Sábado, 21 de septiembre de 2019

Peso y entidad

         Esto del carisma es complicado, o se tiene, o no se tiene. Y no tiene nada que ver con la belleza –mi hermana afirma que al menos Pedro Sánchez está de buen ver y anima la pantalla a la que, por supuesto, quita el sonido-, ni con los asesores de imagen. Más bien se trata de esa cualidad ignota propia de las actrices de antes, esas a las que fotografiaban como si fueran esculturas, sus pómulos marcados, su hieratismo incapaz de decir tontería y media. Rostros enigmáticos, bellos sí, pero eminentemente personales, únicos, plenos de gracia. Una especie de fuerza desconocida propia de seres quizás tristes –el perfil de Manolete era de una dolorosa pesadumbre-, siempre lejanos y sobre todo, dotados de esa aura única e intransferible que les hacía únicos sin necesidad de aislarse en el bosque como Salinger, u ocultar sus apasionados apetitos como Ava.

         Lo digo porque recorro el espectro político español y lo del carisma brilla precisamente por su ausencia. Ni las nubes de humo de Carrillo ni la voz inconfundible de Fraga. Ni el atractivo doloroso de Suárez ni la gracia paisana de Labordeta. Nuestros políticos se esfuerzan en vano porque ni la apostura baloncestista de Sánchez ni la búsqueda de Casado de todo tipo de anacronismos para insultar al rival nos inmutan. Ni la coleta de Iglesias ni las andanadas de Rufián. Ni la austeridad buscada de Montero ni la aparente cercanía de Susana. Nada que hacer con el sombrío panorama independentista –Torra parece un trabajador de funerarias- ni con el fugado flequillo del belga junto al que Junqueras parece un bienintencionado catecúmeno de verbo apasionado. Y qué decir de Arrimadas, a quien la valentía de su origen le da una gracia de burbuja chispeante, siempre al quite pero que no remata por mucho que diga mi chico que él la votaría a ella hasta para presidenta de la comunidad de vecinos. Quizás sea Tardá, con sus trajes negros y sus rizos republicanos el más curtido de los parlamentarios reconocibles, esos a los que comanda Ana Pastor con gracia y estilo sobre todo cuando dice preferir la visita de Clooney a la del presidente chino con todo y dineros. Visto lo visto, una se queda con la ministra de Hacienda, su pelo, su verbo, su colorido vistoso y sobre todo, escucha embobada el discurso serio y bien medido de un vasco curtido en todas las lides parlamentarias: Aitor Esteban.

         Porque eso es el carisma y el talento: aquello que no busca sino que encuentra, aquello que es pero no se impone. Es la inteligencia, es el verbo, es el tono sosegado y sobre todo, la capacidad de gustar incluso al contrario. Porque cuando uno reconoce el carisma no puede por menos que rendirse a la evidencia: lo tienes o no lo tienes. Es sencillamente la capacidad de transmitir coherencia, de generar confianza, de despertar el deseo de escuchar en un tiempo donde sobra ruido y los asesores se afanan en mostrar al candidato o político como lo que no es ni será nunca por muy presidenciable que se ponga. Aitor Esteban es la inteligencia. La ministra de economía, el descubrimiento de la palabra apasionada, esa que en los demás suena falsa. El resto, con todos mis respetos, la feliz comparsa. Y es que el carisma, ya lo dije, es una cualidad resbaladiza y sumamente arbitraria.

Charo Alonso. Fotografía de Fernando Sánchez.