Domingo, 25 de agosto de 2019

Maldita la gracia

Para Miguel Gila, en el cielo de la risa.

Una de las grandes carencias de la cultura en España, que ha ido asentándose como hábito y costumbre en su escasez, en un panorama artístico más bien pobretón y de un provincianismo creciente, tiene que ver con la existencia paupérrima de una crítica artística que merezca tal nombre, y que ha intentado (en vano) ser sustituida por el comentario mediatizado, la solapa manipulada, el cartelón, el dossier couché, el peloteo manoseado o la mera propaganda mercantil con disfraz de opinión; es decir una “crítica” que, salvo las contadas excepciones folclóricas de ciertos anacoretas deudores de sus propios anacronismos, ha asentado una suerte de “todo vale” en un panorama cultural abocado en la medianía que, aunque viniese de la indigencia franquista, aquel presuntuoso baúl de sastre que en los años ochenta del pasado siglo regaló marchamo cultural y espacios de difusión a todo dislate y estupidez, ha venido amontonando vacío y pura figuración, deseducando gustos, desorientando gente, empobreciendo los lenguajes y despojando a la demanda cultural de la mínima exigencia cualitativa y, a la postre, sembrando el panorama artístico español no solo de inutilidades en forma de ciertos museos de insufrible snobismo, un cine en el que la calidad es la excepción, la mercantilización de la literatura (un decir) de la simpleza y la pura soberbia de la ignorancia, sino específicamente en los escenarios y los platós de radio y televisión, de un porcentaje tal de vulgaridad, adocenamiento y medianía en que se hace cada vez más difícil atisbar (y distinguir) los innegables asomos de talento que, uno quiere creer, entre tanta roñería artística sin duda tendrían que existir.

Existe un campo artístico, o al menos que se mueve en los ámbitos y los territorios de lo artístico ocupando espacios, tiempos y audiencias, cual es el Humor (lo humorístico, la humorada) en cualquiera de sus dimensiones (escénica, editorial, mediática y hasta publicitaria), que no solo parece ser una excepción a salvo incluso de esa “crítica” mediatizada y servil generalizada en el panorama cultural español, sino que es programado, incluido, subvencionado, soportado y sobrellevado cual ruido de fondo y componente inevitable en ese páramo de medianía salpicado de excepciones que es el actual panorama cultural español en el que un imparable descenso ha entronizado la mediocridad como marca de normalidad.

La definición de lo que es humorístico, lo que “tiene gracia” o la categoría más amplia de “lo cómico”, es tarea difícilmente realizable, pero que requiere siempre arduo trabajo y no poco talento artístico, sobre todo cuando quiere “venderse” lo humorístico como producto de masas (más con marchamo artístico) o mercadería destinada a competir en el terreno cultural o, al menos, a ser negocio. Los esfuerzos que verdaderos artistas de toda época han realizado para concebir, crear y poner en pie realizaciones humorísticas que vayan más allá del chiste y constituyan instancias, en cualquier medida, del Arte, mucho más difíciles de conseguir que cualquier otro género, no se corresponde en la actualidad con el infecundo panorama que en este aspecto ocupa la inmensa mayoría de los espacios de difusión artística, que si llenan auditorios al tiempo empobrecen, adocenan y abaratan su propia disciplina. Que estén “triunfando” (en taquilla, en audiencia o en cifras de venta) ciertos productos “humorísticos”, no otorga, evidentemente, valor cultural, y nunca artístico, a productos equiparables, en su aspecto mercantil, con indigeribles realizaciones televisivas, escénicas, editoriales u operaciones intoxicadoras del gusto y la demanda, de gran eco popular.

Me referiré a algo concreto, y esta es opinión tan subjetiva y personal como la firma que estampo en lo que escribo; es ese tipo de humor de escenario, plató radiofónico o televisivo, de maldita la gracia y mucha vergüenza ajena, soso, anodino, simple e insustancial, que parece que se inició en España con las actuaciones de un dúo llamado Faemino y Cansado, que depositaban en bochornosos textos de pretendido doble sentido o referencias seudocultas la naturaleza de su presunto humorismo (?) y que extendieron esa tonta risa basada en la imitación y el colegueo, ese “jajá” de listillo que quiere parecerlo como si comprendiese la chorrada mayor o la boutade más ridícula (o atendiendo a esa voz que, como dicen los artistas de Big Van -estos sí, geniales- “es la voz de Obi-Wan Kenobi que te dice que eso es humor inteligente, así que ríete como todos, que si no te ríes parece que no lo has pillado y que eres tonto”).

Se ha ido extendiendo un tipo de humor que quiero llamar “de compadreo”, alimentado por lugares comunes de la inanidad acostumbrada, al parecer dirigido a un público juzgado como imbécil o con la boca abierta de los tragatodo, que ha infectado sobre todo programas de radio y, especialmente de televisión, con un lenguaje desesperantemente vacío, tonto, vulgar y de ninguna gracia, un incomprensible y continuo “jijí”, una bobalicona sonrisita suficiente que no ceja y que, por ejemplo, actualmente se expresa en un programa de televisión donde tres o cuatro personajes que a sí mismos se llaman ignorantes (pero también ilustres), sueltan sus ocurrencias pretendidamente “graciosas” y hasta, ay, supuestamente “progresistas” sobre cualquier tema, riéndose mutuamente los chistes y contando con un público en su mayoría atentos a la voz de Obi-Wan, que cual risas enlatadas responden una a una a cada majadería. Otro programa de radio donde dicen que nadie sabe nada y demuestran cada sábado que ellos tampoco hacer reir, va añadiendo supuestos oyentes “en la pomada” de una forma de humorismo detestable, pijo e incompetente. Un ramillete de programas de entrevistas, monólogos, clubes de comediantes y otras formas del narcisismo mediático con variadas formas de la “clac”, anunciados como humorísticos (o, peor: modernos, intelectuales, rompedores, resistentes o, mucho peor,  “diferentes”), matutinos vespertinos o “lates”, utilizan esa forma de supuesta exhibición de la propia inteligencia humorística (?), y que a partir de la burda imitación de programas anglosajones, van salpicando de una forma que podríamos llamar de “ocurrentismo” cualquier conversación, tema, entrevista, información, referencia o propuesta, convirtiendo la contemplación o audición de esos espacios en puros ejercicios para el tedio o inmersiones en el más auténtico aburrimiento.

Si es cierto que uno puede reírse de lo que le parezca, no lo es menos que uno puede también opinar de lo mismo. Eso hago. Y sé que puedo apagar el televisor y la radio. Y no leer estupideces. Del mismo modo intento no atender a la insensatez, la demagogia, la vanidad o el fanatismo. Ni a la presunción. Pero es difícil evitar este infantilismo “humorístico” de tan baja estofa que a veces agobia, porque lo infecta todo. Un “buen rollo” más falso que una moneda de siete. Uno corre, sí, el riesgo de quedarse más solo, aunque siempre uno sepa que en algún lugar habrá más personas, muchas más, que tampoco soporten la banalidad ni la necedad argumentativa. Y que un día alguien nos haga reir. Con ganas. Porque ahora... maldita la gracia.