El 8-M

Allá por la década de los sesenta la hija de un amigo de mis padres se había sacado el carné de conducir. En ciertas ocasiones le dejaban conducir el coche por la ciudad. Entonces, su padre asomando la cabeza por la ventanilla, advertía a los viandantes muerto de risa: “Cuidado una mujer al volante”.  Por esas fechas, en primero de derecho estudiábamos unos ciento veinte alumnos y…. tres alumnas. El catedrático de Derecho Canónico cuando tocaba explicar los impedimentos dirimentes para contraer matrimonio decía el día anterior: “Queda excusada la asistencia de nuestra representación femenina” Noticia esperada y recibida con extremo alborozo por la mayoría masculina. En efecto, temas tan escabrosos como la impotencia viril no debían ser escuchados por los castos e ingenuos oídos de nuestras tres mujeres.

A las mujeres, en aquél entonces, se las consideraba menores de edad hasta que contraían sagrado matrimonio. Una vez contraído debían satisfacer la rijosidad del marido, no demostrar que también ellas disfrutaban con el sexo (poco y mal), parir hijos, encargarse de su educación, tener la casa como una patena, pertenecer a la Acción Católica y llevar la administración del hogar ¡ Hete aquí a la perfecta casada ¡

En aquél entonces, si el marido sorprendía a la mujer en ayuntamiento con el vecino del cuarto y les daba muerte se beneficiaba de una atenuante. El código penal valoraba que el honor del hombre había sido gravemente mancillado; de suerte que le había sumido en un trastorno mental transitorio. La mujer casada carecía de honor que defender. Sí el hombre casado tenía una amante era felicitado por sus iguales. La mujer, en cambio, se convertía en una despreciable adultera.

Los jóvenes de aquél entonces clasificaban a las jóvenes en dos categorías: las que se dejaban meter mano y las santas. Las primeras no eran casaderas, las segundas sí. Sí y no siempre, ya que había que considerar otros atributos personales. Las madres de aquella época recomendaban a sus hijos varones: “esa chica es un partido” “pero si es feísima” “hazme caso la belleza pasa y la posición económica queda”. Las madres vertían consejos parecidos a sus hijas: “tienes que relacionarte con fulanito o menganito pertenecen a familias de siempre” “nunca podré enamorarme de esos imbéciles” “¡el amor, el amor, vaya tontería!”

En aquél entonces, la mayoría de las mujeres no estudiaba carreras universitarias y apenas terminaban sus estudios escolares. Las hijas pudientes aprendían en los colegios de monjas piano, labores del hogar y francés. Las hijas de jornaleros y menestrales estaban destinadas a servir en las casas de la burguesía. Existía en Salamanca una congregación, las monjas del servicio doméstico, cuyo cometido era suministrar mano de obra a las señoras. “Madre necesito una segunda doncella” “Hija tengo una joven muy hacendosa y limpia. Procede de una familia de Cantalpino muy cristiana. Aprenderá rápido” La señora pagaba el servicio, la Madre lo recibía con humildad y la joven de dieciséis años era conducida con su maletita de cartón al nuevo hogar. Sucedía, a veces, que el señor se propasaba y le hacía un hijo. No preocuparse, las madres de entonces estaban acostumbradas a lidiar cualquier toro. Una solución era echar a la pecadora encinta. “! Eres una puta ¡”. Otra, dar a los padres una cantidad de dinero para “la crianza”. En algún caso, ¡oh prodigio!, reconocían a la criatura por lo bajines.

Pues bien, unas gentes peligrosas, unos más, otros menos, quieren recuperar algo de ese odioso pasado. El algo consiste en que ellos sigan siendo alguien, al menos un poquito. Protegiendo al ser débil: “Las señoras primero”. Alabando las cualidades profesionales de su secretaria: “Qué guapa estás hoy”. Promocionando el coche de alta gama: “Os quiero mañana maquilladas, con minifalda generosa y tacones de diez centímetros”. Seleccionando personal: “Esa no, está embarazada”

Sin embargo, para gran disgusto de algunos hijos y nietos nostálgicos de aquella “gloriosa época”, las féminas se han revelado. Resulta, que sacaron sus pies de las alforjas eclesiales. Resulta, que muchísimas de ellas tienen profesiones más cualificadas que ellos, son tanto o más ilustradas y defienden, con uñas y dientes, su cuerpo y su erotismo.

Los de la plaza de Colón la tienen cruda.