Miércoles, 21 de agosto de 2019

Por el amor

Vivimos en una sociedad en la que no escasean las conmemoraciones, de modo que, a fuerza de haber tantas, pasan prácticamente desapercibidas. Casi no hay día que no tenga la suya. Ahora, entrando en la semana, le llega el turno al día de los enamorados, fecha –por desgracia– no tanto relacionada con el amor, como con el consumo y, debido a él, con los beneficios económicos comerciales.

Tendríamos que celebrar, no tanto el día de los enamorados, como la poderosa fuerza del amor, que genera la vida, que mueve el mundo, que hace temblar el cosmos, que convierte a los seres humanos en dioses…, como ha dicho, desde la antigüedad hasta hoy mismo, la mejor poesía de occidente y de otras culturas y civilizaciones.

Pensemos en autores como Safo, Petrarca, Garcilaso, Shakespeare, Quevedo, Leopardi… y tantos otros poetas, que nos han legado hermosos poemas y versos sobre el amor, como una de las más altas y decisivas experiencias humanas.

La definición más hermosa que conozco sobre el amor se encuentra en un poema del argentino Jorge Luis Borges, titulado “Otro poema de los dones”, perteneciente a su libro ‘El otro, el mismo’, de 1964.

Se trata de un poema de gratitud, de acción de gracias “al divino / Laberinto de los efectos y de las causas”. Y uno de los motivos por los que el poeta ciego argentino da las gracias contiene la más hermosa definición que sobre el amor conocemos: “Por el amor, que nos deja ver a los otros / Como los ve la divinidad”.

Sí. Gracias al amor, a la experiencia y al sentimiento del amor, divinizamos a los otros, los sacralizamos; en definitiva, los dignificamos y, al hacerlo, humanizamos el mundo, humanizamos la vida, la convertimos en algo digno de ser valorado, de ser respetado, de ser vivido.

Pero puede haber un peligro. El amor no solo ha de ser cosa de dos, desentendiéndonos de todo lo que ocurre fuera de ese núcleo íntimo, que puede estar y, de hecho, desgraciadamente está, lleno de conflictos, agresiones, guerras, desigualdades, injusticias… No. El amor, para ser de verdad pleno, ha de estar vinculado con la fraternidad, con la concordia, con el entendimiento, con la piedad…, con toda una serie de actitudes, virtudes, cualidades, o comoquiera que queramos llamarlas, que lo potencian.

El poeta asturiano Ángel González, uno de los autores más significativos del grupo poético español del medio siglo, expresa lo que decimos de modo muy hermoso, aunque también, por desgracia, desencantado, cuando afirma lo siguiente en su poema “Todos ustedes parecen felices…”, incluido en su primer libro titulado ‘Áspero mundo’:

“Todos ustedes parecen felices… / …y sonríen, a veces, cuando hablan. / Y se dicen, incluso, / palabras / de amor. / Pero / se aman / de dos en dos / para / odiar de mil / en mil.”

Esa, efectivamente, de amarse de dos en dos, para odiar de mil en mil, no es la perspectiva del amor. Es otra farsa en la que acaso estemos, pero que habremos de evitar, también en estos días, en los que determinadas actitudes de nuestra sociedad parecen estar varadas en el ruido y la furia. Cuando tanto necesitamos la perspectiva del diálogo, del entendimiento, del reconocimiento…, del amor.