Sábado, 15 de junio de 2019

De primera Comunión

         Encontré una niña con hechuras de mariposa y no la fotografíe. En medio del cansancio del convite, de las familias que se mezclan, del calor y la comida que arrugan los trajes, ajan las sedas y endurecen el maquillaje sobre el rostro ya fatigado de tantas emociones, una niña salta sujetando su vestido y antes de caer, muerta de risa, los tirabuzones ya aplastados, la coronita de flores torcida, y toda la quincalla de oro descolocada, parece volar, mariposa de alegría.

         Esta niña pájaro no es la mía, la nuestra ha enganchado sus tules con algo y arrastra los bordes deshilachados de su falta de princesa. No sabe si preocuparse o seguir corriendo por ahí. La seriedad de la ceremonia y cierta rigidez a la hora de empezar la comida ha hecho que salga en las fotos  princesa de cuento, sonriendo con ganas, feliz de que todos la quieran tanto y de no haberse equivocado en la ceremonia. Ninguno pisó la túnica del vecino, todos contestaron bien en las preces y mantuvieron la calma y hasta la unción religiosa. Ninguno se salió de la fila cuando ofrecieron a la estatua de la Virgen sus flores blancas. Todos estaban serios y formales ante el aluvión de cámaras y de parientes de domingo. Ninguno se limpió la cara llena de cariño ajeno y pintura de labios. Pero a medida que avanza la comida le pueden a todos las ganas de levantarse. Pasó el momento hambre y ahora sortean a los camareros para escaparse antes de la tarta y el simulacro de boda, antes de la nata en el pelo y el helado que se cae sobre la falda. Antes de los regalos y la definitiva desbandada.

         Corren por este salón los niños propios y ajenos. Y ahí está la niña mariposa la que más vuela, la que lleva la falda más plisada, alas desplegadas. La niña más ligera, la niña con nostalgia de cielo y aire, con ganas de nube de verdad, de solitario vuelo. Por eso salta más que los prmos y parece detenerse en un acorde sostenido. Es una imagen apenas vislumbrada: sus manos que sujetan la falda, las zapatillas de bailarina blancas, las medias ya sucias, enaguas que también vuelan, el destello amarillo de la medalla, y ese pelo al viento, ondas de agua, la corona de princesa llena de gracia. Es una niña que vuela, es una niña que salta. Detenida en mi mirada, la niña, pluma ligera, se eleva sobre el ruido, los platos que se chocan, las copas que se confunden en su acorde de cristal, sobre las voces, los ecos, y hasta los silencios. Nadie ha podido fijarla, lente que se cierra y al abrirse, sobre el suelo, entre el ejército de camareros que esquivan polluelos, la niña, flor de nenúfar, se ríe y se queja, corola de vestido blanco alrededor de su talle de rosa.

         Nadie reparó en su vuelo, pero sí en su caída. Por eso la miran expectantes, preguntándose si se ha hecho daño o si es la risa la que impide que se levante del suelo, niña al fin, rodeada de espumas. Hasta que sacude la crin, apoya la mano y la muñeca enjoyada con la esclava que le ha regalado la bisabuela y se alza, dueña de su altura y de sus tules. La coronita le tapa un ojo y la aparta mientras, con la otra mano, se frota el dolor quemante de la costalada. Y sigue corriendo, flor al fin, al viento liberada.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.