Sábado, 16 de febrero de 2019

El dialogar se va acabar

Dialogar, dialogar, siempre dialogar, pero para que exista un diálogo es preciso que al menos haya dos partes que quieran dialogar. Es decir, que quieran intercambiar opiniones, asumiendo la posibilidad de que esas opiniones, tanto de un lado como del otro, pueden sufrir cambios.

Al final, los separatistas catalanes, han dado la razón a los que pensábamos que eso de dialogar no era lo suyo, por mucho que lo pregonaran a los cuatro vientos, consiguiendo engañar a una buena parte de españoles y a muchos catalanes. Lo suyo era, eso, lo suyo, es decir la independencia, monotema para ese pseudodiálogo.

Parece ser que el Gobierno se ha dado cuenta de esa patraña urdida por los separatistas y han dicho, hasta aquí hemos llegado. Han intentado dialogar y han cedido hasta el límite de lo permisible (para algunos incluso le han pasado), han intentado contentarlos, pero todo ha sido estéril. Ellos, cerrados en su banda, no dan un paso atrás pensando que tienen la sartén por el mango.

Ahora, una vez roto el diálogo, hemos entrado en tiempos de amenazas ¡que viene el lobo! A ver si a los independentistas por la vía del miedo ceden lo que no han sido capaces de hacer con el diálogo. Pero, mucho me temo, que dado el extraño “cariño” que tienen a los españoles, van a preferir caer en las fauces del lobo, si con ello consiguen que los lobos campen a sus anchas por el solar patrio.

Mientras que en este nuestro querido y abatido país no tengamos unos partidos políticos con conciencia de nación (o simplemente con conciencia), que dirijan sus esfuerzos y sus mermados conocimientos en mejorar la vida de todos los españoles, en lugar de dedicarse al deporte nacional de la riña a garrotazos, no tendremos un país en el que podamos dedicar nuestros esfuerzos a vivir dignamente, sin rencillas, enfrentamientos, odios… Y es que los partidos, todos, han dicho una y otra vez, sin ruborizarse, que su prioridad, que su razón de ser es la destrucción del otro. Es decir, que lo importante es destruir, no construir. Si ese es nuestro su lema, difícilmente vamos a progresar, pues aunque lo consigamos, luego nos tocará la ardua tarea de construir. Sin descartar que una vez construido, otros vengan para destruirlo y así volver a empezar. Sísifo debería ser su santo patrón.

Si los partidos, sobre todo los dos más grandes, o los que fueron más grandes, hoy medio consumidos por guerras fratricidas, se hubieran unido en tiempos difíciles, haciendo innecesarios los apoyos de las ratas que viven de la sangre que derraman los grandes en sus fratricidas luchas, otro gallo nos cantaría.

Ahora tienen otra oportunidad para demostrar que son dignos de gobernar un país, ahora pueden hacer piña y permitir que la gobernabilidad de quien sea, sea posible. Hoy serán unos, mañana los otros, sin permitir que las ratas, que desgraciadamente han engordado tanto que los tienen atemorizados, tomen el mando, y nos hagan bailar a su macabro son, para que, al final del baile y cuando ya nada tengamos que les pueda interesar, se rían de todos nosotros.

En lugar de buscar una reconciliación, de dialogar entre los que pueden hacerlo, se arman más, recargan las baterías del odio y se arrojan los unos contra los otros para destruir lo poco que queda en pie.

Ya sé que esto, hoy por hoy, es poco menos que imposible dada la clase política que tenemos (perdón por lo de clase), pero no hay que perder la esperanza, que es lo último que debemos perder, en que algún día, a los políticos se les encienda la bombilla, se ilumine su cerebro y empiecen a pensar en el bien general. Que se den cuenta de que el partido político es una herramienta para proporcionar ese bienestar, que el partido es un medio, no un fin. Claro, que a lo peor, la bombilla está fundida, con lo que la espera será inútil y todo nuestro gozo quedará sumido para siempre en el pozo.