¡Lo que faltaba!

"La llamada jornada de huelga del pasado día 21 ha sido un ensayo en toda regla de lo que puede venir otro día"

Por más empeño que pongo en olvidarme de la actual situación y escribir, por ejemplo, sobre el problema de la despoblación en el ámbito rural, siempre aparece un hecho lo suficientemente transcendente como para ocuparse de él. La actitud de nuestro presidente del gobierno es como estar echando gasolina en el incendio declarado en Cataluña. Una vez sean disueltas las Cortes y convocadas elecciones, su empeño en seguir mintiendo ya ha provocado el desdén de los mismos que le apoyaron en la moción de censura. A todos los españoles nos dijo que, ni por un momento, había cedido a las exigencias de los independentistas, lo que causó en ellos la más socarrona de las sonrisas. Llegado el obligado trámite de presentar los PG para su aprobación, ha recibido el rechazo unánime de todos sus cómplices. Como padece intolerancia a la verdad, pretendió salvar los muebles erigiéndose en paladín de la Constitución, cuando la realidad es que fueron los secesionistas quienes le dieron la espalda. Toda esa falta de seriedad cala tan hondo en sus interlocutores que aprovechan la ocasión para, con la disculpa del cacareado diálogo, elevar el listón de sus peticiones conociendo la necesidad que apremia al adversario para satisfacer su ego. En el colmo de sus desmedidas ansias de figurar, no sólo se olvida de los desplantes recibidos sino que, acto seguido, vuelve a mostrarse dispuesto a sentarse para nuevas maniobras de acercamiento y negociaciones.

La última ocurrencia -de momento- del “repartidor de LoMónaco” ha sido ordenar a su grupo parlamentario que se oponga a la proposición de ley que pretendía volver a considerar delito la convocatoria de referendos ilegales. Si eso no es dar alas al independentismo catalán, yo soy el Mariquelo. Claro que, acto seguido, nada le impide seguir jurando que no cede a las presiones de los independentistas.

Las jornadas que estamos viviendo en el Supremo con motivo del juicio al Procés no dejan lugar a dudas. Por la dejación que han mostrado los diferentes gobiernos ante las bravuconadas de los secesionistas catalanes, los responsables de los acontecimientos del 1-O traen la lección tan bien aprendida y demuestran tal grado de autosuficiencia que las masas empapadas con el virus del independentismo, antes de conocer la sentencia, ya están frotándose las manos. De otra forma sería muy fácil de explicar la facilidad que exhiben para paralizar la actividad en toda la comunidad sin que nadie se lo impida. Vista la progresión que están experimentando las diferentes provocaciones, y la práctica impunidad con que actúan -sólo hubo cuatro detenciones-, el problema tiene todos los visos de acabar en algo mucho más serio. Esa minoría jaleada constantemente por el poder gobernante -no en vano sólo vive de eso-, que se atreve a enfrentarse abiertamente a una policía autonómica que nunca se emplea a fondo -porque no se lo ordenan o porque no quiere más problemas-, llegará un día que sobrepasará el límite de lo admisible y ofrecerá otro tipo de resistencia merecedora de una represión más efectiva. Estaremos ante otra jornada como la del 1-O y volveremos a ser mirados con lupa por aquellos que no han visto -o no han querido ver- más que una cara de la realidad.

La llamada jornada de huelga del pasado día 21 ha sido un ensayo en toda regla de lo que puede venir otro día. Como Cataluña está convirtiéndose en un campo de experimentación de nuevas tácticas secesionistas, hemos asistido a una huelga muy original. El responsable de la intersindical CSC que convocaba a la protesta, el terrorista Carles Sastre, no escondió su intención al declarar: “Cataluña es ahora un laboratorio político a nivel europeo y puede que a nivel mundial” Pues bien, es la primera huelga en la que se increpa a los principales sindicatos, no aparecen entre los convocantes ni patronal ni obreros; pero funcionan a la perfección, y con inusitada violencia, un nuevo tipo de piquetes informativos. Las hornadas de jóvenes adoctrinados desde la escuela ya están empezando a dar sus frutos. Organismos oficiales, algunos centros de enseñanza  -¡hasta el Barça!- han querido colaborar en esta operación de imagen cara al exterior. Además de atentar contra la libertad de una mayoría de catalanes no independentistas, la economía de la comunidad ya ha dado claras señales de decadencia por falta de inversión extranjera, la huida del turismo y la inestabilidad que ahoga a las empresas. Si alguien no se decide a intervenir en este caos, las consecuencias pueden ser muy graves.

Cuando los imputados por el 1-O se esfuerzan en confesar su nula participación en los hechos por los que se les juzga, la mayor prueba de que no están diciendo la verdad está en las calles, en las autopistas, en los ferrocarriles y en todos esos puntos previamente escogidos por ellos mismos. También en los que no tuvieron el valor de arrostrar las consecuencias de sus provocaciones, y en los que están ahora ocupando sus mismos cargos. De esa siembra, y de la cobardía de los distintos gobiernos centrales que se lo han permitido durante décadas, hemos pasado a una Cataluña en la que no se respeta la ley y en la que nadie se preocupa de los catalanes que desean seguir siendo a la vez españoles. En el interior se permiten toda clase de atropellos a la libertad, y en el exterior se está auspiciando una nueva leyenda negra. En ambas situaciones los políticos están empeñados en rebajar el nivel de peligrosidad. Unos, porque es la táctica que mejores resultados está proporcionando, y otros, porque están más preocupados por los votos que por su obligación de gobernar para todos. La teoría de aplicar una democracia con el sello del “buenismo” es faltar a la obligación que tiene todo gobierno de vigilar el cumplimiento de las leyes. Cuando solamente se mira para un lado, se corre el peligro de estrellarse.