Qué hacer con nuestros Ejércitos

Primero, la moda fue silbar al Himno Nacional, que parecía ofender a muchos renegados cuando sonaba en cualquier acontecimiento. Por la misma razón, no pocos iletrados asocian la exhibición de la Bandera Nacional poco menos que a exaltación del fascismo. Lo que fuera de España es tenido como señal de patriotismo, aquí se ve poco menos que como ataque a la democracia. Para cualquier otra bandera siempre existirá el paraguas de la libertad de expresión, para la propia, no. A continuación, el Rey pasa a ser el blanco de las injurias para todos los que anhelan una República que ya ofreció todo un serial de injurias y derramamiento de sangre. Por culpa de su apellido, el siguiente objetivo fueron las corridas de toros, la llamada fiesta nacional. De nada sirve que democracias como la francesa y casi toda Hispanoamérica se estén convirtiendo en escaparate de ese espectáculo netamente español, aborrecido aquí por personas que desconocen la esencia del arte del toreo. Envueltos en una absoluta cerrazón para reconocer el equilibrio que debe existir en la naturaleza de cara a conjugar la supervivencia del hombre y la de las distintas especies de animales, ahora se pretende acabar con la caza ¿Por qué razón las asociaciones animalistas no reclaman, también, la prohibición de la pesca? ¿Hay que sentir más compasión por una perdiz que por una merluza? No quieren reconocer los graves problemas que acarrea la supresión de la caza, tanto por su fuerte incidencia en la seguridad vial como por las pérdidas ocasionadas en la cabaña nacional y en muchos cultivos esenciales para el consumo humano.

            Y hablando de caza, parece que se ha levantado la veda contra nuestras Fuerzas Armadas. Los partidarios de acabar con los ejércitos se concentran en dos grandes familias.

 De una parte, figuran los clasificados como nacionalistas con pedigrí, es decir, aquellos que abiertamente, o con la boca pequeña, sueñan con un status cada vez menos dependiente de España, y verían con buenos ojos un Estado sin fuerza armada de reacción. Obsérvese la paradoja de los secesionistas catalanes, que se declaran contrarios a la presencia de las Fuerzas Armadas – no sólo en el Salón de la Enseñanza de Barcelona- y que, sin embargo, solicitaron autorización para dotar a sus Mossos d´Esquadra de armas largas. Ya se olvidaron de la imagen agresiva que trasladarían a sus escolares… ¿o es que no pensaban emplearlas contra los delincuentes?

La otra nutrida familia partidaria de la supresión de los ejércitos la integran todos los partidos de la llamada izquierda radical. Declarados más pacifistas que Gandhi, resulta muy curiosa su particular forma de entender la paz. Admiradores confesos de regímenes forjados en una estructura fuertemente militarizada, que cuentan con unas fuerzas armadas muy  por encima de su demografía, y con unos dirigentes que, aún procediendo del ámbito civil, emplean el uniforme militar hasta para dormir, no quieren, sin embargo, que en una democracia como la de España se pretenda mantener unas Fuerzas Armadas necesarias y suficientes para cumplir el mandato de nuestra Constitución, y contribuir al mantenimiento de la paz en nuestro entorno. Ante aquellas naciones capaces de invertir en defensa más que en el resto de necesidades, si estamos hablando de regímenes marxistas, nuestra izquierda radical siempre lo verá con buenos ojos. Tan es así que Pablo Iglesias estaba tan ilusionado con esa visión militarista de la sociedad que, en 2012, desde su púlpito de La Tuerka, hablando de las repetidas masacres que  abundan en EE. UU. por la facilidad que tienen los norteamericanos para portar armas, no tuvo reparo en declarar que esos incidentes son sólo “síntomas de una sociedad enferma” y “nada tienen que ver con un derecho que es el de portar armas”, porque “un pueblo desarmado puede ser sometido a la esclavitud en cualquier momento”. La famosa ley del embudo. Supongo que no pensaría lo mismo cuando comprobó el uso de las armas que hizo Stalin, o el que se hace hoy en lugares como Venezuela, Cuba, Corea del Norte, Irán, etc.

Esa misma izquierda radical -tristemente, con la inaudita connivencia de un PSOE que, responsable de la cartera de Defensa, se ha opuesto a la entrada del buque Juan Carlos I en Guecho, o mira para otro lado cuando el PNV ve como una ofensa la visita del buque escuela Juan Sebastián de Elcano al puerto de Guetaria-está empeñada en una campaña para alejar a la sociedad del contacto con sus Fuerzas Armadas. Una visión utópica de la realidad los hace contemplar a estas Fuerzas Armadas como enemigas del pueblo. Eso sí, un punto de vista susceptible de cambiar cuando aparece cualquier calamidad. Lo estamos viendo a diario. No sólo la UME, todas las unidades militares próximas a cualquier catástrofe -muchas veces en Cataluña- siempre han estado dispuestas a intervenir en ayuda de la población civil. Y se ha hecho sin reparar en medios, a veces en vidas, y sin pedir nada a cambio. En contra de la opinión de más de un ignorante, el militar es, ante todo, hombre de paz. Nadie como él conoce los efectos de la guerra; por eso está dispuesto a dar su vida si con ello logra salvar la de los demás.

Con ocasión de la aparición de militares en las listas de algunos partidos políticos, la reacción de la izquierda ha sido fulminante. Distinta, eso sí, a la producida en otras ocasiones y con otros partidos. Aquello era sencillamente democracia y ahora es ruido de sables. Por razón de edad, tengo conocimiento de la categoría humana de esos compañeros de armas. Sin menoscabo de ningún político civil, ninguno de ellos está menos capacitado para dedicarse al servicio de los demás, porque esa fue siempre su profesión. Si ahora se interesan por la política, nunca será por el deseo de figurar, o por una mejora en su grado de bienestar. Tampoco aspiran al cargo para enriquecerse porque, desde nuestro ingreso, aprendimos a no quejarnos del sueldo ni de las incomodidades. De hecho, nadie se hizo millonario con la profesión.

Desengañémonos, la oposición no es ni a los militares ni a las armas; lo es a toda institución encargada de defender la ley, la unidad o la integridad de España. Cuando los ejércitos se emplearon para destruir esos valores, los políticos que antes maldecían la razón de ser de la Fuerzas Armadas no tuvieron inconveniente en ponerse al frente de la institución. Los que siempre han remado en contra del sistema, por mucho que se disfracen con el uniforme de la democracia, actúan frente a los ejércitos como lo hacen contra las Fuerzas del Orden y, últimamente, contra los jueces. No con una leal oposición, no, muchas veces con odio; y eso puede degenerar en situaciones más grave, porque, para sus aspiraciones, todos esos organismos sobran. Desde pequeños, alguien se encargó de adoctrinarlos. Por eso se ven tantas pintadas de “Fuera los ejércitos”, “Desmilitaricemos la sociedad”, “Menos policía”…. Acaso sueñan con los “paraísos” marxistas, o piensan que el resto del mundo está equivocado. Porque, por supuesto, nunca serán capaces de reconocer el rotundo fracaso de sus fórmulas, o de condenar los excesos que vengan de los suyos.