Martes, 21 de mayo de 2019

Asunción Escribano analiza el poemario con el que Basilio Sánchez ganó el Premio Loewe

‘He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes’, es el título de esta obra del escritor extremeño

El escritor extremeño, Basilio Sánchez, en el centro, tras recibir el Premio Loewe

En un poema con el que se presenta líricamente en su espacio web, Basilio Sánchez escribe que es el hombre quien “para guarecerse/ necesita los nombres de todos los que ha sido, /recordar las palabras con las que cada día/ ha vivido o ha muerto.” Y eso es exactamente lo que hace en su último poemario, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes’, ganador del último Premio Loewe, recordar y reescribir los nombres y las palabras que le constituyen y le han hecho ser. En este sentido es significativo y simbólico el último verso de la obra: “Las palabras son mi forma de ser”.

El libro se estructura en tres partes y una coda final, encabezada cada una con un título largo y sorprendente, tomado del verso final del último poema de la parte anterior (excepto la primera, que lo toma de un poema contenido en ella), que se van engarzando a modo de argollas de una cadena, conformando, de este modo, un libro perfectamente unitario en forma y en fondo.

Se abordan en él temas esenciales con una voz muy pura, con un equilibrio muy logrado entre la contención expresiva y la dicción profundamente emocional. El primer poema ya establece la manera de mirar y de decir. En él, un árbol lanza al mundo su fragancia, antes incluso de percibirse el fulgor de sus hojas, se hace aroma: “un aroma incesante/ subiendo por las médulas/ hasta las nervaduras de las hojas”, y el lector se pregunta, entonces, si ese aroma está fuera o dentro de los ojos del sujeto lírico, porque en su avance, el texto exclama reconociendo agradecido: “Sobre la intimidad de lo que existe,/ sobre el mundo/ que ahora empiezo de pronto a percibir,/ va pasando en silencio,/ iluminando el suelo en penumbra de las cosas,/ el pensamiento de la luz.” El pensamiento de la luz, sintagma con el que finaliza este primer poema sitúa a los lectores ante la actitud de la escritura y de la vida: la mente captando y transformando las cosas desde dentro. intimidad de fragancia, de iluminación que viaja de fuera adentro y también en el sentido contrario. La luz como horizonte implorado: “yo mendigo la luz”, escribe al finalizar el libro. Del pensamiento al espíritu, en un profundo viaje de 81 páginas. Una maravilla de libro.

Paisaje interior, por tanto, como primer desgarro. Mirada que sabe contemplar y extraer de la rutina los destellos en la malla de lo cotidiano y, también, rescatar en él todos sus milagros: “En un vuelo rasante/ un pájaro acaricia con su vientre/ el penacho amarillo de una espiga”. Un suceso aparentemente intrascendente, repetido cada día, el vuelo de un pájaro o una hoja que brilla con la lluvia, se vuelven resplandores que iluminan lo real y, por ello, merecen ser nombrados, rescatados de su sombra y guardados en el cesto de las palabras, para poder decir a partir de ellos que “la realidad es un relámpago que persiste”.

La palabra y la reflexión sobre la escritura ocupan un lugar relevante en el poemario, y lo sujetan, como si fueran hilos transparentes, flotando -casi- sobre el aire. Reflejan el estado de espera anterior al decir, anterior incluso al contemplar. Se sitúan fuera del tiempo, en el palpitar íntimo que sale al encuentro de lo que ha de venir: “El corazón no sabe/ que algo dentro de él, calladamente,/ se prepara en secreto.” El poeta se detiene, y comparte en su demora la cualidad de lo que es realidad y también de su admiración. Hay mucho de sacral en la escritura de Basilio Sánchez, que se manifiesta siempre humilde, como puede verse en el poema en el que el dibujo de un hombre arrodillado en un muro de un retablo derruido, con una preciosa simetría textual, hace concluir al escritor: “El poeta es el hombre arrodillado./ El poeta es el hombre que lo pinta.”

El sujeto lírico tiene conciencia de que para poder decir acertadamente es necesario estar aislado, y ese aislamiento también puede ser una desgarradura, un estar como “una isla en medio del océano”, o como “una flor plantada en la llanura del mundo”. Así se encuentra el hombre y así, también, el escritor: “no hay ningún escritor/ que no se sienta abandonado por las estrellas”. Qué hermosura de versos. Conciencia y unidad. El oficio de poeta tiene mucho de abandono: “Cuando escribo/ paseo con un ángel/ arrojado innecesariamente del paraíso”. Todo lo donado le parece grande a quien se siente pequeño y desconcertado ante las gracias que le regala el mundo. Con un balbuceo anafórico, igual que el de nuestros místicos, confiesa el poeta: no sé qué hacer con el silencio”, “no sé qué hacer con la ternura que me inspiran los pájaros”.

