La foto de los Ozores

Ha leído bien. No se trata de una errata. Tampoco estamos en el año 2003, en la llamada guerra de Irak. Nada de eso. Sencillamente, me he permitido la licencia de remedar ese título para abordar la situación actual de España, haciendo una radiografía actualizada de las personas que pueden dirigir nuestro destino de forma más o menos acertada. De ese importantísimo detalle va a depender nuestro bienestar más inmediato.

Concluido el primero de los dos episodios electorales que nos están escoltando desde hace casi un año, no podemos hacer su digestión porque ya tenemos el segundo sobre la mesa. El vuelco ha sido tan importante que nadie podrá aventurarse a pronosticar cuál será el reparto final de fuerzas. Unos por exceso de optimismo, otros porque su exagerado pesimismo los llevó a combatir la temida abstención con continuas alusiones al voto del miedo, lo cierto es que, en cierto modo, los resultados han sorprendido a más de uno. Casi todos los favorecidos por los electores han conseguido doblar el número de escaños y, por las mismas razones, los perjudicados han visto su poder reducido a la mitad, de forma que las espadas siguen estando en todo lo alto. Algo está empezando a quedar claro en esta España del siglo XXI. Cuando todo parecía indicar el final del bipartidismo, ahora resulta que, acabado el reparto de escaños, la sociedad española sigue dependiendo de otra dicotomía. Seguimos siendo la España del blanco o del negro: o gobierna una coalición de partidos de la izquierda o lo hace otra de la derecha. Seguimos con otro tipo de bipartidismo. Una y otra solución se han quedado al borde de la mayoría, por lo que ambas deberán rellenarse a base de parches de distinto material, lo que hará chirriar la natural concepción que de la política sostiene cada uno de esos bandos. Por lo que se ve, en España estamos condenados a disfrutar de una clase política incapaz de contemplar una solución civilizada para acabar con este problema. Cuando la necesidad obliga, y antes que ceder al chantaje de arribistas, dentro de la Unión Europea hay varias naciones gobernadas por coaliciones multipartido - no obligatoriamente del mismo color- que han sabido ceder parte de su autonomía en pro de la unidad y el bienestar de los gobernados. Son gobernantes que saben establecer con claridad el orden de prioridad de todo gobierno que se precie: primero los ciudadanos y la Constitución, después el partido.

 Finalizado el recuento, el vencedor de las elecciones ha sido el PSOE. Después de la debacle de 2015, Pedro Sánchez ha pasado de 84 a 123 escaños. Pues bien, esa cantidad de escaños es la menor conseguida por el vencedor en todos los comicios celebrados en esta etapa democrática. Desde que accedió a la Moncloa ha sido capaz de gobernar en minoría tan exigua a base de decir sí a todas las peticiones de sus compañeros de moción de censura. Ha sido inquilino de la Moncloa empleando la fórmula patentada en Cantabria por Miguel Ángel Revilla: Ni quito ni pongo rey….. Ahora no le va a resultar tan sencillo. Lo que le piden populistas e independentistas es más de lo que puede conceder sin saltarse la Constitución. La economía de bolsillos rotos no suele dar resultado. Solo tiene que recordar lo que sucedió cuando Felipe González y José Luis Zapatero despilfarraron hasta lo que no habían recaudado. Los mismos que habían llenado sus urnas huyeron de la quema para poder levantar cabeza. Por culpa del cerrilismo que ha cegado siempre a nuestros políticos, no será posible una coalición PSOE-Cs, PSOE-PP o  PSOE-PP-Cs. Y la culpa hay que repartirla entre todos. Las tres formaciones que, en teoría, se muestran más leales a nuestra Constitución, podrían ponerse de acuerdo en los temas de Estado que atañen a todos los españoles y, con cualquiera de las tres alternativas, sacar adelante su legislatura. Una vez trazados los ejes imprescindibles y las líneas rojas a no rebasar, los ciudadanos siempre saldrían ganando. Los pequeños matices que diferencian a cada partido -que deberían quedar patentes- servirían para atraer o alejar los votos en futuras consultas.

Como lo anterior es pura quimera, nos esperan momentos difíciles. Las coaliciones en las que intervengan nacionalistas y separatistas tienen el doble peligro de atentar contra la unidad de España y desequilibrar la solidaria cohesión que debe unir a todas las comunidades. Hasta la fecha, Pedro Sánchez ha podido gobernar porque, a base de decretos, ha ido insinuando su aquiescencia a todos los condicionantes de quienes le dieron su apoyo. Si, como dice ahora, pretende gobernar para todos los españoles y cumplir todos los mandamientos de nuestra Constitución, los mismos que le hicieron presidente se le tirarán a la yugular. A la vista de las veces que ha hecho lo contrario de lo que dijo, todo hace pensar que acabará cediendo.

Pablo Casado acaba de poner los pies en el duro suelo. Elegido para dirigir las huestes populares, se lanzó en paracaídas sobre sus dominios cantando victoria antes de celebrar el primer combate. A la vista de los resultados, está comprobando que ha tomado tierra en un verdadero campo minado. Es cierto que ni ha empleado el armamento más adecuado ni ha sabido aprovechar el terreno. Pero, por desgracia, también es verdad que algunos de los “generales” de su estado mayor no han sabido -o no han querido- cumplir la orden de operaciones. La formación de la gaviota parece haber olvidado que todo el electorado situado a la derecha del PSOE, hasta hace muy pocos años, solamente podía votar al PP, porque la extrema derecha siempre fue testimonial. Es decir, salvo los jóvenes que se incorporan en cada nuevo proceso, todos los demás votantes de esa banda han pertenecido al PP. Ahora están en Cs o en VOX, y se han ido porque no estaban cómodos. Alguien tendrá responsabilidad en ese trasvase. Pablo Casado heredó ya una situación claramente decadente y no ha sabido revertir el proceso, pero tampoco supo convencer al electorado. De cómo se plantee la estrategia para volver a ilusionar a los desengañados, dependerá en buena parte el porvenir del Partido Popular.

Los tres “Ozores” restantes -Rivera, Iglesias y Abascal-, cada uno en su momento, han cometido el mismo fallo: han pretendido vender la piel del oso antes de cazarlo. El aparente éxito obtenido por los dos primeros, en su primer asalto al Congreso, los ha llevado a considerarse imprescindibles antes de serlo. Rivera ya pretende erigirse en líder de la oposición, en contra de la aritmética. Iglesias se adjudica carteras ministeriales antes de tiempo porque lo que de verdad le obsesiona es meter mano en nuestras carteras. A Santiago Abascal le ha traicionado la gran cantidad de asistentes a sus mítines. Por las apariencias, llegaron a calentarle la cabeza con resultados finales de segundos o terceros puestos. La realidad es distinta, entre otras razones, porque entre sus votantes hay más decepcionados que gente de extrema derecha. No obstante, no debe irritarse porque se califique a su formación de extrema derecha. Es su definición más literal; como lo es Podemos de extrema izquierda, y no se enfada.

Cuando sepamos los resultados del 26-M, veremos cómo encajan algunas piezas de este puzle pero, sea cual sea la foto final de esta legislatura, los españoles con nuestros votos tendremos la fórmula para cambiarla en el futuro. Pediremos que, llegado ese momento, no sea tarde, ni nos cueste demasiado.