Sábado, 7 de diciembre de 2019

¡Es nuestra condición!

 A veces, muchas  veces, cuando uno se sumerge en la lectura de los clásicos, se da cuenta de que el ser humano no ha experimentado, como persona, la adecuada evolución. No hemos sabido dejar atrás las partes negativas (odio, rencor, envidia…) y mantener, incluso potenciar, aquellas que nos hace mejores. No digo  más ricos y poderosos, con más tecnología y comodidades, sino más sensatos y virtuosos.

Pero no es sólo que no hayamos experimentado esa evolución, lo peor es que no hemos aprendido, no hemos sabido conservar alguna de las costumbres, actitudes o valores que hicieron grandes a pueblos como el griego. ¡Ya sé, ya sé, que todo eso suena a trasnochado, arcaico, a carca o a abuelo Cebolleta! Pero si nos libramos de prejuicios y les echamos un vistazo, a lo mejor cambiamos de idea.

Ahora, cuando se ha dado el pistoletazo de salida para las elecciones que de todo tipo vamos a tener que sufrir durante varios meses. Ahora cuando los políticos pugnan por ocupar un lugar privilegiado en la línea de salida. Ahora, cuando avanzan a codazos, abriéndose paso sin considerar a quien pisan, a quien le sacan lo ojos o a quien apuñalan por la espalda, pues al parecer todo es válido si con ello consiguen llegar los primero a la línea de meta. Ahora, cuando veo el ímpetu con el que luchan por conseguir un puesto de privilegio desde el cual poder servir mejor a los ciudadanos, yo me pregunto: ¿Cómo pueden tener tanto fervor por servir al pueblo? Fervor que les lleva a mentir, engañar, insultar, venderse al mejor postor y un largo, muy largo etcétera, de diabólicas maquinaciones, para echar al otro a la cuneta. ¿No será que sus pretensiones no son las de servir, sino las de servirse? (¡Anda que no es viejo eso ni nada!)

No sé si esos políticos, que ahora andan en plena ebullición por deshacerse del otro, por desacreditarle, se darán cuenta de que esos insultos, esos calificativos quedaran impresos para siempre, los del uno en el otro y los del otro en el uno. Es decir, que salga quien salga elegido tendremos unos gobernantes con el marchamo de  ladrón, corrupto, inepto, mentiroso, traidor, facha… ¿Y quien va a respetar a individuos de esa calaña?

En estos momentos de alboroto político, me acordaba de mi amigo Plutarco cuando en sus “Vidas paralelas” al hablarnos de Licurgo y sus famosas leyes, nos comenta la forma en que el pueblo elegía a los gerontes, que formarían parte del consejo de los Treinta y que tenían un gran poder y reputación en Esparta. Tenían que ser personas mayores de sesenta años, y eran elegidos no por ser el más rápido, ni más fuerte, sino por ser el mejor, más sensato y virtuoso.

Nos comenta Plutarco que Pedárito al no aprobarse su entrada en los Treinta, se fue muy contento, como alegrándose de que la ciudad tenía treinta mejores que él.

Me cuesta pensar que en nuestro país tengamos un sólo político, que cuando se sepa el resultado de las urnas, y no haya sido elegido, reconozca que el pueblo ha sabido elegir a los mejores. Lo peor, es que los ciudadanos tampoco lo reconoceremos. Con lo que, a la vista de un sector de ciudadanos, siempre estaremos gobernados por chorizos, mentirosos, corruptos, traidores, fachas…

¡Es nuestra condición!