Domingo, 15 de septiembre de 2019

Salamanca y los congresistas

Me han pedido que escriba unas líneas (que añadan algo o den una visión diferente a la que puede dar cualquier guía turística o la Salamanca de google) pensando en un grupo de congresistas que pronto nos visitarán con motivo de su Congreso anual. La pregunta es qué se puede conocer y disfrutar de la ciudad en un par de días.

¿Qué decir de esta ciudad que parece haberse trazado el difícil propósito de mostrar su imagen de ciudad de glorioso pasado y a la vez bien situada en pleno siglo XXI? Aunar ambos cuadros, la ciudad universitaria de la que salieron las páginas de Lazarillo de Tormes o La Celestina y el estilo de vida contemporáneo es una tarea que puede conllevar desarmonías, errores…y también algunos aciertos.

En dos días de visita, compartida con las actividades científicas de cualquier congreso, el visitante se llevará impresiones de la ciudad, mezcladas con su bienestar (o malestar) con sus compañeros de profesión. Le pasó a nuestro querido Miguel de Cervantes, cuando estuvo en Salamanca (como muchos biógrafos opinan, yo entre ellos) desde tierras portuguesas, de vuelta a su casa madrileña: le gustó tanto haber tenido la posibilidad de pisar sus calles y plazas, él que siempre soñó con haber podido estudiar en ella, que en sus novelas posteriores  cita siempre Salamanca con cierto idealismo.

Pasaré a dar algunos consejos a estos futuros visitantes,  guiándome del sabio principio de dar una de cal y otra de arena:

Cuando lleguéis a la Plaza Mayor, punto central de la vida de la ciudad desde el siglo XVIII, además de disfrutar con su armónico estilo barroco, sus doradas piedras, sus medallones, imaginad unos cuantos acontecimientos de la historia de España que han tenido lugar ahí e imaginárosla en horas distintas, de noche, o en tardes lluviosas. Después, centraros en el presente y si el tiempo os lo permite, sentaos en grupos, en alguna de las terrazas (no os enfadéis por el precio de la cerveza o refresco) y daros tiempo para contemplar cómo pasa delante de vosotros toda una ciudad, cuyos paseantes no van a ningún sitio, pues su paseo es circular.

Id luego a tomar una copa de vino o una cerveza a cualquiera de los innumerables bares y tascas de los alrededores y experimentad la alegría y el ruido de una pequeña ciudad de provincias, en contraste con el silencio de sus calles empedradas, que no dejaréis de recorrer bien entrada la noche.

Aún de día, para poder optar por el segundo nivel de conocimiento de algunos edificios emblemáticos, como la universidad, la catedral vieja y la nueva, el patio de escuelas o los Dominicos, para poder visitar el interior, debéis tener en cuenta los horarios y los precios ( en una ciudad que vive del turismo no hay nada gratuito). Merece la pena pasar al interior; las fachadas, por “bonitas” que sean siempre son fachadas: la vida que albergan y han albergado, se ha desarrollado en sus interiores.

Y, si podéis, al atardecer, daros una vuelta por las orillas del Tormes, visitando previamente el llamado jardín de Calixto y Melibea, donde quizás se inspiró el autor, Fernando de Rojas, para imaginar las idas y venidas de los dos amantes (de nuevo una historia de amores imposibles) y de la alcahueta Celestina.

Podéis finalizar el breve recorrido justo en el Puente Romano, al lado del toro de piedra que en el relato sirvió al cruel ciego para enseñar al pobre Lazarillo que ahí finalizaba su infancia: que la vida es dura y que uno no puede quedarse en Salamanca, en el regazo materno, esperando que la ciudad cumpla sus deseos. Lazarillo, el primer emigrante salmantino, que tiene que salir a buscar trabajo, camino de la imperial Toledo.