Martes, 21 de mayo de 2019

Ferris, Tania, Pepa, Moncho y Rafa  

Después de acumular experiencias he llegado a la conclusión de que la existencia de los medios de comunicación públicos es muy difícil de justificar. Ya escucho la banda sonora de que si no existiesen, toda la información estaría en manos del poder del dinero, y que los medios de comunicación pública pertenecen a los ciudadanos. La vida es muy hermosa cuando nos la inventamos. Yo he pasado muchos años dentro, he dirigido uno de esos periódicos, y puedo contar que la maraña burocrática -al margen de las ideologías- es un muro a la hora de ejercer una profesión que  exige la agilidad innecesaria en  una fábrica de tornillos. El periodismo nunca espera. Concretamente: cada gasto superior a 7.000 pesetas necesitaba la firma del interventor del Estado. ¿Y qué pasa cuando a las 10 de la noche surge la noticia y un redactor ha de volar a Buenos Aires? ¿Sacamos al buen señor de la cama para la firma? Durante el tiempo en que yo dejé de ser feliz chocando contra el muro, resolvía esta intendencia guardando dinero propio en el cajón de mi mesa del despacho. Hasta que se enteró el ladrón.

Ni te cuento lo que sentí  cuando el joven político que  creíamos iba a convertir la indignación en esperanza salió con el discurso de que había que controlar los medios de comunicación. Y el muchacho no especificó si eran públicos o privados. O sea, Arias Salgado, Juan Aparicio, el abuelo Aznar, y el mismito Fraga arrebujaditos todos en ese piquito de oro que a mí me devolvió al sarpullido de los viejos tiempos.

Pero hay un canal público -La 2- a la que le hacen poco caso, como otro que no tiene dinero y se dedica a poner cine clásico. Son dos refugios. En La 2 pusieron hace días “Las Sin Sombrero” donde Tania Balló recupera la memoria de varia mujeres que parecían inexistentes o difusas tras el fulgor de los hombres de la Generación de 27.

Ahí estuvieron Maruja MalloRosario de Velasco , Marga Gil RoëssetMaría ZambranoMaría Teresa León, Josefina de la Torre, Rosa Chacel, Ernestina de Champourcín, Concha MéndezMargarita Manso,  o Ángeles Santos.

La literatura es la memoria de la historia, lo digo una vez más. Y para conocer nuestra historia hay que ir también a la escritora Pepa Merlo (que ha tenido la deferencia de colaborar en mi próximo libro “Cuando canta la poesía”) y su puñado de mujeres habitando “Peces en la tierra”, inevitable pieza literaria para beber el agüita tan buena que nos robaron. Pepa Merlo nos devuelve a Gloria de la Prada, Margarita Nelken, Lucía Sánchez Saornil, Clementina Arderiu, Dolores Catarineu, Casilda de Antón del Olmet, María Luisa Muñoz de Buendía, Cristina Arteaga, Pilar de Valderrama, Concha Espina, Susana March, Elisabeth Mulder, María Teresa Roca de Togores, Rosa Chacel, María Cegarra, Josefina Romo Aguerri, Josefina Bolinaga, Esther López Valencia, Marina Romero y Margarita Ferreras.

No están solas Tania y Pepa. Hay un escritor al que un día la historia de la literatura medirá justamente: José Luis Ferris.

 Lo primero que voy a decir es que José Luis Ferris llegó a tiempo. Por eso es ahora mismo el intérprete de nuestra literatura más importante, porque sin dejar de ser un escritor con su narrativa y su poesía en primera línea, ya ha dado pasos hacia atrás para volver con la memoria suficiente y llenar los vacíos.

Quizás se necesita perspectiva para medir la trascendencia literaria de José Luis Ferris. Antes dije que llegó a tiempo de llenar vacíos y sembrar precisiones. Porque siendo un excelente escritor, dedica buena parte de su vida a la memoria maltratada de otros escritores.

Y hay algo que convierte a José Luis Ferris en el protagonista literario de lo que llevamos de siglo: los enigmas que va despejando y los que siembra, queriendo o sin querer, en el aire.

Resulta apasionante cómo procura certezas e incita a las preguntas que inevitablemente se hace uno al compás de sus revelaciones perfectamente documentadas. Porque vas leyendo y oyendo a José Luis Ferris y te crecen las ramas que van mucho más allá de las curiosidades.

Tengo el privilegio de haber escrito mi último libro con Moncho Otero y Rafa Mora como protagonistas. Y tengo miedo de no haber estado a su altura.  El libro no es sólo una biografía, sino un ejercicio de aproximación al proceso interior que llevó a ellos dos a una tarea: no esperar a que la historia de los poetas y las poetas llegue a los libros, sino poner sus versos sobre el pentagrama y acercarla a la gente, como hacían aquellos creadores, fundamentalmente republicanos, de los años 30.

Rafa Mora y Moncho Otero llevan 20 años poniendo juntos música a la poesía. Lo hacen desde la alegría, creando una atmósfera festiva para que nadie se sienta  extraño y todos puedan entenderlos. Pero lo hacen desde el talento al que suman el corazón.

En realidad, la fórmula es muy fácil. Ellos son poetas y músicos desde que  nacieron y ahí están sus libros y sus discos  publicados. Pero en vez de ensimismarse en sí mismos salen de casa, ven que existieron y existen  otros poetas, crean una galaxia paralela y musical y los ponen al alcance de pobres y ricos, plebeyos y duquesas, niños y niñas. Qué gran laboreo.

Escuchar a Rafa Mora y Moncho Otero da  mucho gusto porque hay en ellos una capacidad creadora a partir de otras poetas, que nos obliga dulcemente a pensar que todo en la vida tiene sentido. Y que siempre se puede hacer más grande la felicidad que creíamos ya terminada.

Nunca la poesía y la música crecieron más en una multiplicación que en Rafa Mora y Moncho Otero. Parece que hay locura en su mirada sobre la literatura cuando la exponen al sol, pero lo que hay es una alocución al oído que despierta erecciones sentimentales. Y desde ahí a sentirte más humano, más hermano, más tribuno, mejor, no hay ninguna vereíta, madre,  que críe yerba entre nosotros y ellos.

Estamos ante dos que lo curan todo con una guitarra y la boca lenguaraz para el remedio de los males. Tal vez la poesía la ponen otros, es seguro que al pasar por sus manos labradoras la mejoría se nota más, y que la música -que además de un certero casamiento con los poemas nos enciende la luz de los enamoramientos- hay que ponerla a su nombre.

Y dejarnos llevar de su mano que nos conduce inevitablemente también a las olvidadas mujeres del 27, junto a Tania, Pepa y Ferris.

Esta vez la devoción tiene cinco nombres propios que nos salvan a todos -y a mí el primero- de esa perversa visión anayista de la historia de la literatura. Nunca es tarde.