Lunes, 3 de agosto de 2020

¿A 80 años del final de la guerra?

Retirada del escudo franquista del IES Germán Sánchez Ruipérez, en Peñaranda de Bracamonte, que tuvo lugar en 2017

Pues no exactamente. La guerra no acabó el uno de abril del 39. El franquismo dio un giro a la sentencia de Von Clausewitz e hizo de su “paz” la continuación de la guerra por otros medios.

Por de pronto, el estado de guerra que proclamaron los militares sublevados contra el gobierno de la II República los días 18 y 19  de julio de 1936 se mantuvo hasta abril de 1948. Y la jurisdicción militar todavía pudo condenar a muerte al comunista Julián Grimau en 1963 por supuestos hechos ocurridos durante la guerra. (Mientras, una amnistía de 1939 había exculpado a todos los criminales del bando franquista, algo que revalidó la democracia en 1977). Luego vino el Tribunal de Orden Público, castigador de delitos políticos solo existentes en la mentalidad de un régimen fascistoide (y es algo que conozco de primera mano).

No cesó nunca el espíritu belicoso y punitivo del Nuevo Estado. Como dijo Franco el Día de la Victoria, ”terminó el frente de la guerra, pero sigue la lucha en otro campo”. De ahí leyes como la de represión de la masonería y del comunismo (1940) o la de responsabilidades políticas (1939), de ahí la Causa General, iniciada en 1943, y un sistema represivo que, entre otras cosas, creó una policía política para hacer la vida imposible a la oposición, algo que aún hoy colea. De ahí un sistema que prohibía la memoria de los muertos por parte de los vencidos a la vez que, en cambio, cultivaba con fervor el recuerdo de los “caídos por Dios y por España” –como olvidan las derechas y sus “historiadores” todavía hoy­–. Y en el que fueron entronizados los “mártires” de la Iglesia, que con toda razón los reivindica, pero que los acoge bajo una cruz de un solo brazo.

Durante mucho tiempo, todas las noches, al acabar el “parte“ de Radio Nacional, la misma arenga ahuyentadora del olvido y del perdón: “¡Españoles! La paz no es un reposo cómodo y cobarde frente a la historia. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo interior y exterior”. No era mera retórica, pues el envío de los voluntarios de la División azul para luchar al lado de la Wehrmacht nazi, o de la Guardia civil a exterminar a la guerrilla antifranquista, se hizo como prolongación de la guerra civil. Lo mismo que la cesión de suelo, puertos españoles y espacio aéreo a EE.UU. durante la Guerra fría, que fue también una vergonzosa cesión de soberanía.

Y así hasta el final. El recuerdo de la guerra se mantuvo vivo como elemento legitimador del régimen, que nunca tuvo otro título para ocupar el poder salvo el de haber masacrado y descabezado al sujeto histórico que quiso llevar adelante un programa modernizador, democratizador y reformista durante la II República. Poco antes de morir, tras confirmar cinco penas de muerte –genio y figura– el susodicho aparece ante la concentración de la plaza de Oriente con el mismo discurso de siempre: “Todo obedece a una conspiración masónico-izquierdista en la clase política, en contubernio, etc, etc”. Y aun desde el otro mundo, en su testamento político, seguía advirtiendo: “no olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta. Velad también vosotros…“.

Casi todos sus servidores públicos –políticos, jueces, militares, policías, plumas de la Prensa del Movimiento– pasaron a serlo de la democracia, de modo que podías ver a un juez del TOP en la Audiencia Nacional, por ejemplo, o a un jerarquilla del vertical dando clases de gimnasia en un cole, a la jefa local de la S.F. tecleando oficios en una delegación del Ministerio de Cultura o a algunos polis malos haciendo lo de siempre.

Pero ahora los que aún quedan respiran aliviados. Por fin tienen a quién voxtar, pues el PP ya no es lo que era, como insinúa Aznar a veces.