Ahora está Juan, ahora no está...

Aquí, al lado de mi tienda, hay un bar. Amables y serviciales, tienen una clientela fija, como todos los bares, no es información de primera mano. Y en los bares hay siempre muchas soledades solas, que silencian a diario en whisky (por ejemplo) la vida.

Juan era una de esas soledades solas, hombre respetuoso, callado, con poco más de sesenta años, con apariencia de más edad por esa huella desdibujada que se le planta a una persona en la cara cuando todo le da más o menos igual. Yo le decía hola y adiós y ahí se quedaba todo el diccionario. Y Juan estaba aquí todos los días, todos; el bar era su casa, su guardián en el rellano.

Y hablando con la cordial Toñi tras la barra, me decía: “pues aún no me he hecho a la idea de no verle”.

 Es que llevo unas semanas inquieto por tantas ausencias. Parecemos un juego de Juan Tamarit; como este Juan, tan desconocido en su soledad tan sola, vigía que parecía eterno en este bar pegado a mi tienda. Al abrir la puerta para estrenar un frío día laboral me llama la atención su esquela con su foto pegada en la pared.

 ¡Pero si ayer estaba!. Ya, pero hoy ya  no. Es eso: la ilusión de la vida.