El optimista informado

Para explicar la importancia que debe darse a la información veraz, alguien dijo que el pesimista suele ser un optimista bien informado. De ahí el peligro de creerse a pies juntos todos los discursos que lleguen a nuestros oídos. Si, por añadidura, el orador es un político – y más en campaña electoral- la ausencia o el enmascaramiento de la verdad hacen muy recomendable que nos pongamos en guardia. Por eso mismo, cada vez que oigo a un político pintando de color rosa, tanto la actual situación política, social y económica, como el halagüeño porvenir que nos espera, suelo echarme a temblar. Por desgracia, tenemos dolorosos ejemplos muy recientes. Sólo una pequeña muestra: a la misma hora, en distintos medios, he podido escuchar sendas reseñas sobre la marcha del Ibex 35 en nuestra Bolsa. En una de ellas se hablaba de una subida del 0,11 % para alcanzar los 9496 puntos básicos, en la otra -cinco segundos después- se decía que la subida era del 0,15 % hasta llegar a 9456 puntos. Con independencia de la escasa repercusión del error, lo cierto es que uno, o los dos, no estaban diciendo la verdad.

Para no caer en el vicio que estoy criticando, debo reconocer que no es algo exclusivo de los españoles. La enfermedad es tan general que el mismísimo George Orwrell ya dejó escrito:” El lenguaje de los políticos está diseñado para que las mentiras suenen como verdades, para que el crimen parezca respetable y para darle consistencia a lo que es puro viento”. A juzgar por lo que está ocurriendo con el empalagoso Brexit, no iba tan descaminado el escritor británico. Siempre he sostenido que los ingleses no son los mejores oponentes para negociar una discrepancia. Llevamos 300 años disputando la soberanía de Gibraltar y, no pocas veces por la ineptitud de nuestros representantes y, casi siempre, por las mentiras y artimañas de los ingleses, no hemos conseguido ningún avance significativo, a pesar de las muchas oportunidades que la historia nos ha deparado. Recientemente, hemos asistido a una circunstancia claramente favorable a los intereses de España – la Unión Europea, por fin, reconoce oficialmente la condición de colonia para Gibraltar-, algo que celebramos sinceramente. A pesar de ello, la experiencia me ha enseñado que porfiando con un inglés nunca debes cantar victoria. He vuelto a escuchar a más de uno aquella ingenua adivinanza de que Gibraltar ya puede caer como fruta madura. A regañadientes, y por la metedura de pata del Brexit, hemos logrado que sobre el Peñón recaiga la consideración de colonia, pero nada hemos avanzado en cuanto a soberanía y control del aeropuerto. Ya en 1968 la ONU instaba a Gran Bretaña a poner fin a la situación de Gibraltar. Después de esa, otras dos resoluciones han sido igualmente ignoradas por los gobiernos de su graciosa Majestad. Sigo sin fiarme de un pueblo que ha crecido envuelto en un manto de superioridad, con el agravante de valerse de su insularidad para considerar prescindibles a los demás.

Si lo anterior no fuera suficiente, las medidas políticas poco efectivas que han tomado en el Campo de Gibraltar los sucesivos gobiernos españoles han venido a agravar el problema en la comarca. La falta de empleos bien remunerados ha obligado a los desempleados a buscar el sustento en lo más fácil y lucrativo: el contrabando y el tráfico de drogas. A la hora de combatir esa lacra, los Cuerpos de Seguridad se encuentran con la dificultad añadida de la falta de colaboración pública. Así pues, que nadie se envuelva en la bandera del optimismo con los temas del Brexit y Gibraltar.

Mucho más grave y urgente que el tema de Gibraltar es la actual situación interna del momento. Cuando se nos han atravesado los rebrotes populistas y nacionalistas, nos ha encontrado con gobiernos incapaces de aplicar las medidas apropiadas. Las fuerzas políticas que han gobernado España desde la Transición han aplicado programas que podíamos definir como “dientes de sierra”. Los “picos”, es decir, las promesas, coinciden únicamente con los momentos de las campañas electorales; los “valles”, salvo rarísimas excepciones, han llenado toda la legislatura porque  vez comprobados los fracasos e improvisaciones, se dedican a preparar las promesas que deberán ofrecer en la siguiente campaña, sin preocuparse de que el sufrido votante pueda pensar que le han tomado el pelo.

Para cualquier gobierno que se considere demócrata y fiel a la Constitución deberían ser dogma de fe las líneas rojas que garanticen la esencia de la legitimidad: la unidad de España y el cumplimiento de la ley. Todo lo demás puede matizarse, si lo que se busca es el bienestar de los ciudadanos. Los inconformistas claman por conseguir romper las cadenas que, según ellos, tienen maniatado todo intento de progresismo. Pues bien, sin necesidad de buscar legislaciones foráneas, con nuestras mismas leyes aplicadas en otras democracias, alguno de los partidos considerados aquí legales tendría muy difícil pasar ese listón.

Las ideas políticas de cada votante le llevan a escoger el partido que más se acerca a sus aspiraciones y ninguna fórmula puede garantizar la mayoría suficiente para que una corriente política pueda agrupar los apoyos necesarios para gobernar. Lo natural y lo razonable en cualquier democracia que se precie es que, cuando las matemáticas impiden esa mayoría, antes de llegar a uniones anti-natura que menosprecian a los electores, se opta por convocar nuevas elecciones. Aquí manejamos una democracia muy particular. El PSOE está gobernando con 84 diputados -y aún le sobre alguno- porque Pedro Sánchez se ha pasado por el arco de triunfo el ideario de su partido y no pone reparos para aliarse con quien se declara partidario de acabar con el régimen y con discípulos de los asesinos de sus compañeros de partido. Pero no es que no ponga reparos a esos contubernios, es que no lo niega. Por eso siempre he dicho que, o bien Pedro Sánchez no es socialista, o este PSOE no es el verdadero. El principal motivo de las horas bajas de este partido socialista -como le pasa al PP- hay que buscarle en el desengaño de sus antiguos votantes.

El bipartidismo pasa por horas bajas porque los dos principales partidos que surgieron en la Transición han defraudado a sus simpatizantes. Ninguno de los dos, por mucho que se esfuercen, está en condiciones de considerarse menos corrupto que su adversario. En esa materia, los dos han jugado la champion. En otras parcelas, con luces y sombras, la efectividad ha sido diferente. El tiempo es inexorable y el margen de maniobra escaso, pero si uno y otro partido entonaran el mea culpa y volvieran a sus principios, podrían alternarse en el gobierno según sus habilidades y, de paso, nos evitaríamos muchos de los graves problemas que hoy nos agobian.

En cualquier caso, antes de introducir la papeleta en la urna, que cada cual examine lo que proclama – y lo que esconde- cada partido político. Más vale ser pesimista bien informado que optimista ingenuo.