Jueves, 13 de agosto de 2020

Reflexiones desde una mesa electoral

Por segunda vez consecutiva me ha tocado presidir una mesa electoral. A lo largo del día no hay mucho tiempo para observar y reflexionar: la afluencia casi continua de votantes anuncia una alta participación y hace que las horas pasen rápidas.

Fui candidato en las elecciones generales de junio de 1977 –que algunos dan en llamar constituyentes– y en las de 1979 (generales y locales; en estas salí elegido) y luego, de un modo u otro, he participado en casi todas las elecciones que ha habido hasta hoy, siendo elegido concejal en alguna ocasión más. En todo este tiempo no se ha cambiado el sistema electoral, que es inconstitucional en mi opinión, ni esa complicada mecánica de la consulta.

Creo que la tarea de las mesas electorales debería simplificarse bastante. Seguramente dentro de unos años podremos votar telemáticamente, como se hace ya en algunos países; pero, mientras tanto, la votación presencial resulta un asunto farragoso. De momento, además de controlar la emisión de voto, se deben gestionar un montón de documentos en las mesas: las credenciales de interventores y apoderados, el acta de constitución de la mesa, las actas de escrutinio del congreso y del senado, las actas de sesión del congreso y del senado, el registro de votantes, los sobres con el voto por correo, la cuadrícula para anotar los votos del senado, las certificaciones de votación que se soliciten, los sobres para entregar a correos y a la comisión electoral… El próximo día 26, con tres elecciones simultáneas a la vista, habrá tres actas más y el abordaje de todo eso puede ser problemático.

Algunos de estos impresos tienen tamaño de folio doble y se deben rellenar por multiplicado sobre unas mesas escolares de tres o cuatro metros cuadrados donde además están las dos urnas y los folios donde se toman notas. De las urnas saldrán en el escrutinio cientos de sobres y de papeletas que se sumarán al papelamen anterior, formando montones que se irán retirando periódicamente de la mesa. Al final se deben prodigar las firmas de todos los miembros de esta en casi cada uno de los documentos que se deben entregar, ya sea a los interventores y apoderados, si lo piden, a Correos y a la Comisión Electoral. Creo que Benjamin Franklin inventó un aparato para firmar en varios sitios a la vez: se echaría de menos en estos casos.

Con suerte, todo puede ir como la seda y acabar enseguida, pero si el recuento no cuadra, te pueden dar las tantas repasando las los datos y las papeletas. Apenas has comido en todo el día y la neurona empieza a fallarte por efecto del cansancio. Si además tienes que sufrir a algún apoderado incordiante de cierto partido bisoño-nacional, que te dice qué hay que hacer y qué no, amenazando con denuncias, –cosa que por desgracia ocurrió– es como para pegarse un tiro en la bragueta. A no ser que te pongas en tu sitio y a él en el suyo.

Habiendo sido represaliado político por el franquismo y anhelado durante mucho tiempo una democracia en esta dissortada pàtria, a pesar de todo, no puedo por menos que recordar lo que diría mi abuela:

Peor sería no verlo.