Miércoles, 20 de febrero de 2019

“¡Papá! ¡Qué miedo tengo!”

Hoy recuerdo aquel año vivido con mi hijo en su lucha por la vida, en el que existían muchos momentos en los que quería llorar y no podía, y otros en los que lloraba sin querer

Seguramente habréis escuchado la noticia de la busqueda de Emiliano Sala, un jugador argentino que ha desaparecido cuando volaba en una avioneta. Hay una frase que dice cuando ya ve la gravedad de la situación que, a mí como padre, me pone la piel de gallina “¡Papá! ¡Qué miedo tengo!”. No es difícil sentir empatía e imaginar cómo pueden sentirse esos padres cuando sentimos que somos los brazos donde se sienten seguros, o quizás el pecho donde se cobijan cuando sienten miedo. ¿Cómo afrontar como padres no poder darles consuelo cuando tanto lo necesitan? Otro suceso realmente impactante que se ha vivido intensamente en todo el mundo es el rescate de Julen. Me pongo en el lugar del padre cuando escuchó a su hijo caer en el pozo, llamándole ‘Papá’, o cuando escuché sus palabras: ‘¡Estamos muriéndonos!’. Es realmente aterrador.

Estos sucesos me resultan tan inmensamente dolorosos que me consuela cerrar los ojos e imaginarme a mis hijos en los momentos en los que cruzamos una mirada y me dedican una de sus sonrisas. Los que tenéis la suerte como yo, de ser padres, podéis comprobar lo increíbles que son esos momentos en los que, a pesar de tus preocupaciones, son capaces de contagiarte su alegría y de alimentar las ilusiones con tan solo una sonrisa o un gesto. Recuerdo aquel primer día en el que conocí a mis hijos, el momento en el que me los pusieron en los brazos y el orgullo de presentarlos a toda la familia; desde ese momento, poco a poco, día a día, con cada sonrisa, cada lágrima y cada abrazo se ha forjado una relación en la que hay tanto amor y respeto como nunca pudimos imaginar.

Para estos padres está claro que la vida nunca volverá a ser lo mismo, pero, aunque resulte duro, ella sigue su curso; el tiempo irá pasando y ahora empieza para ellos el verdadero proceso de duelo. Hoy recuerdo aquel año vivido con mi hijo en su lucha por la vida, en el que existían muchos momentos en los que quería llorar y no podía, y otros en los que lloraba sin querer. Estas familias seguramente van a encontrar en la presencia de seres queridos la ayuda que necesiten. Lo que está claro es que inician un largo proceso de avances y retrocesos.

Imagino que la única forma de afrontar estas pérdidas es, aunque parezca increíble, seguir valorando a nuestros hijos siempre (incluso en los casos en que ya no estén), y recibir intensamente lo que han aportado y siguen aportando siempre a nuestra vida.