Verle las orejas al lobo.

En nuestro diccionario, el que usamos a diario, existen palabras y palabros. Las primeras siempre son neutras y veraces, los segundos aviesos y capciosos. Las palabras se van forjando a lo largo de los siglos y su autoría siempre es anónima. Los palabros, en cambio, son de factura reciente y de origen conocido. Sus creadores provienen de eximios politólogos, tertulias políticas y jefes de campaña.  

Los palabros pueden aparecer como término aislado o como dicho. Ejemplos del primero: “buenismo”, “populismo”; del segundo: “se rompe España” o “España me duele”.

Si alguien, asevera: “los inmigrantes irregulares tienen derecho a ser rescatados en un naufragio” o “mejor convencer que vencer” y “las corridas de toros son una salvajada”. Entonces se le moteja de “buenista”. Nadie, a ciencia cierta, sabe como definir tal actitud. No obstante, todo el mundo sabe que ese sujeto es un perfecto iluso. Preciso, no todo el mundo, pero sí gran parte de él. Si analizas la intención peyorativa que hay detrás del dicho, se percibe que ese desprecio encubre otro de mayor calado. Uno que apunta al cuestionamiento de la ética como comportamiento. Dicen los que los usan: “Será imbécil. Aún no se ha enterado de que por encima de los derechos humanos se sitúan las “razones de Estado” o que la ley que rige la convivencia es la del más fuerte”. Lo curioso es comprobar que tales darwinistas sociales se declaren, a su vez, creyentes de algún dios misericordioso y se tengan como firmes defensores de la familia y de la vida. Sin duda, de las suyas. En mi barrio, de éstos hay a montones.

Algo parecido sucede con el palabro “populista”. Si alguien recuerda con la constitución en la mano: “la soberanía nacional reside en el pueblo español”, se le moteja de hacer “populismo” (ilustrado). Lo mismo sucederá con aquél que insinúe: “los que nos mandan son unos mandados”. Devendrá, asimismo, en “populista” (antisistema). Por fin, alguien, muy indignado, exclama: “! Me cago en la mar, nos roban a mansalva ¡” Pues, muy mal, además de populista será un rufián cualquiera.  A sensu contrario, si alguien en un debate promete dos millones de puestos de trabajo, a mil quinientos y bajar todos los impuestos será un hábil polemista, nunca un demagogo.  Y así, hasta el hartazgo. En suma, los populistas nunca son populares.

“¡Se rompe España!” Suenan los timbales. El Cid hace su aparición cabalgando a Babieca. España una y trina. Si se rompe será porque algunos lo procuran. Y en este punto se cuela la intención capciosa, engañosa por incompleta. ¿Quiénes la rompen?: ¿los que rompen la hucha? ¿los que rompen el mapa? Hasta la fecha, los que la han roto han sido los de la hucha. El descalabro ha sido mayúsculo por lo que se llevaron y por lo que dejaron de hacer. Los del mapa lo intentaron, eso sí, sin tanques, ni tricornios en la calle. No obstante, los que se llevaron los cuartos claman conmovidos: “España me duele” Me pregunto en que parte de su cuerpo situarán a esa España. Mejor no indaguemos. Olvidémonos de hacer algún comentario escatológico. En todo caso, para estos dolientes imaginarios, los felones, los traidores por antonomasia son aquellos que quieren evitar que se rompa nuestra España convenciendo y dialogando. En tanto, los que se llevan los erarios son, a lo sumo, unas pocas “manzanas podridas”.  Sabidas son las consecuencias del pecado original.