Sábado, 24 de agosto de 2019

Una historia de violencia

“Pero tú no buscabas los ojos arañados,
ni el pantano oscurísimo donde sumergen a los niños...”

FEDERICO GARCÍA LORCA,  “Oda a Walt Whitman” en Poeta en Nueva York.

Iniciada esta misma semana en Roma una “cumbre” de las autoridades de la Iglesia Católica para enfrentar (¿solucionar?, ¿reconocer?, ¿evitar?) el descomunal y escalofriante asunto de las violaciones, abusos y agresiones a miles (¿millones?) de menores por parte de miembros de esa misma iglesia en todo el mundo, y desde hace tantas décadas que la memoria se apaga antes de alcanzar el principio de tan horrible certeza, diríase que la innegable voluntad de claridad del jefe de los reunidos solo alcanzará resultados en consonancia con el argumentario buenista y seudopiadoso característico del catolicismo, cual es el ejercicio de efectos tan volátiles e inútiles para sus víctimas como el “examen de conciencia”, el “dolor de los pecados” o el “propósito de enmienda”, términos sinónimos de algo así como “lo malos que hemos sido, a ver si mejoramos”.

La antigüedad (la viejuna decrepitud, para ser más exactos) de la Iglesia Católica, que ella misma utiliza como marchamo de fiabilidad y que no es sino constatación de una colonización mental basada en la superstición y la ignorancia, se nutre de una historia de dominación, amedrentamiento, complicidades indignas y apropiaciones indebidas, que a lo largo de los siglos ha sembrado de temor y falsa esperanza cientos de generaciones. Aunque injusto sería ignorar que, en alguna medida y debido sobre todo a la voluntad personal de algunos de sus miembros, también ha dado muestras de bondad, humanidad y solidaridad con los necesitados, no puede olvidarse su historia criminal, sus alineamientos con dictadores, sátrapas y tiranos de toda latitud y época, su bendición de genocidios, masacres, matanzas y exterminios a lo largo de los siglos, lo que la ha convertido por apropiación, cobro de servicios o simple usurpación, en una de las empresas multinacionales con más riqueza y hacienda en general conseguidas a cambio de vender , ofrecer, ofertar y prometer productos como la gracia divina o la salvación eterna, tan indemostrables, intangibles e invisibles como baratos de fabricar.

Mostrar desde estas líneas el respeto de quien las firma por los creyentes católicos de modo individual (no se cuestiona aquí la creencia, sino su mercadeo), no obsta para mantener la sospecha de que la iniciativa del muy admirable cardenal Bergoglio para enfrentar el gravísimo problema de la pederastia dentro de su iglesia, constituirá un “paripé” de pública confesión que no tendrá efecto penal alguno, y que las víctimas de tan execrables crímenes seguirán arrastrando de por vida sus heridas sin reparación ni justicia, y los culpables serán tal vez expulsados de los altares y los púlpitos, escondidos o tal vez “absueltos” en los confesionarios, pero no enfrentados a su responsabilidad ni condenados civilmente como reos de uno de los delitos más estremecedores y de más lacerante indignidad como los que han cometido contra los más indefensos.

Del mismo modo que la Iglesia Católica ha intentado, y conseguido en muchos países, que sus normas internas morales se extendiesen a los códigos penales convirtiendo en delitos sus pecados (aborto, divorcio, eutanasia, adulterio, utilización del lenguaje y hasta muchos aspectos de la investigación científica), debería expandir también la información sobre sus propias responsabilidades delictivas hacia la justicia de todos, entregando a las autoridades civiles a los pederastas, encubridores, facilitadores, cómplices y acogedores, culpables todos de la podredumbre moral y la infección de indignidad y mentira que va descubriéndose en el seno de una institución cada día más alejada de los valores que dice predicar. Por lo que se ve, las luchas de poder intestinas en una empresa tan golosamente apetecible que sus libros de cuentas tienen solo columna de haber, harán imposible la justicia o la reparación para las víctimas (o siquiera la tibia esperanza de que nadie más sufrirá su tormento), y ni siquiera el desenmascaramiento del ominoso silencio de sus dirigentes.

Existe en muchos países, también en éste, una declarada lucha de los partidarios de imponer modelos religiosos de enseñanza y educación, frente a la voluntad de laicidad de quienes consideran que la creencia religiosa debe sustanciarse en el ámbito de la intimidad personal y nunca como forma de enseñanza y menos de educación. Habría que tomar partido decidido por esta opción, ya que la mayoría de los casos denunciados de pederastia de religiosos han ocurrido dentro de centros de enseñanza, aprovechándose enseñantes, profesores, entrenadores, tutores o vigilantes de su ascendencia y autoridad sobre las víctimas para violarlas. Sin generalizaciones empobrecedoras, pero con la sospecha de que no sea posible implicar a la justicia ordinaria en la reparación de estos crímenes, tal vez no sería ocioso fijar el objetivo en cuestionar la naturaleza (legal, formal, social) de la enseñanza y la educación de menores que implique cualquier contacto con lo religioso.