Sábado, 15 de junio de 2019

Días que pasan

Se suceden los días esperando la lluvia y uno juega con la memoria y con las letras, pajaritas de las fechas que vuelan y los pequeños hitos de cada día me recuerdan que nosotros, los de antes, aunque sigamos siendo los mismos, asistimos al transcurso del tiempo con el mismo ritmo sosegado de mi ciudad de provincias, mi cotidiana cadencia de semanas, sin sentirlo.

Sin embargo, los cambios, como las estaciones se suceden: la luz se alarga, las flores del magnolio de la Plaza de España que nos regala sus flores antes de tener hojas, las hojas apretadas en estrechos brotes verdes nos despiertan el deseo de abril. Y es la primavera de luz y de poca agua la que nos recuerda que los niños crecen y que el espejo me devuelve una mirada pesada de perro viejo. El tiempo pasa y lo cuento en efemérides –hace veinte años que murió Jonh-John Kennedy- y en esos centímetros de antebrazo que sobresalen por las mangas del pijama rosa del año pasado… los niños crecen.

A la prima de riesgo se le han afinado las redondeces y hasta el humor aunque sigue viendo series de dibujos animados tirada en el sofá donde ahora esconde el móvil que se ha empeñado en tener antes que su prima, la niña bonita. Probablemente, la niña bonita sea la única adolescente del mundo mundial que se niega a tener un móvil porque con la Tablet, prolongación de la palma de su mano, le basta y le sobra para leer, escuchar música, ver a sus gurús you tubers, buscar vídeos de gatos y memes y hasta jugar porque estos niños del futuro pasan de aparatos de música, de tele y hasta de play… lo pueden tener todo concentrado en esa palma plana que todo lo contiene. La misma que, el sobrino soberanista hace aún más pequeña porque lo suyo es el móvil y los cascos con los que se aísla del mundanal ruido. A él le da lo mismo que le hablen en castellano, en catalán o en chino. No escucha, lo suyo es ir a su bola, como les sucede a sus primas que no están en medio del estrépito soberanista, sino el de sus propias hormonas creciendo, estallándoles en la cara, en el comportamiento y en los estallidos ocasionales de deliciosa rebeldía… porque se niegan a ducharse, a estudiar un poquito más, a salir a tirar la basura, a poner la mesa, a dejar de quejarse de la profe de cultura clásica o la de francés… Mientras, el pollo pera estrena sus primeros deberes feliz de la vida por ir al cole, la pequeña de infantil se resigna a su triste destino fuera de la guardería y el más reciente, feliz de la vida, se dedica a arrastrar de un lado para otro sus pañales, su bibi y su tete dando gritos de júbilo porque está en la edad no solo de la inocencia, sino de la alegría.

Alegría que contrasta con la cara seria de los primos mayores, hacerse adolescente es una tarea que cansa, que encorva las espaldas, que arrastra los pies como si llevaran los tres una carga invisible. Los pequeños ríen y emborronan papeles y paredes… los mayores ven la vida como una plaga bíblica y hay que empujarles a que salgan afuera a ver el sol… El tiempo pasa y no lo digo por mi rostro ni porque aún me veo saliendo de las navidades, no, a mis niños de la infancia, como decía Manolito Gafotas, les ha dado por crecer a marchas forzadas… y me sorprende y enternece. Tiempo que se me escapa mientras persigo al más reciente para que no se me escape el placer de su olor a bebé.

 

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.