Jueves, 21 de marzo de 2019

Dos vidas.

El sumiller, camisa blanca, pajarita, mandil listado en negro y verde oscuro, taza de plata colgada de una cadena a su cuello. “Sugiero a los señores un reserva de la casa”. Consumado relaciones públicas añade: “un reserva que sólo recomiendo a nuestros mejores clientes…” E inclina ligeramente la cabeza en señal de deferencia, de sumisión elegante. Mi amigo, siempre querido y, sin embargo, siempre tan distinto, mi amigo, pues, sonríe al sumiller, asiente, agradece ese reconocimiento social.

Voces apagadas, guantes de blanco algodón, sonrisas discretas de las camareras al retirar los platos. A través de los amplios ventanales se ve caminar a los viandantes ensimismados, a unos metros de la blanca Embajada Italiana. Mi amigo mira sin ver la calle, sin ver a los peatones ecuatorianos conduciendo en una silla de ruedas a algún atildado anciano o a diversos operarios de algún mantenimiento o a muchos cabizbajos sin mayores atributos y me dice: “Lo de la crisis fue una solemne tontería”. Al observar la perplejidad en mi cara, apostilla: “El avispado se hizo de oro”.

Ceja enhiesta, voz altanera. Más que altanera, diría rotunda, definitiva, inapelable. Lo digo por la entonación y no por los triviales conceptos que salen de su boca. Siempre me ha asustado el tono que acompaña a sus dichos. Una mezcla de agresividad contenida y prepotencia. Una mezcla discursiva que recuerda a los caciques de antaño. En fin, un tono que evoca la contundencia que proporciona el privilegio hecho carne.

En ocasiones, mi amigo confraterniza con el pueblo llano. Suele ocurrir en algún bar de copas. Al camarero le guiña el ojo, le palmea la espalda. “Oye maraquita ponme un JB, pero bien lleno. Qué te conozco, que siempre lo dejas a medias” Y el camarero sonríe agradecido por tanta deferencia y se dice: “¡Este es un señó de verdá!”

Hace tiempo que no he vuelto a verle. Alguien me ha contado que la vida dejó de sonreírle y le ha tocado ascender por la áspera senda. Nada de extraño por esperado. Una secuencia ya descrita en el libreto dedicado a los “hijos de papá”. Si bien, ejemplar por su pureza y extremosidad: chanchullos aireados, socios estafados, teléfonos afónicos, ruinosa ruina, “aquí tienes tus maletas”, “lárgate”, etcétera. Odisea tan arquetípica que resulta expresionista.

Me imagino, que algún habitual de los bares que frecuentaba, sabedor de sus hazañas, exclamaría: “¡Coño, este tío es un cachondo ¡” Y él, supongo, le habría respondido, puro en boca, guiñando un ojo a los abonados de barrera: “Pues sí, que me quiten lo bailao”. Admirable punto y pelota. Dicho admirable en el que los de siempre de allí arriba se reconocen en los de siempre del todo abajo. Matrimonio indivisible, mismos genes, mismos memes, ambos al margen de las buenas hechuras. Admirable por ya sabido y una vez más escenificado: “Oye tío que trabajen los pringaos”.

Hace unos días almorcé con un joven doctor en matemáticas. Una mente brillante y arduo trabajo detrás. Me regaló un ejemplar de su tesis. Procede de una familia humilde, muy humilde. Tiene dos hermanos. Uno ha obtenido la licenciatura en filosofía, ella estudia la carrera de medicina. Su padre, propietario de un pequeño taller pueblerino, murió hace tiempo, su madre ocasionalmente se desempeña como asistenta.

Por mi primer amigo siento compasión, por el segundo una sincera admiración.

Pareciera que la posición social, la cuna, la abundancia, discrimina y marca futuros personales. No siempre es así. En muchas ocasiones, la perdición aparece envuelta con exquisito primor y en otras, el éxito envuelto en sacrificios y privaciones sin cuento. Mi segundo amigo en los tiempos de Franco habría emigrado a Suiza o Alemania. Quizás convertido en un oficial de primera trabajando en la SEAT. En todo caso se hubiera perdido un eximio talento.

Por suerte para él, para sus hermanos, la democracia les abrió las puertas de la universidad. Ellos aprovecharon tal oportunidad. En cambio, mi privilegiado amigo terminó cantando “la bien pagá” en algún garito.

En semanas se votarán muchas cosas. No nos dejemos envolver en banderas y retóricas vacías de contenido. Apostemos por el Estado social, democrático y de derecho. La única patria que merece la pena es aquella que procura educación y bienestar a sus ciudadanos.