Lunes, 16 de diciembre de 2019

La prisa que nos vacía

Saber descansar significa estar abierto a una dimensión de eternidad. Significa haber superado el desosiego y la prisa. Entonces estamos en condiciones de percibir lo que permanece: el ser. A quien sabe descansar se le han abierto los ojos para lo eterno.

Romano Guardini

 

La dificultad hoy en día no estriba en expresar libremente nuestra opinión, sino en generar espacios libres de soledad y silencio en los que encontremos algo que decir.

G. Deleuze

Vivimos muchas epidemias sociales, la prisa es una de ellas. Más allá del vagabundeo incierto en nuestro mundo, expresado por la prisa en los Medios de Comunicación. La inquietud, los nervios y una angustia difusa caracterizan la vida actual, todo está sometido a cambios, vivimos en un constante movimiento. Las personas se apremian de un acontecimiento a otro, de una información a otra, de una imagen a otra, de un mensaje a otro.

Estamos sumergidos en la fenomenología del holograma, en un universo de la comunicación, en una gran máquina de aceleración global. El mundo gira aproximadamente a 35.000 imágenes por segundo, millones de personas suben, consultan, redactan textos, editan fotos, vídeos, en las redes sociales cada minuto. Estamos inmersos en una “gran aceleración”, que no solo afecta a las nuevas tecnologías, también al consumo de energía, al uso del agua, al transporte, a la economía, al consumo, que nos está llevando a un callejón sin salida

Esta aceleración está provocando una fuerte dispersión que mata cualquier contemplación, nos vacía, nos provoca espejismos, nos hace infelices y nos lleva al olvido. La prisa llega a convertirse en un estilo de vida. Nos recordaba el gran Pascal que el origen de la infelicidad humana es no sabe estar quieto en una habitación. Este nuevo hombre de la prisa se centra más en lo externo, la apariencia, la fama, el poder, el dinero y acaba perdiéndose a sí mismo, generando esa sensación de “vacío” y de soledad.

La aceleración vertiginosa tiene mucho que ver con el imperio de la tecnología, lleno de datos y saberes, pero expuesto al rumor, la falsedad, la desinformación y la distorsión. La actual eclosión de la tecnología digital no solo está cambiando nuestra forma de vivir y comunicarnos, además de influir en cómo pensamos, nos está cambiando la forma de sentir y de comportarnos, y el modo de funcionar nuestro cerebro. Nos impide entrar en contacto directo con la angustia, el temblor, las penas y las alegrías de las personas, desnaturalizando la experiencia personal con el otro y produciendo una melancólica insatisfacción en las relaciones interpersonales.

Se está produciendo una destrucción de la vida interior, a las personas se las desinterioriza, porque la interioridad obstaculiza y ralentiza la comunicación. Esta desinteriorización no sucede de forma violenta. Tiene lugar de forma voluntaria. (Byung- Chul Han). El dispositivo de la transparencia obliga a una exterioridad total con el fin de acelerar la circulación de la información y la comunicación. Se produce una “era del vacío” que genera una sociedad nihilista con una fuerte pérdida de la armonía, la belleza y la poesía.

Toda esta nueva realidad de la comunicación plantea grandes desafíos para nuestras sociedades, pero también abre grandes posibilidades. Como, por ejemplo, ventajas en la educación, en una atención personalizada en la medicina, la creación de nuevos aparatos que hagan la vida más fácil a los ciudadanos o nuevas formas de acceso al mercado sin intermediarios, etc. El gran reto, es que las redes puedan hacer a los individuos y sociedades más humanas, no reduciendo toda la realidad a lo virtual, pero sin renunciar a sus beneficios, evitando las brechas que dividen a los individuos.

Somos tiempo encarnado de manera individual, así como las sociedades están hechas de historia. Ocupamos un espacio con nuestro cuerpo físico y un tiempo con el devenir de nuestra vida. Parece que la tecnología más que acercarnos unos a otros, lo que está haciendo es contraer el tiempo, o mejor diluye la conciencia y percepción provocando fuertes cambios en la vida del individuo. La comunicación digital y el ruido comunicativo, destruye el silencio y la necesidad del alma para pensar, meditar, vivir y ser ella misma. La creatividad se está agotando entre los bits y las pantallas, no hay posibilidad de trascender, de ir más allá y de buscar nuevas ideas. Esta tecnocracia es incompatible con la transcendencia, ya que destruye la interioridad, algo esencial del individuo. Ésta se ha evaporado ante la imposibilidad de aceptar lo intangible.

Necesitamos desactivar el tiempo acelerado que crea en nosotros “entrañas impacientes”. Debemos alimentar nuestra vida con el recuerdo, la memoria, la lentitud y la perdurabilidad. Parece más que nunca necesario, pasar de entender la realidad como información a entenderla como misterio y prodigio, llena de vida más allá de los datos digitales. Tener capacidad para que las cosas fluyan con calma, detener los pensamientos, cerrar los ojos y silenciar el ruido del mundo para volverse sobre sí mismo. Resistir la confusión y la intranquilidad, ya que detrás se esconde otra forma de percibir el tiempo. La calma exterior es un requisito para la calma interior.

Dejarse habitar por esa sinfonía callada, que fluye como manantial sereno desde el silencio. El verdadero silencio nos sitúa más allá de las palabras y recupera el sentido del tiempo como pasado y futuro. Solo en las profundidades del Ser se abre un espacio en el que todas las cosas se aproximan y se comunican las unas con las otras. El silencio hace del corazón un lugar de revelación, allí es donde se acuna nuestra palabra, es el lugar donde verdad y ser se encuentran. La palabra entonces no es necesaria, pues el sujeto se es presente a sí mismo y a quien lo percibe. Es el silencio diáfano donde se da la pura presencia y nos lanza a la acción.  La aceleración remite a la muerte de Dios. El silencio estabiliza el tiempo y, solo cuando las cosas reposan, se hace audible el lenguaje de Dios.