Viernes, 4 de diciembre de 2020

La culpa es de Valladolid

Dicen que al morir nos nace a todos un sentimiento de culpa. No sé, no  me he visto en esas, pero quizás un día de estos os lo cuento porque como no doy más de mí y no sé hacer otra cosa, es seguro que no dejaré de escribir ni muerto.

Algunas mocitas -novicias o no- se preparaban para ese instante con ayunos, sacrificios, mayormente cilicios que se ponían en los muslos que a Federico le parecían la mitad llenos de lumbre, la mitad llenos de frío. Qué sabría él.

Mientras vivimos, perdura la costumbre de espantar las evidencias echándole la culpa a otro. María de la O le echaba la culpa al parné por haber dejado al gitano. Yo en esto de casorios no estoy muy puesto, lo único que sé es que los matrimonios reales son como el de María de la O, y a lo largo de siglos de historia solamente se casó por amor la siria Julia que amaba de verdad al emperador Septimio Severo. Ya ha llovido y nunca se ha repetido su historia.

No sé a cuál de los dos hermanos Cano se debe esta cuarteta que cantó con tanto éxito Ana Torroja, la voz de Mecano: Es por culpa de una hembra que me estoy volviendo loco. No puedo vivir sin ella, pero con ella tampoco. Fuera Nacho o fuera José María resultó experto en pentagramas y sobre todo en gestionar emociones.

Emociones, palabra perturbadora que sirve de escondite como costumbre para eludir responsabilidades, que es lo que exige la libertad de decidir. A eso se llama democracia.  La democracia no sólo te da, sino que te exige. Cuando Obama lanzó aquel “Yes we can” (Sí se puede) que le hizo ganar las elecciones a la presidencia de EEUU en 2008 no hizo otra cosa que recoger el comportamiento humano de Mandela, Gandhi, Martin Luther King y tantos otros que hicieron valer sus derechos.

A través del sedal que me sigue uniendo a Salamanca, percibo el declive de una ciudad que en vez de avanzar hacia un estadio cercano a la plenitud en la batería de servicios por la que tanto se luchó un día, se va deshilachando por el camino. Hubo un tiempo de silencio donde la mansedumbre podría admitirse como excusa: en una dictadura se pagaban muy duro las rebeliones, y había que vivir entre el miedo y la pasión. Toda España era una cárcel, escribieron en un libro Rodolfo Serrano y su hijo Daniel. Dicho aquí y ahora parece un ejercicio de tremendismo. Y no. Digamos también que Salamanca era acreedora de mucho más, no en vano Franco hizo del palacio episcopal su casa, y en la dehesa de San Fernando urdió el plan para salir ungido para los restos. Aún así, algunos de aquellos años vivieron el Yes we can como la única forma que entendían. Fuera del compromiso eran más duros aún los descampados. Esto es pasado y lo que importa son las decisiones ciudadanas que se pueden y se deben ejercer ya.

Porque resulta inadmisible oír que la culpa por  las carencias de Salamanca antes la tenía Franco y ahora la tiene Valladolid. El destino de Salamanca (¿por qué no es ya la capital cultural del interior?) está en las manos de los salmantinos. Y para no eludir esa responsabilidad no hay que ser tan sublime como Mandela, Gandhi o Martin Luther King. Ni siquiera  ejercer de un Obama eventual.

Valladolid tiene la culpa de Miguel Delibes, que sin salir de su ciudad movió hasta la convulsión a 500 millones de ciudadanos que hablan español. Y de Valladolid vino a Salamanca una chica que no es Conchita Velasco, sino que -ya ves los círculos eternos de la vida- se llama como la mujer de Delibes.

Marías Ángeles Pérez López vino de Valladolid a estudiar en Salamanca. Y se quedó. Hoy no sólo es un puntal filológico en nuestra universidad, que lleva el dominio del idioma más allá del mar desde su puesto de profesora titular de literatura hispanoamericana de la Universidad, sino una poeta que pasó las estrechas lindes de nuestra tierra.  Y fue inevitable que suspendiese todas las tentaciones de los vacíos y apareciese en muchos puntos del cosmos literario como un vocablo parecido a un río con un caudal servidor para el recuerdo. Esta extraordinaria poeta -tan admirada en la tribu de Madrid- sí es culpa de Valladolid que la dejó escapar.

Ahora ha vuelto a sorprender a todos con su libro de haikus “Diecisiete alfiles”. El libro acaba de ver la luz  en la editorial Abada y ya se ve más y mejor en los ojos lectores de la jauría poética. Así que ahí andamos, colonizados por oriente, por el pinchazo dulce de esas estrofas de tres versos, por una nueva manera de ver la poesía de siempre, por la avispa seductora de una chica de Valladolid, culpable de otra felicidad más, por una agresión fulminante a la rutina.

¿Culpa de Valladolid? Gracias a una chica de Valladolid por traducirnos la vida de siglos en este libro de versos cortos y memoria larga en Salamanca.

María Ángeles Pérez López dialoga en estos haikus consigo misma y con el lector como nadie había hecho jamás. Y nunca una poeta amaneció como ella. Esto no sería noticia tratándose María Ángeles y sus sacudidas con el embeleso. Pero es que culmina ahora saltando de tres en tres versos -como andando sobre una cuerda-  el aviso de un nuevo himno cuando apareció en la colonia de las pócimas, como si ya trajese  consigo las llaves de una leyenda. La traslación de la lírica popular lejana a una expresión  poética que se hinca a veces en las arterias puras del surrealismo es la mejor conquista de hoy. Mañana, vuelta a empezar, porque expandida en la perfección formal tan honda, María Ángeles no cesará, como el grillo de las veladas antiguas.

Es otoño en Valladolid desde que ella se fue y apareció entre nosotros como un marjal de espigas. Junto a la Plaza de Anaya hay encendida una nueva antorcha. Descienden los muros de Salamanca, qué gran noticia: umbral primero, donde el día es la noche y la noche, el cuerpo.

A la hora de hacer el amor, comenzar está al alcance de cualquiera. Lo difícil es saber acabar bien.  María Ángeles Pérez López finaliza “Diecisiete alfiles” desobedientes con  un epílogo tan sabio y fecundo como admirable. En él está el derecho a roce con varios autores, también su vocación de relámpago, la confesión de la necesidad del silencio, sus ganitas de cruzar el haiku con la soleá con el temor a perder la cabeza. Supo enseguida que ante los haikus hay que tomar precauciones porque en cuanto te descuidas te abrasan la boca. Y no se libró del todo, porque hubo un momento en que los haikus se alojaron en su cerebro como bombas de racimo y se le desató una tormenta. Como cuando la vida te recuerda que estás vivo y crees saber para qué. Así descansa ella, en sus propias palabras. O quizás no descansa en este epílogo, sino que se saborea.

Apostaría que gira el viento y es el mismo viento de 1964. A ver si es que me he pasado de beber en Edelweis entre el embrujo de doña Lola y su hija, mientras el hermano al fondo pinta los sueños.