Domingo, 27 de septiembre de 2020

Felipe IV el Grande. Rey de España (1621-1665)

También se le conoce como el Pasmado porque tenía cara de alelado. Felipe IV subió al trono en mil seiscientos veintiuno con dieciséis. Tímido y apocado se casó en primeras nupcias con Isabel de Borbón, hija del rey de Francia. El fruto de ese enlace fueron varias hijas y un varón, que murió cuando salía de la infancia. Desolado, decidió casarse de nuevo con su sobrina Mariana de Austria y aunque el novio tenía más de ocho lustros y le apremiaba el matrimonio, fue necesario esperar tres años a que la novia cumpliera los dieciséis.

Con ella tuvo[1] a Carlos su desdichado heredero. Inteligente, culto y con más interés que su progenitor por los asuntos del reino, aseguran sus biógrafos que fue infeliz aunque le apodasen el Grande. De vida disipada se dedicó a enamorar doncellas, actrices y monjas por todo Madrid. Se le contabilizan más de treinta y cinco hijos ilegítimos de los que reconoció ocho de diferentes mujeres.

El “hijo de la tierra” más famoso fue Juan José de Austria, inscrito como hijo de la actriz María Inés Calderón la Calderona. Y al igual que su padre también sintió la necesidad de un valido que hiciese el trabajo por él, por lo que nombró favorito a Gaspar de Guzmán, conde de Olivares y duque de Sanlúcar, entregándole el ejercicio del poder político en las Españas. Mas la fantástica ofuscación del valido sólo comparable con su vanidad, despeñó a Castilla a un pozo de sombras y terminó de arruinar a España.

Y cuando los acontecimientos obligaron a Felipe IV a desalojar al altanero conde-duque de su torre de viento, le otorgó la privanza al duque Luis de Haro, sobrino del defenestrado valido. Para aumentar el prestigio internacional de la monarquía hispánica, al despejado Olivares no se le ocurrió otra opción que la guerra y consiguió que el rey diese por concluida la tregua de los Doce Años y enviase a los tercios a Alemania y a Bélgica.

El resultado fue la derrota de los tercios  y de la armada española en la llamada guerra de los Treinta años, la pérdida de la hegemonía en Europa,  el motín de los territorios peninsulares españoles y la independencia de Portugal. El cansancio y el agotamiento de España favoreció el crecimiento del poderío inglés con lo que Ana de Austria, reina regente de Francia, convenció a su hermano Felipe IV de España, de la necesidad de aproximar lejanías y alcanzar la paz.

Acordaron reunirse en la isla de los Faisanes, en medio del Bidasoa, y entre olas desganadas y aromas de sahumerios firmaron la Paz de los Pirineos a costa de la Monarquía Católica. El acuerdo en el que España perdió el Rosellón y la Cerdaña[2], algunas plazas fuertes en Bélgica y abrió los mercados españoles a los productos franceses, se selló con el matrimonio de la infanta María Teresa, hija de Felipe IV, con su primo carnal el futuro Luis XIV, hijo de Ana de Austria y del difunto Luis XIII. Felipe IV, un rey “paralítico de la voluntad” como lo definía Marañón, falleció en mil seiscientos sesenta y cinco, probablemente de disentería.

 

[1] Felipe IV tenía 56 años cuando engendró a Carlos II. Según confesión  del monarca “en la última cópula lograda con la reina”. Como le decía uno de sus médicos: “Su majestad sólo deja para la reina las escurriduras”. 

[2] La Cataluña francesa.