Miércoles, 21 de agosto de 2019

Efectos secundarios

El sistema de ayudas sociales es uno de los pilares de un país moderno, culto y avanzado, como se supone que es el nuestro. Ningún país desarrollado puede permitir que los ciudadanos más desfavorecidos no tengan cubiertas las necesidades más básicas: techo, comida y atención sanitaria. En nuestro caso, además de decirlo la Constitución, lo dice el sentido común.

Para curar la enfermedad de la pobreza sólo disponemos de un medicamento, el dinero, pero como todos los medicamentos tiene efectos secundarios, y si no se administra con las debidas precauciones, las consecuencias pueden ser peores que la enfermedad.

Cuando las ayudas sociales las perciben las personas que las necesitan verdaderamente y carecen de medios, posibilidades y oportunidades para poder vivir de sus recursos,  el tratamiento devuelve la salud inmediatamente, pero cuando las perciben los que tienen medios, posibilidades y oportunidades para curarse no tardan en sufrir los efectos secundarios: aversión al trabajo, ausencia de ganas de buscarlo, pereza a madrugar para ir al trabajo, cumplir un horario y aguantar jefes, compañeros y usuarios, pérdida del interés por esforzarse, del deseo de seguir superándose, y sobre todo de la satisfacción      de ganarse la vida por sus propios medios y sentirse útil.

En un país con tantos especialistas en acabar con las malas mañas como el nuestro, estos últimos deberían ser la excepción, pero digan lo que digan las pruebas, los diagnósticos y las recetas todos tenemos un primo que vive en nuestro edificio, en el barrio de nuestros padres o en el pueblo de nuestros abuelos, un primo que además es primo de todos, y nuestro primo rechaza ofertas de trabajo para no perder las ayudas sociales, y si surge algún trabajo a domicilio, lo hace sin darse de alta, porque hace números y si tiene en cuenta lo que gasta en transporte para ir y venir le sale más rentable no trabajar que trabajar, porque con las ayudas gana lo mismo que si tiene que reducir la jornada  para cuidar de los hijos, porque su vecino sin cotizar cobra lo mismo de pensión que su padre cotizando treinta años, porque dependiendo de ayudas sociales le descuentan en los hoteles para que no se quede sin vacaciones, en el autobús, en los museos, en las piscinas y en otras actividades que le permitan vivir entretenido, y cuando a las siete de la mañana salimos a trabajar y nos lo cruzamos en la escalera dispuesto a correr como un ladrón que huye de la policía, nosotros, en nuestra ingenuidad, nos preguntamos si huye de sí mismo o de sus responsabilidades, y nuestro primo, orgulloso de ser primo de todos, nos mira como a bichos raros, porque hay que ser raro para preferir vivir de un trabajo que no nos permita ganar un buen sueldo desde el primer día, disponer de tiempo para cumplir con todas nuestras obligaciones familiares, practicar todos los deportes que se pongan de moda y hacer turismo rural todos los fines de semana, y en esta ocasión, como en controles anteriores, las noticias dirán que nuestros especialistas están encantados con fomentar este parentesco, porque según sus análisis los informes dicen que les resulta más rentable hacer primos que hacer hermanos.