Hay una metáfora estructural que subyace a la concepción de la propia escritura, y que se manifiesta en la elección de las formas verbales, y también en la contradicción semántica que se establece entre ellas. Flotar frente a extraer. Dos actitudes líricas posibles: “Las palabras/ que escribo en un poema/ no flotan en el agua,/ las extraigo del fondo”. El fondo, el agua, el útero, la vuelta a los orígenes del individuo, y asimismo de la especie: “Escribir un poema es sumergirse/ en las profundidades de otra noche,/ vincularse al misterio”. Se escoge en cada momento entre lo que asciende desde abajo o lo que baja desde arriba: “El buscador de esponjas no conoce la nieve”. Todo lo exterior penetra la escritura y lo hace hasta de manera física: “El viento del oeste/ deja sobre las hojas del cuaderno/ semillas de cilantro y filamentos de hinojo”. La palabra, el poema, la escritura se convierten así en un lugar de plenitud: “no nos quedan lugares en los que sea posible lo absoluto” señala, e imbuido por esa conciencia convierte sus palabras en cauce profundo de esta idea, ellas son su medio de conocimiento: “Presiento con palabras/ un mundo elemental, un universo/ que, abismado en sí mismo, sigue intacto”. Por eso él busca rozar, acariciar ese mundo invocado en sus versos, y así lo consigue. El poeta se vuelve testigo de tal privilegio en estado de silencio, de noche, de encuentro, porque “la poesía es el oficio del espíritu”, y la concurrencia con ese viento puede llegar sin que se sepa cuándo y cómo y, sobre todo, por qué: “Hay que estar muy adentro/ en la circunferencia de la noche/ para encontrar las cosas que nos salvan la vida./ Ninguno de nosotros/ está aún preparado para lo incomprensible”, afirma con una intensidad -y una belleza- que duele.

Ser poeta para Basilio Sánchez es una seña de identidad que viene precedida por el amor, por la lentitud, por el detalle, por el tiempo detenido, por la verdad o la conciencia del instante en plenitud: “Amo lo que se hace lentamente,/ lo que exige atención,/ lo que demanda esfuerzo”. Y ante ese remanso se detiene el mundo. El poeta, con su manera de ser deja su señal, y así la nombra, con una alegoría profundamente bella y expresiva, Basilio Sánchez: “El poeta ha elegido descalzarse en el umbral del desierto”. Como un nuevo padre del desierto, eremita de lo hermoso. Entrega su huella al futuro, pero también la anuda a las palabras de la tribu, de las que es custodio, cuando escucha “en silencio el murmullo de la especie”.

El poemario está cargado de nudos temáticos intensos, imbricados entre ellos, como sólo ocurre cuando los versos son de verdad y a ella apuntan con toda la fuerza que contienen. Lo pobre y lo pequeño también halla en él su hueco. Los pastores de cabras del desierto que se vuelven modelos de la vida en sencillez y plenitud, porque “contemplan un crepúsculo/ que se basta a sí mismo”. Los seres sencillos y simples que se muestran como índices de autenticidad, y como ejemplo de la estética que ha de alcanzarse con la escritura, y su desapego de glorias vanas: “Me conmueve la humildad de los pájaros/ que trabajan día y noche para trenzar un nido/ en un árbol sin nombre.” A veces, frente a la vida sin sentido, frente a su dolor, es suficiente un pequeño gesto salvador, una mínima resistencia, desapercibida para el mundo, que, en Basilio Sánchez es mucho más que un puro símbolo, sino que le dice en su ser profundo: “Pero cuido un jardín y he iluminado/ con dos cerezas rojas una parte del mundo”. Un pequeño signo para que la realidad se recomponga y todo pueda volver a ser uno y, así, redimido cobre sentido.

Todo el poemario muestra, de igual modo, en su desplegarse un uso prodigioso de figuras retóricas de todo tipo, apretadas, unas dentro de otras, que agradece un lector acostumbrado -cada vez en mayor medida- a una literatura ramplona expresivamente. Estas no son meros detalles ornamentales, ni ejercicios de estilo, sino que crean un estado emocional compartido que penetra el poema y su lectura. Sorprende ver multitud de acertadísimas imágenes como cuando, entre otras, el poeta nombra la ciudad que “se levanta/ sobre el velo de ayuno de sus muertos”, o cuando escribe que “un libro de poemas/ es un campo arrasado por un viento/ repleto de semillas”, o al nombrar al poeta de quien afirma que “procede/ de un grano de mostaza/ olvidado en uno de los bolsillos de la creación.” Ese poeta en el grano de mostaza, nombrado antaño por Mateo, que tan bien representa Basilio Sánchez, contiene en su palabra toda la pujanza de la fe en el futuro. Y al lector se le antoja que también en el de la poesía.

Es Basilio Sánchez, en todos sus poemarios, pero en este de especial manera, un escritor que dibuja pensamientos, palabras y emociones íntimos y fulgurantes en estado de quietud. Un poeta grande que nombra el universo en estado de pasmo y de gracia. Hermoso libro este, escrito desde el lugar más profundo del hombre, el de la emoción. Todo lo que sucede alrededor de la vida refulge ante los ojos del poeta, que escribe entre estremecimientos, nombra y celebra, guardándolo todo en silencio en el corazón: “Ocupado en secreto en este oficio de acarrear imágenes/ para un templo sin culto.” Los fieles lectores se lo agradecemos.

Asunción Escribano