Martes, 10 de diciembre de 2019

Perdón

Parece que vuelve la moda de pedir perdón. Se pide perdón, se concede y aquí no ha pasado nada, todos tan amigos.

A mí eso de perdonar, o exigir perdón, por actos que han pasado hace tanto tiempo que por mucho perdón que nos concedamos, o exijamos, nada puede cambiar, me parece, con perdón, una solemne tontería. Como si la historia tuviera freno y marcha atrás, como los corazones de Jardiel Poncela.

Porque, digo yo, ¿que tendrá que ver el Papa, pongo por caso, con lo que hicieron en Méjico, algunos religiosos del siglo XVI? Por otra parte, ¿alguien de los que exige perdón ha tenido el detalle de intentar estudiar, leer, enterarse de cuáles eran las circunstancias de la época? No, para qué, es más fácil opinar utilizando los parámetros actuales y de esa manera destacar sin piedad las atrocidades de aquella gente sin escrúpulos, sin cultura, sin moral… Eso sí, los aspectos positivos, que en el caso de la historia de España son muchos más de los que a los limpiadores de morales ajenas les gustaría, esos ni mencionarlos, no sea que si rebuscamos encontremos una verdad que nos desmantele toda la inquina que los españoles solemos tener hacia todo lo que los españoles hemos hecho. Circunstancia esta que aprovechan algunos, que viniendo de fuera, saben que encontrarán en casa, apoyos para su pretendida limpieza de culpabilidad histórica.

Pero no es necesario remontarse tantos siglos atrás. Lo mismo podríamos decir para otros acontecimientos ocurridos en fechas más próximas. Me gustaría saber quién es el encargado de estipular la cantidad de tiempo que tiene que pasar para que la petición de perdón caduque. ¿Serán cien, quinientos, mil o dos mil años los que tienen que pasar para perder el derecho a exigir perdón?

Nos enfrascamos tanto en pedir perdón por cuestiones extemporáneas, que nos olvidamos de las de ahora, tan deplorables o más que aquellas. Pero está claro que pedir perdón por lo que otros cometieron no duele lo más mínimo y además nos proporciona más beneficios. Esto es algo que saben y controlan muy bien los políticos. Algunos, a poco que nos fijemos, hasta se les puede ver la aureola de santidad cuando defienden estos temas. ¡Santos varones todo ellos! y gratis.

Por lo tanto no veo la necesidad ni la utilidad de ese perdón, salvo para impulsar el propio ego, y dar, ante el resto del mundo, una imagen de benevolencia y solidaridad que pocas veces nace de lo más profundo de los corazones, sino del frio y calculador cerebro.

En algunos casos, me da la sensación, de que quienes exigen perdón, lo que pretenden, no sé si consciente o inconscientemente, es conceder a un grupo o sociedad determinada, aquello que en su día no pudo conseguir, ya fuera porque el otro era más bestia, o porque el uno no tenía los medios para haber ejercido esa bestialidad. Creo que, en no pocos casos, si el “humillado” hubiera tenido los medios que tenía el “humillador” ahora los papeles estarían cambiados. Parece que la Humanidad está sentenciada a pasarse toda su existencia pidiéndose perdón.

Y digo yo, ¿no sería mejor dedicar nuestros esfuerzos a mirar al presente y ver las atrocidades que se están cometiendo y ponerles remedio? Tan empecinados estamos en estas refriegas que nos impiden ver que, aquí y ahora, estamos haciendo cosas aún peores que esas por las que clamamos perdón, con la agravante de que ahora disponemos de más medios, de más conocimientos y de una perspectiva histórica que ellos no tuvieron.

No son pocos los que piensan que lo mejor, y más cómodo, es dejar que pase el tiempo sin hacer nada por remediarlo. Dentro de cien años, alguna mente preclara se acordará y armándose de dignidad, exigirá perdón a… no sé quién, que le mirará con cara de haba y tras una breve valoración de los beneficios que puede reportarle, pedirá perdón y lo que haga falta. Luego, todos juntos, orgullosos y felices, inaugurarán un monumento que recordará a todas las víctimas, las mismas que ahora están sufriendo esas injusticias y por las que nadie hace nada, esas por las que cuando se pudo y se debió hacer, nadie movió un dedo por ayudarlas. Colocarán un hermoso ramo de flores, sonará un bonita música, guardarán un minuto de silencio… y con la conciencia bien lavada y los corazones henchidos por la satisfacción del deber cumplido, cada cual volverá a la rutina de su mundo y sus corazones regresarán al estado de hibernación en el que esperarán otros cien años.

En todo caso, si al leer estas líneas, te has sentido ofendido, te pido mi más sincero perdón.