Martes, 10 de diciembre de 2019

Mi fe es un derecho

En el mundo de hoy la libertad religiosa es más afirmada que realizada. En efecto, esta libertad está obligada a sufrir amenazas de diversos tipos y con frecuencia es violada. Los graves ultrajes infligidos a este derecho primario son fuente de seria preocupación y deben ver la concorde reacción de los países del mundo en el reafirmar, contra todo atentado, la intangible dignidad de la persona humana

 

Papa Francisco

 

Para los Gobiernos y los medios de comunicación occidentales, la libertad religiosa está perdiendo importancia en el orden de prioridades en la defensa de los derechos humanos, eclipsada por las cuestiones de género, sexualidad y raza.

 

Informe sobre la Libertad Religiosa en el Mundo (2018)

Con la aprobación del Papa Francisco, ha sido publicado este 26 de abril, un nuevo documento de la Comisión Teológica Internacional, titulado “Libertad religiosa para el bien de todos. Enfoque teológico de los desafíos contemporáneos”. Propone una actualización del documento Dignitatis humana, aprobado en el año 1965 en pleno Concilio Vaticano II por Pablo VI. Un texto que fue aprobado y escrito en un contexto muy diferente al actual. A pesar de todo, sigue siendo una referencia profética y útil donde se afirma que la libertad religiosa es un derecho humano inalienable y una garantía de los demás derechos fundamentales.

En nuestro momento histórico, la libertad religiosa no está atacada solamente por el fundamentalismo y el relativismo ético, indiferentes a lo religioso. Además, se puede apreciar más allá de los fundamentalismos y nacionalismos, que en el mundo liberal se profesa un “totalitarismo suave”, muy vulnerable al nihilismo ético que ve en la fe y en la afiliación religiosa un obstáculo para llegar a desplegar la plena ciudadanía cultural y política.

El texto de la Comisión Teológica añade que en el contexto actual en el que se vive la libertad religiosa, el poder político busca una pretendida neutralidad ideológica, que pretende querer construir sobre la formación de unas reglas de justicia meramente procesales. En este contexto, se está eliminando toda justificación ética y toda inspiración religiosa, mostrando una tendencia a elaborar una ideología de neutralidad que, de hecho, impone la marginación, si no la exclusión, de la expresión religiosa de la esfera pública.

El documento sigue explicando la perspectiva de Dignitatis Humanae en su tiempo y en la actualidad, donde la Iglesia condenó el laicismo agresivo de su contexto histórico que impedía la plena realización de la libertad religiosa. Continúa con el magisterio de los últimos Papas en materia de libertad religiosa, camino abierto por Juan XXIII en su encíclica Pacem in Terris. En ella, “el Papa bueno”, describe los derechos y deberes fundamentales, en una perspectiva abierta a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y enseña que la convivencia de los hombres debe hacerse en libertad.

Benedicto XVI, afirmaba que el derecho a la libertad religiosa tiene sus raíces en la dignidad de la persona humana como ser espiritual, relacional y abierto a lo trascendente. No es un derecho solo reservado a los creyentes, sino la síntesis y la cumbre de todos los demás derechos fundamentales. La libertad religiosa promueve la justicia, la paz de los seres humanos, así como la búsqueda de la verdad que se centra en Dios, en los valores éticos y universales compartidos, despertando el diálogo para el bien común.

Por su parte, Francisco subraya con insistencia que la libertad religiosa no pretende preservar una “subcultura”, es un don precioso de Dios para todos, garantía básica de cualquier otra expresión de libertad, baluarte contra el totalitarismo y contribución decisiva a la fraternidad humana. Defender y proteger la libertad religiosa fortalece y renueva a una nación. Francisco, pone una especial atención a los numerosos mártires provocados por la violencia y la persecución religiosa, así como las ideologías que excluyen a Dios en la vida de los individuos y de las comunidades. La religión auténtica, desde dentro, debe ser capaz de dar cuenta de la existencia del otro para fomentar un espacio común, un ambiente de colaboración con todos, en la determinación de caminar juntos, de orar juntos, de trabajar juntos, de ayudarnos juntos a establecer la paz.

