Sábado, 24 de agosto de 2019

El verbo callar

Como “invisible” califica Amnistía Internacional, con toda razón, el problema del acoso escolar, el bullying, que afecta en España a un porcentaje de menores muchísimo mayor del que quiere reconocerse institucional y socialmente. Un problema al que por costumbre se responde con el encubrimiento, la desvalorización, el disimulo o la negación, lo que desautoriza las ampulosas medidas teóricas implantadas para eliminarlo o, al menos, reducirlo, y cuyo menosprecio habla muy mal de la talla moral de muchos padres y educadores y mucho peor de la estatura ética de toda nuestra sociedad.

El informe publicado por Amnistía Internacional sobre el acoso escolar, el ciberacoso, el hostigamiento y el maltrato de menores a manos de otros, pretende métodos y mecanismos más efectivos de denuncia, protección y eliminación/reducción de esta inmensa lacra social, y relata casos probados que estremecen, al tiempo que informa de porcentajes escalofriantes de incidencia , contrastándolos con un escasísimo número de denuncias, y habla de sobreseimientos y disimulos por parte de padres, educadores y autoridades, de ocultamientos y pactos de silencio, que hacen que a la tragedia del maltrato se sume la frustración de ver la impunidad de los culpables, en demasiadas ocasiones encubiertos por quienes, precisamente, deberían denunciarlos.

Entre las enormes lagunas educativas de que este país adolece, la implicación de los padres en la formación, cuidado moral, maduración personal y crecimiento racional de los hijos, merece un suspenso radical. De esas carencias emergen los maltratadores, los acosadores, los responsables del bullying. En esa molicie moral se gesta la crueldad. En esa desatención, el crimen. Sería clarificador, sobre todo para incautos e inconscientes progenitores, saber cuántas niñas encantadoras en casa y con buenas notas, cuántos niños cariñosos y orgullo de sus padres, son auténticos monstruos en los patios escolares, en pandillas, a través de Whatsapp, o cómplices, sicarios, encubridores... culpables.

A la antigua verdad de que cualquiera sirve para tener hijos pero no para ser madre o padre, se ha venido a unir una concepción bastarda del cuidado paternal y las relaciones paterno-filiales que cristaliza en ocasiones en el “síndrome del emperador” (la tiranía de los hijos) o la vieja táctica paterno-maternal de avestruz que huye de las propias responsabilidades metiendo la cabeza en el agujero del “todos menos mis hijos”. En ese agujero crece el acosador. En esa cobardía se gesta la violencia. En esa desatención, o esa atención equivocada y dañina, que no solo significa vagancia en el ejercicio de la paternidad sino incapacidad flagrante para asumir roles de incumbencia y compromiso sobre la propia obligación, se han generado enormes problemas sociales como la violencia juvenil (y la otra), la degradación del ocio, la drogadicción, la intolerancia, el alcoholismo, el desprecio, la xenofobia, el machismo, la indiferencia, el acoso escolar o la creciente irresponsabilidad social de cada vez más jóvenes.

Los casos más dramáticos fruto de acoso escolar (suicidios, enfermedades graves... y una tristeza gris, sorda y muda, que se extiende y horada el corazón de tantas niñas y niños acosados por sus “iguales”), han puesto el foco informativo en las víctimas pero muy poco en los acosadores. Poco se habla de los menores que, con un comportamiento despiadado, cruel, implacable y atroz, son capaces de llevar a sus víctimas hasta el límite incluso de la vida. En el informe de Amnistía Internacional que se presenta estos días, además de buscarse (exigirse) el establecimiento de mecanismos de denuncia más efectivos que los actuales y el tratamiento de todos y cada uno de los casos con la importancia que merecen, se alza un lamento contra la el silencio, es decir, contra la hipocresía de demasiados padres y madres, educadores, instituciones, mal llamadas maestras y maestros, profesoras y profesores, tutoras y tutores, inspectores y más y más responsables del cuidado de la convivencia escolar (y aun del bienestar de los menores fuera de las aulas), que han levantado (con escasas excepciones) un muro de complicidad que se nutre del verbo callar, una barrera con el pedestre qué dirán, un tapujo moral cerrando los ojos, y la aquiescencia con el sufrimiento en un hediondo lodazal de disimulo alrededor de un tema que, mucho, muchísimo más allá de ser “un asunto de niños”, nos refleja, nos pronuncia y nos devuelve en el espejo la imagen despreciable de nosotros.