Domingo, 15 de septiembre de 2019

Ser campechano no basta

Gracias a las redes sociales, no sé si alguien se habrá abstraído del aniversario de la 2ª República -ochenta y ocho años de su victoria democrática-. Pero no es nuestra intención referirnos al júbilo del pueblo, tantas veces señalado, sino nadar de espalda y rumbo hacia atrás y poder ver el hartazgo monárquico-dictatorial que justificaron el cambio de régimen.

No es descabellado achacar, aunque se relaten estos hechos en la simplificación de un artículo, a la intrepidez de un monarca, Alfonso XIII, “el campechano” (lo último es nuestro, pero señalado por la Historia), que accediendo al trono a la edad de 16 años quiso actuar como rey y como estratega. No olvidando que se acompañó de algunos políticos sin ideales ni capacidad -excepto honrosas excepciones- y agrupados dentro de partidos que no eran más que clubs de intereses, políticos que se bastaban para deshacer el Sistema en tertulias de cafés.

Postura que sostuvo Unamuno ante el Rey haciéndole partícipe de estos desaguisados en una entrevista que don Miguel celebró con el soberano, pues cuando éste le expuso sus iniciativas, Unamuno le cortó ponderadamente para decirle que lo mejor sería que no tuviera iniciativas, ya que la culpa no era -como escribió el diputado Amadeu Hurtado- que “el rey gobernara mal, sino que gobernase”.

Quizá, más que rey, por su educación palaciega y militarista, muy alejado de los coetáneos del pueblo en sus distintas edades, se podía decir de Alfonso XIII que fue un dictador frustrado. Y aunque fue manipulado, no llegó, por su viveza e inteligencia, a lo que pudiera denominarse “correveidile útil”.

Así, de un significado discurso suyo pronunciado en Córdoba, podemos extractar, como un indisimulado lamento, estas palabras: “En este momento mi Gobierno tiene presentado al Parlamento un proyecto de verdadera trascendencia […] pero el rey no es absoluto y no puede hacer otra cosa que autorizar con su firma que los proyectos vayan al Parlamento, pero no puede hacer nada para que salgan de allí aprobados. Yo estoy muy satisfecho de no contraer responsabilidades, esas responsabilidades que pasaron de la Corona al Parlamento. Prefiero, sin esas responsabilidades, ofrecer mi vida a mi país; pero es muy duro que no pueda prosperar lo que interesa a todos, por pequeñeces de la política. Presenta un proyecto mi Gobierno; lo combaten y cae. Los ministros que suceden a los caídos tampoco pueden adelantar, porque los anteriores se han convertido en oposición y se vengan. ¡Cómo van a ayudar a quienes los mataron! Así las cosas, se convocan y disuelven Parlamentos, sin que se logre nada útil”.

Su afabilidad en el trato y su carisma favoreció que tuviera, aparte de una corte real, otra militar, y otra civil aduladora y de clase elevada con la mayoría siempre dispuesta al acercamiento interesado. Y aunque al rey le ennoblecen sus palabras (¿qué otra opción?) de marcharse de España para que “no hubiera derramamiento de sangre entre españoles”, Miguel Maura -hijo del cuatro veces presidente del Gobierno don Antonio Maura-, monárquico reconvertido a republicano, dijo de don Alfonso que “el rey se fue al destierro sin haber hablado [jamás] con un solo socialista”.

No obstante, no nos sustraemos de traer a esta opinión la semblanza que el mismo Miguel Maura hizo de su paso por las estancias reales: “Cuando a los pocos días de proclamada la República visité con detenimiento el Palacio Real, se imponía a mi pensamiento esta reflexión: Esto lo explica todo. ¿Cómo puede llegar hasta aquí, no ya el rumor, ni siquiera el aire de la calle? Estos muros ciclópeos, esta serie interminable de salas, salones, saletas, antecámaras alhajadas con ricos tapices…, y en el ambiente flotando el peso abrumador de una etiqueta rigurosísima, forman una caja acorazada que tiene que aislar del mundo exterior a sus moradores”.

A continuación describe con rasgos caricaturescos, pero reales en el fondo, ese hilo de comunicación del rey con su pueblo, que eran las audiencias reales:

“Como era lógico, había de ser el aspirante a la audiencia quien la solicitase, puesto que el rey muy raramente llamaba a nadie por su propia iniciativa. La solicitud pasaba por todos los filtros interiores de Palacio. Obtenida la audiencia, al cabo de las semanas o de los meses, según la calidad y el peso específico del solicitante, debía este informarse bien y ensayar los obligados ritos de la ceremonia. Debía ir vestido de levita, con sombrero de copa y guantes. Al llegar a la antecámara, ya descubierto -sin sombrero-, como es lógico, debía descalzar el guante de la mano derecha, dejando enguantada la izquierda. Cuando el mayordomo de semana anunciase su nombre, pasaría a la cámara donde vería de pronto al rey, en pie frente a la puerta. Había de cuadrarse y hacer una reverencia en silencio. Si don Alfonso le tendía la mano, darle la diestra desguantada, mientras en la otra mantenía el sombrero de copa y el guante descalzado. Y en tal postura daba comienzo la audiencia. Si el rey, que se mostraba casi siempre afable y atraía con ello la simpatía de cuantos desfilaban por Palacio, le ordenaba sentarse, sólo podía hacerlo en una butaquita roja que convertía al infeliz en un equilibrista, porque era preciso serlo, para mantener encogido y doblado la chistera, el guante, las faldas de la levita… La iniciativa del diálogo correspondía siempre al soberano, de suerte que el visitante no tenía sino que contestar a lo que el rey le preguntase… ¿Qué fruto -concluye Maura- podía tener el soberano de estas audiencias? ¿Qué libertad de mente podía tener un labrador de la Tierra de Campos o el sabio entomólogo…, quienquiera que no fuese un cortesano nato o un desvergonzado integral?... El ser más inteligente se convertía en esas audiencias ante el rey en un imbécil”.

Estas citas de Maura han sido corroboradas por otros autores, y Ortega argumentaba en “El Sol”, el 28 de marzo de 1918: “Por eso, cuántas ventajas se derivarían si en vez de rodear al rey (los palatinos)… le aconsejasen que de vez en cuando escuchara a los profesores, a los periodistas, a los industriales y a los que ingenuamente, noblemente, le llevaran el eco sincero de la opinión del pueblo”.

Lo de Las Hurdes, acompañado de Marañón y del que luego fue enemigo número uno de Franco, el cardenal Segura, entonces obispo de Coria, estando allí cinco días, con la oposición del Gobierno, más parecía una mascarada para confundir a la Historia.