Sábado, 21 de septiembre de 2019

La Joven Orquesta Ciudad de Salamanca y su sintonía con Álvaro Lozano

El director arrebatado para el último concierto de la temporada disfrutó con la formación charra

El director Álvaro Lozano en un ensayo con la JOSCS. Foto de José Amador Martín

         Un programa con toda la fuerza para el cuarto y último concierto de la temporada. Romanticismo para expresar las pasiones humanas desde Rossini a Verdi pasando por Mozart, Donizetti, Verdi, Bizet, Offenbah, Mascagni… pura pasión in crescendo para que se luzca una orquesta potente y un coro en estado de gracia celebrando el final de una temporada excelente y el trabajo de unos músicos entregados a la orquesta, esta orquesta que para Víctor Moro, es un lujo “Nuestros músicos están en las grandes orquestas europeas, viajan, encajan sus agendas… durante la semana estudian y trabajan y luego se entregan en los ensayos. Dos meses hemos preparado este concierto, hay que reconocer la grandeza que es tener una orquesta como esta”.

         Salamanca puede sentirse orgullosa de su orquesta, de su orquesta y de este CAEM donde bulle entre bambalinas una actividad silenciosa. Las fundas de los instrumentos abiertas en el suelo, la exquisita violinista que se inclina, ya vestida y calzada para el concierto, a sacar el instrumento envuelto en un pañuelo de seda. Es el privilegio de asistir a un ensayo de la Joven Orquesta y el Coro Ciudad de Salamanca que se apresta, absolutamente disciplinado, a entrar en el escenario y a ocupar sus lugares mientras Álvaro Lozano va y viene con su energía incansable porque si dirige con particular fuerza en el escenario, en el ensayo es todavía más intenso, más fuerte, más histriónico.

         Álvaro Lozano le ha entregado a este concierto su tiempo multiplicado, su titánico empeño de aunar Coro y Orquesta en un sonido que sobrecoge cuando inician una pieza. Este concierto es un regalo que hace a la ciudad una personalidad desbordante a la que debemos agradecer su empeño, como el de toda la institución, por acercar la música, por intentar unificar a quienes la hacen y convertir todas las sinergias en una sola. Arrebatado objetivo de un hombre poderoso en los gestos, un barítono reconocido que recorre el mundo con el solo deseo de regresar a la ciudad que ha adoptado como propia: Salamanca.

         Y esta Salamanca está llena de excepcionales músicos: Jesús Plaus, concertino, violín sobresaliente en la docencia y en la orquesta, nos deja para enseñar en Valencia. Su hijo, dedicado al trombón, Iván Plaus, viajará próximamente a Argentina a tocar. Músicos que hacen del viaje una forma de vida, conciertos que se suceden mientras sigue, siempre, el aprendizaje. Un aprendizaje que, afirma Amador Martín, fotógrafo, poeta, melómano y retratista de esta orquesta, es un aprendizaje de vida, de esfuerzo, de tesón, y sobre todo, de esfuerzo compartido. Porque la orquesta es un equipo que suena al unísono y ni siquiera los solistas brillan en solitario. La orquesta parece un solo cuerpo que mece y sacude el director sentado, de pie, en cuclillas buscando un sonido soterrado… porque en Álvaro Lozano es todo un cuerpo el que siente la música y la dirige.

         Asistir a un ensayo de este director privilegiado es un espectáculo. Su camiseta negra deja ver los músculos de un atleta que increpa, aconseja, anima, trae y lleva con insólita fuerza: “Me lo lleváis para caer en el segundo compás… pianísimo”. Silencios que se levantan en un solo sonido, vibrato que recorre todo el brazo acabado en una batuta de la que a veces prescinde, siendo sus dedos tan expresivos como su rostro, su voz de barítono, su fuerza. Por eso la batuta se vuelve espada y penetra una y otra vez, esgrima de un director con el sonido que busca, que no para de pedir a la orquesta mientras se suceden los fragmentos, amaga una finta de nuevo, rectifica, alza, eleva y calla…

         Es el momento de las dos exquisitas solistas, cantantes delicadas vestidas con el vaquero diario, calzadas con deportivas –en la orquesta se suceden los tacones afilados y las alpargatas- y capaces, en un aria deslumbrante, de llenar todo el recinto. María del Monte Pindado, la soprano, y Rosanna Cooper, la mezzo, tienen dos voces excepcionales a las que la orquesta acompaña. Dos mujeres muy jóvenes que comentan entre ellas, chocan palmas con el director, exhiben una técnica implacable y a las que acabamos aplaudiendo desde un patio de butacas vacío pero entusiasta… como aplaudimos a Jesús Calvo Cilla, el tenor, al barítono Lorenzo Fuentes de Antonio y al también barítono y director del coro, Antonio Santos García.

         Un coro del que Álvaro Lozano parece extraer la voz con sus manos. Una suma de voces que se superpone a los metales, maderas, cuerdas, arpas… piezas que tocan por separado, que se unen, se elevan, se mecen… mientras Lozano amaga el gesto de remar en una góndola y hace navegar al coro entre los instrumentos, hace que lloren en el canto “Estáis cantando Nabuco, son refugiados, son esclavos, hebreos huidos, quiero oír ese sonido en “Va pensiero”, el sonido de los refugiados” afirma mientras atiende al más leve matiz de las poderosas voces, a las que atrae hacia sí, modula con los puños, acaricia con la punta de los dedos y vuelve a soltar hacia ellos mientras la orquesta, siempre la orquesta llevada por el violín de Jesús Plaus se acopla a la perfección con el orgulloso coro. Una vez, otra, ahora la última… la última…

         Salen los músicos a la luz de la tarde. Álvaro nos dirá que sube a ducharse, prepararse, relajarse… el atleta ha acabado de entrenarse y ahora le espera la auténtica carrera. Sin embargo lo ha dado todo en este breve ensayo, la fuerza, la risa, la gracia, la magia… el concierto será, sencillamente, un prodigio deslumbrante en el que el público cantará las conocidas piezas del programa. Como bien dice Víctor Moro, grandeza de orquesta. Inmensidad de director que, teniendo en sus manos el mapa del mundo, nos ha elegido a nosotros para sumar sonidos y voces. No queda más aplauso que agradecérselo.

Charo Alonso / Fotos de José Amador Martín

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