Lunes, 9 de diciembre de 2019

Contra el silencio

Uno puede o no creer en la lucha de clases enunciada por la filosofía marxista y el materialismo histórico en la que, bajo un conflicto global, se estructura la sociedad en diferentes clases de acuerdo con los intereses, principalmente económicos, de cada una de ellas, planteándose la lucha para la eliminación de esas mismas clases –un tipo de internacionalismo solidario de sesgo humanitario- como motor de la acción política y la participación del individuo en los diversos frentes de lucha de los distintos colectivos que nunca le son ajenos. Hoy, si existe un problema que indefectiblemente ha de eliminar el clasismo y cualquier división social, de clases y de intereses, es el cambio climático y la emergencia ambiental que a todos, por igual, afecta y condiciona.

Después de este apunte, que es sobre la solidaridad y la inteligencia, sigue siendo paradójica la aflicción que causa ver en las cada vez más numerosas manifestaciones ciudadanas contra la inacción de los gobiernos respecto al cambio climático, que la inmensa mayoría de los participantes son personas jóvenes, lo que si por un lado reconcilia con las hasta casi ayer pasivas últimas generaciones, por otro revela la indiferencia, el desinterés y la insolidaridad de otras varias generaciones, las de más edad, es decir, las que nutren gobiernos y parlamentos, por una realidad, la emergencia climática y el calentamiento global, que cada día avanza rompiendo y empeorando todas las ya alarmantes previsiones de desastre global.

Hoy México activa un plan contra la contaminación extrema causada por la acumulación de CO2 y aconseja a las personas cerrar puertas y ventanas y no salir a la calle. Ayer, en la fosa de las Marianas, un experimento de buceo submarino a más de diez mil metros encontró una bolsa de plástico. Pueblos de Vietnam, Bangladesh y Laos son abandonados a causa de las inundaciones irreversibles. En Ecuador, Egipto y Tailandia, los pescadores ya no encuentran especies que capturar y tienen que emigrar o refugiarse en otras zonas, creando una creciente masa de exiliados por causa directa del calentamiento global. En Noruega o Chile se reduce drásticamente la producción acuícola alimentaria a causa del envenenamiento progresivo del agua marina por la absorción del CO2 acumulado en la atmósfera...

 Acostumbrándonos de forma inconsciente a que cada día surja una nueva alarma mundial respecto a la degradación del medio ambiente por la acción humana, esa inconsciencia se torna criminal insensatez cuando nadie reacciona, por ejemplo, al espeluznante informe de la Unesco sobre la biodiversidad, que hace unos días alertaba, más bien gritaba, sobre el peligro de extinción de nada menos que un millón de especies vivas en nuestro planeta. Causa estupor la indiferencia hacia una realidad que está afectando ya a la misma disponibilidad de alimentos, medicinas y pura habitabilidad de amplias zonas de la Tierra. En esa línea de impasibilidad e indolencia se recibe hoy mismo el informe de los observatorios internacionales de la National Oceanic and Atmospheric  Administration y otros organismos mundiales de investigación climática, que alerta sobre los niveles de CO2, el principal gas de efecto invernadero, nunca antes registrados en la atmósfera, y sobre el escalofriante aumento anual de esa concentración, que está batiendo ese record año tras año, igual que la temperatura, y que hace que la humanidad entre en un terreno inexplorado, porque habría que retroceder tres millones de años para encontrar una concentración similar.

Además de los (por el momento inútiles) llamamientos que hacen las organizaciones que luchan para intentar ralentizar (que ya no evitar) el inminente colapso medioambiental, tales como las punteras en el Reino Unido Fridays for Future,  Extinction Rebellion y otras en diversos países, sería preciso, para evitar que las medidas gubernamentales se queden en meras declaraciones, un mayor nivel de concienciación ciudadana que incluyese a las generaciones de más edad en la participación en esa presión “de la calle”, que será la única que logre empujar a las instituciones a declarar la emergencia climática y tomar medidas en consecuencia. Esas generaciones, tan concienciadas en la defensa de sus propios derechos económicos y los servicios sociales que les afectan, se muestran sin embargo excesivamente pasivas en la lucha contra el cambio climático. En gran medida utilizan la pueril argumentación de hábitos adquiridos en las pasadas épocas de desinformación ambiental, como coartada para seguir con prácticas nocivas, consumos irresponsables, abusos peligrosos o indiferencias lesivas para el medio ambiente y, por tanto, para la humanidad. Generaciones que deberían unir su fuerza a la lucha de jóvenes en manifestaciones, concentraciones, peticiones y presiones de todo tipo para que los parlamentos y los gobiernos legislen urgentemente y adopten medidas drásticas, directas y efectivas contra todo aquello que contribuya al devastador impacto que afecta a la producción de alimentos de modo racional y limpio, para evitar monstruosas inundaciones y devastadores incendios, erradicar y luchar eficientemente contra enfermedades de todo tipo, contra el envenenamiento del agua y del aire, velar por una aceptable  salubridad mundial, crecer y desarrollarse las sociedades incorporando la protección de la biodiversidad y, en definitiva, intentar cambiar la criminal tendencia homicida y asesina que lleva a mirar hacia otro lado cuando se pospone una y otra vez cualquier lucha efectiva contra la emergencia mundial que está causando el cambio climático.