Martes, 10 de diciembre de 2019

Debates políticos y Montaigne

Estos días de debates (dewáter les llamo yo) he procurado huir de ellos. Ya sé que esto no es de buen ciudadano y que todo buen ciudadano debe estar enterado e interesado en lo que sus políticos dicen, piensan, prometen… Pero no hay que preocuparse, a pesar de mis esfuerzos, no he tenido más remedio que enterarme, verles, oírles y darme cuenta del bochornoso espectáculo que unos y otros han dado a través de las cámaras de TV. Y lo peor es que uno de ellos (o más) ¡va a dirigir los designios de nuestro país!

Como decía, huyendo de estos individuos y sus bochornosos espectáculos, me refugié en la lectura de unos simpáticos textos de Montaigne. Y hete aquí que hasta Montaigne me lleva a pensar en nuestros políticos. Pensé si no sería un castigo por pretender escaquearme de la sublime obligación de escucharles.

Estaba enfrascado en mis lecturas cuando una frase se atraviesa ante mis ojos y hace que mi mente de un respingo, ¡tate ya están aquí los políticos! Sentí que Montaigne quería llevarme al cumplimiento de buen ciudadano, que quería indicarme el camino que debe seguir todo votante que está en capilla.

¡Ah! ¿Qué cuál era la frase?  Decía Montaigne: “La obstinación y el ardor en la opinión son la prueba más segura de memez. ¿Existe algo tan convencido, resuelto, desdeñoso, contemplativo, serio y grave como el asno?” (El arte de conversar)

¿No me digas, amigo lector, que no refleja, en buen parte, lo que, a pesar de mis esfuerzos por evitarlo, hemos visto estos días en TV?

A pesar de esta indicación no cedí, y continué con mi lectura, eso sí, sin quitarme de la cabeza los bochornos espectáculos, que tanto en TV como en prensa no he tenido más remedio que soportar. Traté de restar importancia, aunque era demasiado gordo lo que allí se decía y sobre todo era demasiado importante lo que allí estaba en juego.

Como digo, traté de minimizar todo aquello, pensé que tal vez todo se debía a los nervios de la campaña y continué con mi lectura. No había pasado muchas páginas, cuando Montaigne me sacude de nuevo con una nueva frase: “Nadie está libre de decir sandeces, lo malo es decirlas en serio” (Lo útil y lo honesto).

Decidí cerrar el libro, salir a la calle a ver si con el fresco viento primaveral, me despejaba.

Cuando me quise dar cuenta estaba en la Plaza Mayor. El destino era implacable conmigo. Allí me encontré con varios grupos de políticos de diferentes partidos, llamando la atención de los viandantes, gritando su mercancía, entregando globos y caramelos a los niños, con la intención de atraer a sus padres. Traté de pasar de largo de toda aquella mercadería, pero el canto de sirena de sus promesas penetró en mí arrastrándome por los procelosos mares de sus discursos. Con gran esfuerzo, tapándome los oídos, logré salir de la Plaza antes de que mi voluntad fuera a estrellarse contra alguna de las urnas y la nave de mis convicciones encallara en ellas.

Al final, tras muchos esfuerzos, he conseguido llegar al remanso de la jornada de reflexión.

Mañana ya veremos.