Sábado, 24 de agosto de 2019

Bajar a la tierra

¡Despierta, durmiente,/  que no te he creado/ para que seas prisionero del infierno!/ Levántate de entre los muertos:/ yo soy la vida de los muertos.

De una antigua homilía para el Sábado Santo

 

«Morir sólo es morir, morir se acaba/ morir es una hoguera fugitiva/ es cruzar una puerta a la deriva/ y encontrar lo que tanto se buscaba./ Acabar de llorar y hacer preguntas/ Ver el amor sin enigmas ni espejos./ Descansar de vivir en la ternura./ Tener la paz, la luz, la casa juntas/ y hallar, dejando los dolores lejos/ la noche Luz, tras tanta noche oscura».

J.L. Martín Descalzo

En la entrada anterior, dejamos a Jesús en el suspiro último de su muerte, solo en la agonía, en el profundo silencio del abandono en la cruz, con un grito profundo inspiró. Como el grito del niño cuando sale del seno materno, así Jesús se abrió paso por la puerta, por el parto de la muerte hacia los brazos del Padre.

Sin comprender el misterio de la cruz, un hombre piadoso llamado José, natural de Animatea, irrumpe en el atardecer del Viernes Santo dispuesto a enterrar al difunto. Pilato cedió ante la petición de este miembro honorable del Sanedrín, le entregó el cuerpo de un rey fracasado, sin ambiciones de poder ni gloria. Un hombre justo, cuya apuesta por el reino del amor y la misericordia provoca que sea entregado como un pan partido y repartido. Jesús, ni en la vida ni en la muerte tuvo donde reclinar la cabeza.

Para un buen judío enterrar a los muertos era un imperativo de su fe, una obra de misericordia que no se negaba ni a los enemigos. Ni siquiera los colgados en un madero podía quedar su cadáver durante la noche, era un “maldito de Dios” y no puede manchar la tierra que el Señor dio en heredad a su pueblo (Dt 21, 22-23). No tenía derecho a un entierro honorable, su destino era una fosa abandonada, tal vez común con otros crucificados, para que sus huesos purificados de la carne puedan ser entregados para su sepultura.

Como era la fiesta de la Pascua, según el evangelista Juan, se aceleró la muerte de los crucificados, rompiendo sus piernas con una barra de hierro (Crurifragium), para acelerar la muerte por asfixia. Al llegar al Jesús, ya muerto, un soldado le abrió el costado con una lanza, derramando sangre y agua (Jn, 19, 31-33). Jesús sin vida, con la ayuda de José de Animatea, fue envuelto en una sábana y será colocado en el alma profunda de la tierra.

Muere como todos y como todos será sepultado. Allí penetrará hasta la más profunda soledad, en el Sheol, en la negra oscuridad del reino de la muerte, la negra tierra, el lúgubre infierno, el abismo más profundo que, durante un tiempo guardará en su seno un tesoro escondido, una perla preciosa. En la muerte, Jesús penetró en el horizonte de Dios desde el hondón más oscuro de su existencia humana, donde también se hace presente la inefable presencia del Padre. El dinamismo de la esperanza ante la muerte pasa por Jesús que, como una semilla por germinar, se abre paso desde la oscuridad de la tierra, subiendo de los infiernos con todos los que descansaban en el Sheol, hacia una vida renovada y plena.

Hoy también los creyentes, al pie de la cruz, debemos subir de los infiernos a tantos hundidos en la tierra sin esperanza, recordando tantas muertes injustas en las guerras abiertas o los enterrados por el hambre en África Oriental, Sudán del Sur y Yemen. Al percibir esa realidad, la oración del creyente se vuelve grito, queriendo sostener una realidad que nos supera y entristece, pero que reclama la misericordia y la justicia de todos.

¿A quién le importa que el nivel de vida en África sea hoy menor que hace quince años? ¿Le importa a alguien tantas personas que sufren y que huyen de las guerras y llaman a la puerta de los ricos pidiendo asilo y justicia? Desde Birmania hasta México pasando por Afganistán, Yemen, Somalia, Sudán del Sur, República Centroafricana y República Democrática del Congo hay conflictos que siguen enquistados. Guerras interminables que están hundiendo en la miseria a tantos crucificados y sepultados en el olvido.

La paz en el mundo está asociada a la voluntad de cambio que alienta las transformaciones urgentes de las condiciones de vida de las mayorías más pobres, sobre todo del continente africano. Ser solidarios con los que más sufren, es embarrarse en la profundidad de esa tierra de misericordia, que busca planteamientos globales a todo el sistema injusto en el que estamos inmersos, planteando caminos para mejorar, reformar y defender los derechos más básicos del ser humano.

El misericordioso es cómplice activo contra la historia torcida. Se siente enviado por el que bajo a las profundidades de la tierra y, que comparte cada pena y desgracia de cada ser humano, buscando una transformación de vida que comienza en el corazón de cada hombre. El lugar del encuentro entre Dios y el hombre no es el santuario, sino el sufrimiento solidario, que religa a Dios y al hombre, incluso en la noche oscura del sufrimiento. La empatía y el dolor compartido es lo que sensibiliza al ser humano y lo motiva para un comportamiento solidario.

El sepulcro y la injusticia no debe ser el lugar de la muerte y de la ausencia de esperanza, si Cristo arrancó al hombre de la cautividad del infierno, en nuestro caminar hacia el Padre es un imperativo luchar a favor de la vida, la justicia y la dignidad. Los infiernos no comienzan más allá de esta vida, están aquí en nuestro mundo, en el corazón del hombre, en la región nocturna del ser humano.

Debemos ascender de la sepultura en ese movimiento ascendente que nos marcó Jesús, que es llevar adelante la causa de Dios en las causas de los que buscan justicia, amor y fraternidad. Esto nos conduce a denunciar la injusticia, a alimentar al hambriento, a vestir al desnudo y a albergar a los pobres sin hogar. No sabemos exactamente adonde nos llevará ese amor, pero nos estremecemos recordando a tantos sepultados por las injusticias de este mundo.