Sábado, 15 de junio de 2019

Independencias y pendencias

Cae la lluvia necesaria, como un regalo de abril, un remedio que agradecemos poniéndonos en marcha bajo su abrigo, disfrutando de la luz sobre las hojas mojadas, la tierra viva recibiéndola con ansia. Llueve, llueve y de repente la retama se vuelve más amarilla, los pinos se abrazan y una ardilla feliz cruza la carretera comarcal a la carrera. Estamos cruzando la frontera que separa Salamanca de Extremadura, abismándonos entre bosques iluminados por la lluvia, el sol que sale y se oculta entre las nubes. La Sierra de Gata está espléndida de amarillos, de piornos florecidos, de árboles lavados la cara, y en el hotel, frente a la cristalera un granado viejo como un viejo olivo, deja entrever a un jilguero colorido feliz de ser, de volar en este aire limpio de mañana bendita. Estamos en San Martín de Trevejo y el agua corre por las calles, canción rumorosa.

Pueblos ahítos de plantas y flores que tienen la cara recién lavada mientras el gato se recoge en sí mismo sobre la escalera de piedra. Hace frío pero la lluvia ha traído la gracia, y caminamos esperando que el agua nos dé una tregua pequeña para recorrer los pueblos de viejos sillares, columnas de madera y adobes que se yerguen, tan próximos, tan estrechos, callejuelas de la memoria por las que también corre el rumor de una lengua que parece música, el rumor de la fala. Aquí la hablamos en la casa y si eres del pueblo, hablas la fala… a la antigua alumna de dialectología de Don Antonio Llorente Maldonado le suena a gloria la conversación de los señores mayores que apuran un vino en un local de Valverde del Fresno donde una mujer generosa me acerca un plato de migas con el café y apenas nos cobra tres euros por mi desayuno tardío y la cocacola de Fernando que se come un poquito de carne guisada como si no hubiera desayunado esta mañana extremeña. Hay algo cercano y cálido en esta gente que nos habla, algo sin prisa que se detiene a comentar con el forastero la lluvia que cae y lo cerca que está Navasfrías aunque es cierto que no nos dice que el puerto que separa ambos pueblos es un prodigio de vistas, sí, pero también un suplicio para una conductora con vértigo. Lento, lento, avanza todo en medio de esta naturaleza feraz que está en su mejor momento: viñas que estrenan hojas apretadas, olivos nudosos abiertos a la lluvia… y piornos en flor, morados cantuesos de Semana Santa.

Hay algo detenido en este abrazo apretado de valle y montaña entre la Salamanca desconocida cercana a Gata, entre la Portugal próxima y la Extremadura alegre de pueblos grandes y gentes reposadas. Un sentimiento de felicidad, de gozo compartido. Pueblos que hablan su lengua y apuran su domingo de alegría. Pueblos en las faldas de suaves ondulaciones en terrazas centenarias de cultivos fecundos. Pueblos independientes de toda prisa que, sin embargo, no dejan espacio a la pendencia, porque su diferencia es enriquecedora, su cultura popular un canto a la permanencia. Porque ahora hacen de la diferencia virtud y del aislamiento, custodia de lo antiguo. Porque son auténticos y suyos, muy suyos, pero sin pedir nada más que seguir siéndolo. Y presumir orgullosamente de ello sin sentirse de más ni de menos. Extremadura siempre.

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.