El texto subraya que el derecho de la persona y de las comunidades a la libertad religiosa es para el bien de todos; estar juntos, vivir juntos, es en sí mismo un bien, tanto para los individuos como para la comunidad. Destaca también la libertad religiosa en la misión de la Iglesia que es la evangelización que anuncia la justicia del amor universal de Dios y no se reduce a un interés político partidista. La misión de la Iglesia incluye una doble acción que se desarrolla en el compromiso con el humanismo de la caridad y en la dedicación a la responsabilidad educativa de las generaciones. El diálogo interreligioso, fomentado por la libertad religiosa, es un camino hacia la paz en la búsqueda del bien común junto con otras religiones, forma también parte de la dimensión inherente a la misión de la Iglesia.

Más allá del documento resumido anteriormente, nos queríamos centrar en alguna reflexión sobre la libertad religiosa en el mundo. Primero traer a estas páginas el “Informe sobre la Libertad Religiosa en el Mundo 2018”. En el que constatamos que, en el siglo XXI, hay personas que son discriminadas e incluso perseguidas hasta la muerte por su fe. En el momento que escribimos este artículo, el 61% de la población mundial vive en países donde no hay libertad religiosa. Los regímenes autoritarios y ultranacionalistas se erigen como la peor amenaza a la libertad religiosa. A pesar del retroceso de los grupos terroristas de corte islámico, el radicalismo islámico continúa vulnerando la libertad religiosa en 22 países. Se puede decir según el informe de 2018, que el cristianismo es la religión más perseguida en el mundo.

Si en muchos lugares de Oriente o en África, cientos de seres humanos se hallan sometidos a violentas persecuciones a causa de sus creencias religiosas, también en nuestras latitudes está sometida a diferentes presiones desde las cumbres políticas e incluso intelectuales que tratan la libertad religiosa con escepticismo o indiferencia. Una noticia reciente en la prensa nos informa que el Ministerio de Justicia, dejará de publicar “El informe anual sobre la libertad religiosa en España” que se venía elaborándose desde el año 2014, y se había convertido en un referente internacional por su iniciativa y su metodología.

La religiosidad ha estado presente en nuestra realidad desde nuestros orígenes, el hecho religioso ha acompañado la historia humana en todas sus etapas, interviniendo en el desarrollo de la propia evolución.  El hecho religioso no es un simple epifenómeno o sobreañadido accidental, sino que es existencial, es una forma de ser necesaria para la vida del hombre. En ella, busca la armonía con una realidad transcendente y misteriosa, organizando su vida en torno a su comprensión. Es una experiencia que aparece desde edades tempranas en cada persona, es por lo tanto es innata y su supresión recorta una parte importante del propio ser humano.

En nuestras democracias se subraya la pluralidad y la interculturalidad, donde cada individuo o comunidad religiosa no tiene derecho a una “libertad absoluta” desligada de sus responsabilidades como ciudadano; pero también tiene derecho a no ser obligado a abandonar sus convecciones religiosas y adoptar ninguna fe impuesta.

Por otro lado, la libertad religiosa está correlacionada con otras libertades y derechos, como la libertad de expresión y de prensa, las libertades civiles en general, la igualdad de las mujeres y la libertad económica. La libertad religiosa puede contribuir a un orden político estable en base a la paz social, ya que es esencial para la dignidad e integridad humana. La libertad ayuda a reducir la posible instrumentalización de lo religioso y elimina uno de los factores que pueden contribuir a los conflictos y a la violencia. El individuo en libertad puede formar su conciencia con el mejor juicio acerca de las verdades últimas, cuya dimensión es hacer la justicia en el individuo, en los demás y en la comunidad.