Martes, 10 de diciembre de 2019

Tú, ti, te, contigo

Usted puede, en uso de su libertad de pensamiento y expresión, decir lo que quiera respecto a las cuestiones que le parezca, e inventar, si ése es su deseo, un mundo diferente, incluso una realidad a la medida de sus apetencias, y en ese territorio en el que usted se siente realizado o, al menos, más cómodo, hacer volar su pensamiento, imaginar paisajes o inventar juegos en los que usted siempre gane, y sentirse así triunfador o, al menos, confortado frente a las miserias de este mundo de aquí abajo, donde las cosas pasan de un modo que a usted no acaban de convencerle. Usted puede, por ejemplo, decir en pleno mediodía que es noche cerrada, gritarlo incluso, y si alguien comparte su opinión, o le cree, pueden ustedes dos, o ustedes dos mil, quitarse las gafas de sol, o irse a dormir o, incluso, si no creen en la luz del día, cerrar las persianas y sumergirse en su noche particular a las doce de la mañana y, como usted siempre dice, nadie tendrá derecho a impedírselo, aunque, no lo olvide, tampoco usted puede imponérselo a nadie.

Viene este cuento triste a cuenta (valga la redundancia) de los argumentos (llamémoslos así) de esa pléyade de militantes de la anticiencia, llámense “antivacunas”, “homeópatas”, “terraplanistas” o reduccionistas, conspiranoicos y reaccionarios de todo tipo que, basándose en una indigerible mezcla de ignorancia, espiritualidad y diferentes niveles de temor y poquedad, han constituido una suerte de “religión” de múltiples caras fundamentada y alimentada por leyendas urbanas, tradiciones, consejas, rituales, seudociencia de charlatán, engañifas de visionarios y proyección de sinécdoques, metonimias y otras perversiones del lenguaje que, con una inconsciencia inquietante y una notable falta de control público, están haciendo peligrar seriamente la aplicación más efectiva de avances científicos especialmente en el terreno sanitario, aunque también educativo y en general de desarrollo social, así como propiciando no solo el resurgimiento y extensión, a veces incontrolada, de enfermedades que habían sido erradicadas hace tiempo, sino abaratando la enseñanza, sembrando desafección hacia los avances biomédicos y en general la investigación científica y, consecuentemente paralizando, cuando no retrocediendo, en los avances de la libertad, la razón y el pensamiento crítico, mostrando una nueva cara de “pensamiento mágico” pueril, vago y mezquino.

Vergonzoso que en algunos países aún se enseñen académicamente, con apoyo oficial, patrañas como el “creacionismo” o los diferentes tipos de “teologías” antropocéntricas, astrológicas o milagreras que niegan el darwinismo, la razón científica, las pruebas irrefutables de la evolución y los avances tecnológicos, históricos y de investigación que permiten conocernos. Pero no menos ridículo es introducir en los programas educativos filfas como la homeopatía o distintos tipos de placebo curativo, paralelizándolas con verdaderas terapias basadas en la investigación científica y sometidas a falsación, prueba y ensayo, negándose a aceptar medicamentos sometidos a los controles y comprobaciones científicas que los avalan. Del mismo modo que alguien que no crea en el aborto no puede impedir a otra persona que lo practique, en una sociedad sensata un padre que no “cree” en las ventajas de las vacunas, no debería poder arrastrar a sus hijos a su temblorosa ignorancia y exponerlos, como está sucediendo (con el sarampión, por ejemplo, resurgido en Estados Unidos por la directa relación con los charlatanes “antivacunas”) a los riesgos sanitarios que su ignorancia le dicta (recientemente, en Inglaterra, una gestante de riesgo ha sido obligada a parir en un centro sanitario, contra su voluntad, porque su “capricho” de hacerlo en casa ponía en riesgo a una persona, su hijo, sobre cuya vida, integridad y salud ha de velar la sociedad a la que, quiera o no su madre, dicho hijo pertenece).

Religiones, modos de vida “alternativos”, convicciones personales basadas en la ignorancia y el desconocimiento, mentes conspiranoicas o el ejercicio de una individualidad egoísta e insolidaria que solo se ocupa de uno mismo apelando a respuestas “seguras” frente a la “duda” que achacan a la Ciencia (y tantos vividores de la ignorancia ajena), solo deberían poder ser realizados cuando no afecten a otras personas o a la comunidad de la que sus devotos, aun a su pesar, forman parte porque de ella se sirven. Los encendidos llamamientos a la “libertad de elegir” (repetido eufemismo con que se abriga el clasismo, la insolidaridad o la desigualdad) que muchos de los seguidores de esos métodos blanden para mentirse (e intentar colarnos) sus razones, solo deberían ser escuchados (que no respetados) después de que ellos mismos renunciasen a pertenecer  a (y servirse de) una sociedad de la que son miembros y que, lógicamente, ha de guardarse, protegerse y hasta defenderse de la charlatanería perniciosa, la impostura mental, la mentira homicida y los diferentes grados de peligrosa estupidez con que estos (y otros) “alternativos” quieren atacarla.