Sábado, 17 de agosto de 2019

Casa de la palabra

Somos noventayochistas, porque, desde adolescentes, nos formamos y nos fascinó la gran literatura contemporánea de la que bebiéramos primero: las obras de los escritores españoles de la llamada Generación del 98

En los libros de los escritores del 98, aprendimos a escribir, esto es, a utilizar la lengua como la han de utilizar los escritores; aprendimos a conocer; aprendimos modos de plasmar el mundo, la vida, los seres, los estados del alma; pero aprendimos también a sentir. 

De ahí que, para nosotros, la escritura de Antonio Machado, de Azorín, Miguel de Unamuno y, en un grado acaso menos intenso, de Pío Baroja o de Ramón del Valle-Inclán –a los que tendríamos que sumar, aunque ya no noventayochista, pero sí coetáneo de ellos, la figura de Juan Ramón Jiménez– esté no solo en nuestra etapa de formación, que lo está, sino que nos haya acompañado a lo largo de nuestra vida y que nos siga interesando de modo muy intenso. 

De los escritores del 98, aprendimos y sentimos el concepto de Castilla como una metafísica, como un estado de espíritu, como una ética y una estética de esencialidad, de vibración de la vida del espíritu. Porque todo ello está en ese término, tan irradiante para nosotros, que es Castilla. 

Y recordamos aún con una emoción intensa, que aún resuena en nosotros como el primer día en que el profesor, en alguno de los cursos del bachillerato, aquel texto, bellísimo, de Miguel de Unamuno, incluido en el capítulo titulado “Ávila de los Caballeros”, del libro ‘Por tierras de Portugal y de España’ (1912), que decía: “para el que busca sensaciones profundas, para el que tiene el espíritu preparado a recibir la más honda revelación de la historia eterna, os digo que lo mejor de España es Castilla”… 

Cómo olvidar esa melodía metafísica de Miguel de Unamuno, autor cuajado de páginas y de momentos donde la contemplación y la meditación se vuelven intensidad poética y reveladora. Como le ocurre en tantos y tantos de sus pasajes. 

Y es que Castilla es la creadora de una de las lenguas más habladas en todo el mundo. Y este es el patrimonio más hermoso y acaso más decisivo que Castilla haya aportado a la humanidad. 

De ahí que, este próximo 22 de abril, en el acto de recogida de los Premios Castilla y León, en nuestras palabras de gratitud, ahondemos en la lengua y en la poesía que se ha creado y se sigue creando desde nuestra Meseta física y metafísica, desde ese extraordinario pórtico lírico que, en el arranque de la modernidad, abre nuestra casa de la palabra: las ‘Coplas por la muerte de su padre’, de Jorge Manrique. Nada menos.