso es algo más delicado. Si el tema es mío y pone que es de Juanito, Juanito los cojones, el tema es mío. En el cartel del jazz normalmente se pone primero el nombre del solista, luego el del pianista, el guitarrista y el batería.

Ch.A.: Batería el último.

C.C.: El último, sí, porque los últimos serán los primeros.

Ch.A.: Das clases particulares, yo emplazo a la gente que trabaja con alumnos con trastornos de conducta para que recurran a la batería.

C.C.: Sí, porque dando una lección le puedes decir al alumno, toca lo que quieras, pero fuerte… a los cinco minutos ya no aguanta. No estaría mal, la música en general es una buena terapia.

Ch.A.: Tú fuiste uno de los puntales de la Asociación ALAMISA, que promovía la música en directo cuando no era tan común en Salamanca ¿Qué le podemos pedir a las instituciones para que apoyen la música en directo?

C.C.: ALAMISA funcionó sin ayuda oficial, fue un gran proyecto que promovía a los músicos locales y traía a excelentes músicos. Hemos aprendido mucho de todo ese trabajo. Y con las instituciones todo mejora,  están cediendo espacios que eran elitistas. Se están abriendo un poco más a la música, aunque siempre se podría más. Y con respecto a los contratos, también es misión de los músicos medirse, trabajo sí, pero hay que saber con quién y cómo.

Ch.A.: Me gusta todo eso de la energía ¿Es por tu origen chileno?

C.C.: Lo notas, notas la energía, cuando estás con alguien sientes si tiene un buen rollito o uno malo. Las comunidades indígenas están más en contacto con esto y lo tenemos. Los mapuches ahí siguen, antes iba contra ellos la Colonia y ahora los otros, que son los mismos. Creo en la energía y en eso soy un poco indígena. Todo es vibración y la música más, se transmite por vibración a través del aire. Es física. Carmen dice que le duele la cabeza por el cambio de presión y eso no lo vemos, pero lo creemos. Si vas a un concierto y sales de buen rollo, eso es vibración. Es como la creatividad, aunque no trabajes siempre con la música, ahí donde estés la creatividad se ve. Eso lo que tiene Fernando Aguado, su lucha es la originalidad en todo lo que hace.

Ch.A.: ¿Los medios se ocupan de los músicos de Salamanca?

C.C.: Los medios a veces no se ocupan de la música, bueno, vuestro periódico sí. La radio es un poco más amable en ese sentido. Aquí por ejemplo, Radio Oasis apoya a los músicos con su “Músicos en el oasis”, Radio Universidad, también. ALAMISA empezó así, se quiso que los músicos fueran los pulmones de la asociación. Demostró que se podía hacer algo que no estuviera dirigido a ganar dinero, sino a entregar un servicio a los otros, a tocar, a disfrutar y que lo disfrutes. A veces no es necesario hacer una asociación para defender la música, ahora nosotros somos cuatro colegas que hacemos jam session.

Ch.A.: Escuelas de música, salas de concierto o locales de música en directo ¿Qué echas de menos para promover la música?

C.C.: Quizás un sitio en la ciudad en el que hubiera una fiesta porque sí. Yo quiero que haya cariño por la música. Hay que generar dinero, claro, pero también buscar cosas como un espacio donde toque la gente que pasa por ahí… que haya entrega. La gente del flamenco lo hace, empiezan así… tocando unos cuantos… Es verdad que hay gente del conservatorio que está viniendo a las jam session, a los micros abiertos… hay gente con ganas de escuchar y transmitir música y eso es positivo. Y que se junte la gente docta de la música con quienes improvisan, que un violín se enganche, también. No solo jazz, todo, hay gente a la que no le gusta esa tecla del jazz pero venir a la jam y escuchar.

Escuchar el ritmo, lento, sincopado de un tipo tranquilo que, de repente, deja de ser puntal de los otros, música de fondo y se encrespa, se crece, repica, crece, estalla y revienta en un solo majestuoso. Se oyen los aplausos y sigue la música mientras la batería de Campusano acompaña de nuevo, segura, presente, llena de alegría. En las venas, el ritmo esencial de alguien que sabe de lo suyo. Escenarios de vida donde resuena el eco sosegado de Cote Campusano. Pura energía.