Viernes, 4 de diciembre de 2020

Antisistema

Cantorsuelo, celularucho, chafirete, alfeñique,  arrastracueros, belloto,   cagalindes,  cagarruta,  desgarracalzas, esbaratabailes, escornacabras, matacandiles, meapilas, muerdesartenes, pecholata, pitofloro, zuercefrenillos, pijoaparte,  y poeta.

Esta es una pequeña muestra de palabras para insultar o despreciar a alguien que nos ofrece nuestro riquísimo idioma, el mismo de la noche del aguacero dime dónde te metiste que no te mojaste el pelo.

Mamandurrias, que diría Esperanza Aguirre: ninguna para triturar la conducta de un vecino como llamarle antisistema. Lo de radical ya cuela menos, porque etimológicamente viene del latín radix, es decir ir a la raíz de las cosas, y políticamente radicales son las corrientes de pensamiento  que buscan realizar reformas profundas en lo político, económico y social para impulsar una nueva fórmula que logre el progreso de toda la sociedad. Y como eso afecta tanto a las derechas como a las izquierdas, pues mejor ignorarlo, que no interesa.

Convengamos en que todos los sistemas políticos empleados hasta ahora en el mundo han fracasado. No hace falta ser licenciado por la Universidad de Salamanca para, en términos absolutos, concluir que si sobra comida y la gente se muere de hambre, algo falla. El fracaso se demuestra más con la evidencia de una crueldad que no cesa: cada año nacen tres guerras pero muere más niños que soldados.

Y si practicamos un aldeanismo y no salimos de la crisálida de las democracias parlamentarias occidentales donde estamos ahora, no hace falta ser muy exigente para saber que no bastan. (De las llamadas democracias populares, ni hablamos).

Dejando aparte que esas democracias parlamentarias occidentales tuvieron en sus manos evitar nuestra dolorosa guerra civil (una guerra civil no se acaba nunca) y no hicieron caso a Salvador de Madariaga que casi convence a Inglaterra. Olvidando incluso que pudieron descabellar la dictadura que luego sufrimos (otra vez Inglaterra y el famoso telegrama de Churchill impidiéndolo por miedo antes y después al comunismo, sin darse cuenta de que el enemigo era otro), la impotencia de esas democracias para resolver los problemas de los ciudadanos es clara.

Hablo mucho de Inglaterra: al menos allí los parlamentarios trabajan cinco días a la semana, y hay una ley no escrita -pero cuyo incumplimiento convierte a un diputado en un cadáver político- por la que ese mismo diputado al acabar su jornada de trabajo ha de dedicar una hora a recibir en su despacho  a sus votantes para escuchar sus problemas. Y si no tiene tiempo, los recibe en su casa.

La interpretación de la democracia en España es tan perversa que se limita a confundir la política con la aritmética. Aquí el ciudadano ejerce su derecho votar cada cuatro años y luego se convierte en un sujeto pasivo. Ni siquiera tiene acceso al diputado que vota, entre otras cosas porque una buena parte de ellos ni siquiera son de la tierra. Y vota caras y no programas, pero esa es otra cuestión.

Hay un abuso de la inocencia española por parte de los políticos, que abruma. De hecho, si nos referimos a los diputados (mejor dejamos dormir su sueño a los senadores) trabajan tres días a la semana, y sólo los que tienen comisiones. Se entiende muy bien que cuando hay pleno y tienen que votar porque lo exigen las matemáticas y está la tele, se equivoquen tantas veces de botón o se pierdan por los pasillos. Falta de costumbre.

Y hay una cosa que los une, sea cual sea su color: mantener sus privilegios económicos, algunos una burla para todos los españoles que los pagamos. ¿Por qué los 1.800 euros mensuales destinados al alquiler para los que viven fuera los cobran diputados que tienen una casa y hasta dos o tres en Madrid Villa y Corte?

Si a uno, con la vejez, no se le ha esfumado el espíritu crítico ¿cómo no pensar en que algún día, en alguna parte, alguien descubrirá el sistema que convierta a la comunidad en un mundo de armonía e igualdad?

Si esto es ser antisistema, tengo que decir que ya pueden empezar los misiles su labor. Porque yo entiendo a Trueba. Y entiendo que Carmen Martín Gaite saliese huyendo de  la mansedumbre que traga a un individuo insultar a los ciudadanos y que luego siga en el puesto hasta que se aburra y se va. Raúl del Pozo dice que a veces lo peor de una democracia somos los votantes ¿Nos lo creemos?

Vivimos momentos en que, después de la euforia de la Transición, el Estado de Derecho se tambalea, cuando las lindes de los poderes se confunden hasta invadirse, y se cambalachea en el judicial acordando condenas entre fiscales y delincuentes. Veinte millones de multa, dos años de cárcel que no pisará el defraudador, y a jugar que diría Joaquín Prat.

Y entiendo que un sentimiento de indignación generalizada tomase la Puerta del Sol de Madrid en aquel 15-M del que Basilio Martín Patino, cargado de años y de la misma indignación, rodó 25 horas. Sí, el viejo Basilio bajó de su casa y rodó 25 horas del último movimiento contra el poder.

¿Dónde están esas 25 horas de Basilio? ¿Y dónde está la indignación?

A los ancianos crepusculares que no acostumbramos a rendirnos ni muertos nos queda una última bala en forma de esperanza: la ira de las mujeres. Ojo, que ya ha empezado. A ver si me da tiempo a verla terminar y alcanzamos juntos el cuerpo cósmico y perfecto. Y a tomar viento los feudales.