A vueltas con la nación catalana

Cuando nos encontramos, más o menos, en el ecuador del juicio oral a los líderes del “procés”, donde se juzga la conducta de los responsables de unos hechos que podían constituir delito en nuestro ordenamiento jurídico, y, cuando se comprueba que pretenden descargar el peso de su responsabilidad proclamando que Cataluña es, y lo fue desde hace siglos, una nación con todos sus derechos, incluido el de decidir por su cuenta, no estaría demás aclarar algunos conceptos.

Comprendo que para un nacionalista poco ilustrado de nada sirve exigirle una visión objetiva en su forma de pensar. La intoxicación recibida desde la infancia es muy difícil de contrarrestar. Ahora bien, dado el nivel intelectual de varios de los implicados en este proceso -hay algún doctor en Historia Contemporánea-, quiero pensar que para ellos el concepto de nación, a pesar de sus ensoñaciones independentistas, no debería ser muy distinto del que se tiene el resto de mortales; pero ni quieren ni pueden reconocerlo. Si así lo hicieran, sería como renunciar a su defensa y, por lo que estamos viendo hasta ahora, no van por ahí los tiros. Claro que no toda la culpa es suya. Una de las razones que ha llevado al nacionalismo catalán hasta el 1-O hay que buscarla en la irresponsable conducta de Zapatero, que se comprometió a ratificar el Estatuto que le presentaran desde la Generalidad. Esa fanfarronada fue como prender una cerilla en medio de una gasolinera.

Ahora que acaban de estrellarse contra la pared de la ley, pretenden basar su estrategia en demostrar que nunca llegaron a formalizar esa nonata independencia, y que lo único que pretendían del estado español era la autorización -más o menos encubierta- para celebrar un referéndum de autodeterminación y, a la vista del resultado, plantear la consiguiente negociación con Madrid, eso sí, de tú a tú. Lo grave es que están saliendo a la luz una todo un rosario de pruebas que dejan en muy mal lugar sus alegaciones.

Por razones muy poco admisibles -tanto para este como para anteriores gobiernos- estamos conociendo ahora el resultado de las maniobras dirigidas a conseguir la secesión por la vía del apoyo internacional. Llevadas a cabo sin demasiado secreto, aquellas gestiones ya dan sus frutos cuando hemos conocido las decisiones de algunos jueces europeos, cuando se están desentrañando las cantidades invertidas en gestiones llevadas a cabo por medio mundo -como muestra de la efectividad de su Consejo DIPLOCAT-, cuando afloran a la luz importantes cantidades invertidas en sus “embajadas” o en honorarios pagados a los “observadores”. Ahora, para que sepamos que en todos los sitios hay mentes abiertas a “comprar” los caprichos de cualquier insatisfecho, aparecen 41 senadores franceses dispuestos a jurar que España no es una democracia porque “no se respetan las libertades y los derechos fundamentales en Cataluña". La explicación de esta postura puede estar en alguna de estas razones: que han firmado sin leer el documento -cosa poco probable-, que carecen de criterio propio o, si lo tienen, saben que lo que firman no es cierto, o que todavía quedan en Francia adoradores de otra memoria histórica que no acaba de digerir la oposición que encontró Napoleón en España. Me gustaría conocer la opinión de esos mismos senadores cuando sepan que tanto el independentismo catalán como el vasco llevan en su ideario la ocupación de buena parte de los territorios franceses próximos a los Pirineos.

La actual situación en Cataluña no será nunca bien comprendida para quien no conozca su verdadera historia. La dejación de funciones que han demostrado no pocos gobiernos centrales, unida al tesón de las autoridades catalanas encargadas de dirigir la educación, han alumbrado una serie de generaciones que odian a España porque la ven como una madrastra opresora. No pretendo valorar los métodos de enseñanza que se empleaban en nuestra infancia, pero sí puedo asegurar que sigo recordando perfectamente muchas de las materias que me enseñaron entonces. Si hubiera leído en mis libros que el río Tormes nace y muere en la provincia de Salamanca, habría tardado varios años en saber la verdad. Si me hubieran dicho que Julián Sánchez “El Charro” combatió en la División Azul, me lo habría creído. Eso sí, también aprendí que Castilla ha sido muchas veces la despensa y el banderín de enganche sacrificados para atender a las necesidades de España, y también me lo creí. Cuando tuve capacidad de discernir y deseo de ilustrarme, pude completar mi cultura y conocer la verdadera realidad. Llegó un día en que supe que ni mi pueblo, ni Salamanca ni España eran el ombligo del mundo; que había otras gentes y otros lugares peores y mejores que los nuestros, y que ese mundo estaba hecho para saber convivir con los demás, a ser posible en paz.

Pues bien, en ese periodo de aprendizaje, los libros y los profesores me enseñaron la historia de España. Es cierto que alguno de los últimos pasajes pudo llegarme en versión adaptada al desenlace de una guerra civil, pero la capacidad de enjuiciar los hechos llega a proporcional a cada cual una visión más cercana a la realidad.

Fruto de esa formación, pude conocer, por ejemplo, que los romanos dieron a nuestras tierras el nombre de Hispania, una de cuyas partes tuvo su capital en la actual Tarragona; que cuando legaron los visigodos a esa Hispania su primera capital fue Barcelona y, con su avance, llegó el traslado de la capitalidad hasta la céntrica Toledo. En todo ese espacio de tiempo, todos los historiadores hablan de la nación llamada España y no hay ni una sola referencia a catalanes o la nación catalana. Con motivo de la invasión musulmana, los reyes francos quisieron protegerse de un posible ataque ocupando los territorios al sur de los Pirineos, y los llamaron, precisamente, Marca Hispánica. Fue Ludovico Pio, en el siglo IX, quien se encargó de proteger a los habitantes de esas tierras por medio de un decreto en el que se habla de españoles que se acogían a su amparo. Es en tiempos de Ramón Berenguer IV, cuando el condado de Barcelona -sigue sin aparecer la palabra Cataluña- vuelve a integrarse en la Corona de Aragón para seguir combatiendo al islam. Hasta el final de la Reconquista, todos los combatientes de la Cataluña actual lo hacían bajo las órdenes del rey de Aragón. Como el resto de españoles, combatieron en todos los conflictos en que se vio envuelta España -dentro y fuera de la Península.

Ya en el siglo XVIII, el enfrentamiento entre los dos pretendientes al trono español -Felipe d´Anjou y el Archiduque Carlos de Austria- da lugar a la llamada Guerra de Sucesión. Este es el punto de partida que usan los independentistas para falsificar la historia. Lo que fue una simple guerra dinástica quieren transformarlo en Guerra de Secesión. Los catalanes no peleaban por la independencia de su “nación”, sencillamente se pusieron del lado del austriaco y perdieron, como les sucedió a todos los territorios de Aragón. Sin embargo, en Zaragoza no han elegido como fiesta de su Comunidad el día 11 de septiembre. No acabo de comprender cómo los catalanes pueden estar tan orgullosos de la fecha en que se rindieron a las tropas reales. Al menos, los castellano-leoneses celebramos el 23 de abril la derrota en Villalar de unos comuneros que no buscaban la independencia sino un poder central más justo y, por supuesto, que nunca se rindieron.