Miércoles, 26 de febrero de 2020

San José el protector

“No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que haya dejado de hacer” (Teresa de Jesús, Vida, cap. VI)

Acaba de llegar la primavera, pero este año la entrada se la ha dado la fiesta de San José. San José no es un hombre cualquiera. Es el hombre que, ajeno al embarazo de la mujer con la que estaba desposado, estuvo tentado a abandonarla. Y eso porque era bueno. Por eso Dios lo invitó a aceptar a su mujer con el fruto de su vientre, que ella recibió como fruto del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo.

Desde entonces reconoció y aceptó que él estaba destinado a ser el padre legal, heredero del Rey David, a quien Dios había prometido que su reino permanecería para siempre. Y la línea directa entre David y Jesús de Nazaret fue precisamente José.

José es así, precisamente por su silencio y aceptación del plan de Dios, el gran hombre, hombre justo, al que se consideró el padre (padre putativo, p.p., o pepe) del Mesías, el Hijo de Dios Salvador.

Y su papel fue probado constantemente, y constantemente se hizo acreedor al título de padre, obrero, carpintero, de Jesús de Nazaret. Tuvo que ir a empadronarse en Belén, huir luego a Egipto donde vivió exiliado, recibir el desplante de Jesús su hijo cuando se quedó en el templo de Jerusalén entre los doctores.

La Iglesia ha sabido reconocer la grandeza de este hombre justo y abierto siempre a la voluntad de Dios. Y así se le ha considerado en el seno de su familia, la Sagrada Familia, el responsable de alimentar a su esposa y a su hijo Jesús, al que además enseñó a orar y a trabajar, e incluso a hacerse solidario con los pobres.

Con razón se considera a José patrono y protector de los seminarios, y tarea tiene para dar vida a los edificios que acogen a estas instituciones, si queremos que acudan a ellos jóvenes que estén dispuestos a realizar el necesario servicio del sacerdocio.

Se ha considerado también a José patrono de la gran familia de la Iglesia. Y porque no ha quedado reflejado en ninguna parte el momento de su muerte, se considera que tuvo una muerte feliz, y se acude a él para que nos alcance una buena muerte.

Parece ser también que es un buen valedor para remediar todas nuestras necesidades. De ello dan buena prueba las Hermanitas de los Pobres, que le encomiendan sus problemas, especialmente de alimentación de los ancianos, cuando los cauces ordinarios quedan desbordados. Y aseguran que nunca les ha fallado.

Lo mismo afirma nuestra gran Santa y paisana Teresa de Jesús: “No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que haya dejado de hacer” (Vida, cap. VI).

Muestra de la devoción popular a este gran hombre es la cantidad de gente que lleva el nombre de José, sólo o en combinación con un segundo o tercer nombre. Incluso en su sencilla denominación de Pepe.

La Iglesia le da a este santo la categoría de solemnidad, la máxima de la liturgia católica para cualquier tipo de fiesta o celebración dominical o de cualquier tipo de misterio cristiano del mayor rango, como Navidad o Pascua. Y lo recuerda en voz alta en la oración central de la misa, junto a María, su esposa.

Sin embargo, este reconocimiento hemos sido incapaces de trasladarlo a la sociedad civil, ya que sólo se le agasaja con jornada festiva y de descanso en cinco comunidades de nuestro país: Valencia, Murcia, Galicia, Navarra y el País Vasco.

Continuamos haciendo actual las oraciones y recuerdos que señalaban, durante siete domingos anteriores a su fiesta, lo que llamábamos los dolores y gozos de San José. Que el santo patrono nos siga protegiendo.