Jueves, 13 de agosto de 2020

La ministra se retrata en Mauthausen

Permítaseme exponer de otro modo –más cercano a la realidad, espero– lo que pasó en Mauthausen el domingo pasado con la ministra de Justicia, que acudía a los homenajes por primera vez en nombre del Gobierno español.

En 2017 el conseller de exteriores de la Generalitat, Sr. Romeva, inauguró una placa “en memoria de las personas deportadas a los campos nazis”. Que fuera la primera institución española en rendir ese homenaje quizá tiene que ver con dos hechos: 1) que esa institución ha sido pionera en cuestiones clave de la memoria histórica democrática en España y 2) que los catalanes forman el grupo más numeroso entre esas víctimas, según datos de Amical Mauthausen. Que un representante del Gobierno español acudiera al homenaje es algo positivo, del mismo modo que fue de agradecer el reconocimiento que tuvo no hace mucho el presidente Sánchez ante las tumbas de Azaña y Machado. A la espera de una auténtica política de memoria democrática estatal, son gestos gratificantes.

Dicho eso, que la ministra se indignara y saliera del acto institucional de la Generalitat como había venido –sin anunciarse– resulta algo al menos poco elegante. Pues, dadas las circunstancias, parece explicable la referencia a Romeva y a su situación, sin que ello tenga por qué enervar el sentido principal del acto. Es la libertad de expresión, que llega incluso hasta ahí. (Es falso que se hiciera comparación alguna entre esa situación y las víctimas de los campos). Sea como sea, la ministra hubiera podido tomar la palabra y decir lo que tuviera “por oportuno y conveniente”, como diría Rajoy.

Ni parece razonable hablar de “exclusión” (?) ni afirmar, como hizo, que esas víctimas “defendían lo que dice la Constitución de 1978”. Menos aún acudir a poner sobre ellas la bandera bicolor, como ya hizo Sánchez en el homenaje citado. Si se trata de un acto de reconocimiento, se ha de considerar a los homenajeados en su contexto y su existencia concreta y, siendo así, para Machado, Azaña o los miles de asesinados en los campos, la bandera no es ni puede ser esa y no creo que haga falta explicar por qué. Si un miembro del Gobierno no puede llevar otra, es preferible que no lleve ninguna, en mi opinión.

Lo peor es que así la ministra ha dado pie a que la atención se desplace del sentido memorial del acto a una anécdota que debía haber sido irrelevante. Y a que la prensa de trinchera, que es casi toda, una vez más, aproveche para cargar contra los soberanistas catalanes, distorsionando los hechos.

Pero los catalanes, créanme, también aman a sus hijos, si se les pincha, sangran, ríen si se les hacen cosquillas, se vengan si se les ofende, etcétera.