Ricardo Sánchez Marcos y el fuego ladrón

Siete años ha hecho ya desde que un maldito marzo de 2012, el fuego se llevara por delante la historia taurina del matador de toros salmantinos Ricardo Sánchez Marcos. Aquel día, en la pequeña finca que el torero tiene en Vitigudino, La Arenosa, se produjo un incendio en la casa que acabó con álbunes, cuadros, trofeos, fotografías, documentos, colecciones, y datos ingentes de toda una vida de torero, acumulados allí en cajones y maletas. Hasta la cabeza de aquel toro, “Bonachón”, que por cierto no fue bueno, del Marqués de Domecq, se perdió entre un irrespirable oleaje de humo y llamas destructoras.

 Retirado de los toros, Ricardo ha hecho de aquella tierra al lado de su pueblo, su retiro casi permanente, donde tiene su estudio de pintor, talla esculturas originales e imponentes de los troncos de encina y cuida de sus caballos y yeguas lusitanas.

 Pero de vez en cuando se pone triste su semblante cuando le hago recordar tanto y tanto como se llevó aquel incendió fortuito en la casa…y todo lo que desapareció para siempre: lo tocable, lo físico, las pruebas de su artísticamente reseñable paso por los ruedos. Sus éxitos en las plazas de toros de los cuatro puntos cardinales de España y Francia, donde concurrió siendo novillero puntero en los años 90.

 Y aquellas agendas y cuadernos en los que su padre, con mimo puntilloso, iba reflejando los detalles de su carrera como torero, de sus novilladas, festivales, tentaderos, compañeros, ganaderías, vestidos de torear y las circunstancias más curiosas de su devenir profesional. Todo, todo se lo llevó el fuego.

 Quedan unas pocas cosas, salvadas porque no estaban allí. Y queda, fundamentalmente, la memoria de los aficionados que tuvimos el privilegio de ver a Ricardo Sánchez Marcos en los ruedos, su profunda convicción clásica de la tauromaquia,, el dibujo y sabor de su buen corte torero, tardes de serio poso en Las Ventas o sus varias salidas a hombros de La Glorieta.

 El tacto de los objetos es prueba notarial de lo acontecido pero siempre es posible su desaparición, como es el caso. Lo que resulta imperecedero (salvo enfermedad), es la memoria de lo vivido, el recuerdo y el sentimiento que nos produjo lo visto, el haber estado allí. Eso no hay Dios que lo queme. Porque vive en el alma.