Domingo, 15 de diciembre de 2019

Publicidad embolsada

Con buen criterio, el Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, promulgó el Real Decreto 293/2018, de 18 de mayo, sobre reducción del consumo de bolsas de plástico, con el razonable fin de evitar los elevados niveles de consumo de bolsas de plástico, estableciendo en el apartado a) de su artículo 4º la prohibición de entrega gratuita a los consumidores de bolsas de plástico a excepción de las muy ligeras y las de espesor superior a 50 micras con un porcentaje igual o mayor al 70 % de plástico reciclado; pero sin decir una palabra a favor de las “personas anuncio”, -que somos todos los seres humanos- ni sobre el sueldo que deberíamos recibir los publicistas de los comercios que nos venden por decreto las bolsas de plástico.

Nadie duda sobre la necesidad de la mencionada norma, pues era obligado reducir el consumo de un producto que se utiliza como media quince minutos y tarda años en desaparecer del medio ambiente, provocando en ese tiempo una contaminación que perjudica seriamente a los seres vivos, entre los que nos encontramos los humanos.

Pero también hay consenso entre los afectados de denunciar la laguna que existe en dicho decreto, donde nos bañamos todos, pues muchos comercios transforman a los clientes en propagandistas gratuitos de su marca, paseándolos sin coste alguno por las ciudades como “personas anuncio”, sin que el decreto añada en su Capítulo IV sobre Régimen Sancionador, la pena que correspondería a las empresas que sin contrato alguno obliguen a los ciudadanos a publicitar su negocio en calles, cines, cafeterías, aviones, salas de espera, Parlamento, autobuses, pajares, campanarios y viñedos.

Sería muy fácil conseguirlo: basta con añadir junto al precio fijado para las bolsas, la cantidad que los comercios deben pagar a los clientes por publicitar su negocio. O, –más fácil aún- prohibir que las bolsas vendidas a los clientes lleven publicidad sobre del negocio vendedor de la bolsa.

Disculpadme, amigos lectores, este ensueño de madrugada, mientras espero la llegada de la borriquilla llevando en sus lomos al Salvador, entre los gratuitos ramos de laurel que espero conseguir para dar sabor a mis guisos, evitándome comprarlos en bolsas de plástico que tanto contaminan.