Jueves, 20 de junio de 2019

Dominadores y Estilistas

El toreo, es un arte y un oficio. Un arte como expresión plástica y un oficio como mayor o menor habilidad en la lidia de reses bravas. Cuando el oficio se personaliza, se distingue del mero conocimiento y se eleva con singularidades y acentos propios, adquiere categoría artística individual, concreta. Surge el gran torero, el artista del toreo, o el torero artista, que supone una superioridad, una expresión, que no esta subordinada al oficio, porque toma del arte de torear lo que tiene de belleza, de gracia y crea una síntesis de particulares dones, cualidades, actitudes y aptitudes. Esto significa no solo saber torear, sino interpretar estéticamente la plasticidad del toreo como lucha, engaño, luz, color, valentía, entrega, estilo.  -En una palabra -, realizar su obra, a través del “gesto”.

No es desdeñable, ni mucho menos, la sabiduría en el oficio de torear, sin el seria imposible, establecer las reglas en las suertes, que marcan las pautas de la  Fiesta. Un buen peón, un buen rehiletero, un buen picador, un diligente y certero puntillero deben unirse eficazmente a la realidad del juego taurino, poniendo de manifiesto que para tal labor se necesita oficio, que por otro lado, no tarda en detectarse en la plaza, cuando, a algún bisoño en cualquiera de las facetas anunciadas – “ le falta oficio” -…

Verdad es, que en buena lógica, lo primero que se requiere es ser lidiador. Sin ser lidiador no es posible ser buen torero. Pero esto no es óbice para que un torero revele excelentes facultades de artista. La belleza peculiar de las suertes del toreo, tiene propio y definido rasgo, se rubrican singularizando la variedad de sus facetas, sin erradicar la estética y la personalidad poderosa de las partes que la componen. Ocurre con frecuencia entre aficionados, que distinguen para oponerlos dos aspectos del arte de torear, la dirección lidiadora del torero poderoso, conocedor de suertes, terrenos, aguerrido, valeroso y eficaz en la lidia. De otro lado, los toreros de ejecuciones artísticas, primorosas de exquisito gusto y trazo en los pases, cuajados de plástica y estética refinada.

Para muchos públicos de hoy, la lidia, ya sea por desconocimiento de la misma, por escasez de maestros lidiadores o porque los toros tienen poco que lidiar; el caso es que tal recurso cuando casualmente ocurre, es un aburrimiento y solo el toreo un placer. Para el toreo, o para el verdadero aficionado la primera es un imperativo digno de atención, la segunda una brillante inspiración. Las faenas más lucidas se hicieron siempre cuando el toro había sido sometido previamente. Hoy, el toro que conforma las faenas, es un animal (salvo puntuales excepciones) un “robot”, inocente, titubeante, que resta emoción e incognita dramática. Pero ya no queda más remedio que aprovechar los toros, según salen por toriles, carentes de diversidad,  de fiereza, de poder y nervio, pero con empalagosa nobleza. De esto deducimos la controversia entre entusiastas de hoy y, los románticos del pasado.