Lunes, 27 de mayo de 2019

Mudanza

En tiempo de tribulación no hay que hacerla, se dice que reza un consejo de Ignacio de Loyola. En política es una advertencia inútil porque son numerosos los casos en que se desoye. La oportunidad, la audacia, el reacomodo a las transformaciones sociales, el cambio habido en los rivales o en el seno de las propias filas, incentivan saltos a otro lugar. A veces son rápidos y aparentemente inesperados, otras resultan de cálculos a largo plazo, en ocasiones tienen una lógica interna, en otras nadie lo entiende. Nayib Bukele acaba de ser elegido presidente de El Salvador tras salir del partido con el que fue seis años alcalde. Emmanuel Macron dejó plantado a los socialistas para correr solo al Elíseo. Ambos contradicen aquel dicho de “quien se mueve no sale en la foto”. De vez en cuando la mudanza es un desastre: es el caso de la decisión del Partido Comunista de España diluyéndose en Izquierda Unida, máxime si se compara con la trayectoria más exitosa seguida por los comunistas portugueses. También es incierta y procelosa como la que desean algunos catalanes.

En el ámbito privado las cosas no son muy diferentes. En el límite, se dice que una mudanza es como un incendio. Hay cosas que van directamente al contenedor de la basura, unas se deterioran en el traslado, para otras no hay sitio en su nuevo emplazamiento. Pero también hay aspectos positivos: el reencuentro con el libro que se creía perdido, las viejas cartas olvidadas, las fotos traspapeladas, el recuerdo del abuelo arrinconado en el trastero, los juguetes de los pequeños. Los cambios de casa son asimismo un reflejo de la naturaleza de las sociedades pues los hay voluntarios y forzosos, aunque al final de sus días todos cuenten. En un momento de su historia, en Estados Unidos el promedio de hogares en los que vivió una persona a lo largo de su vida fue de doce, lo que contrasta con aquellos países en los que la gente apenas si hace mudanza tres veces como media.

Sin embargo, en un nivel más íntimo, mudarse tiene un componente distinto. Hay personas caracol que todo lo que valoran lo llevan siempre encima por lo que el cambio, al ser permanente, deja de ser tal. El resto tiene que calibrar las dos caras de su existencia para encontrar su equilibrio. La externa, que deja atrás inmuebles cada vez que se cambia, y la interna que acoge las transformaciones sutiles, normalmente ocultas, que acaecen en las entretelas de la vida. Pero, como es habitual, las cosas son más complejas. ¿Qué lugar ocupan en una mudanza las emociones? ¿Son transportables los afectos o los desapegos? Desde el paisaje hermoso que dejamos de ver a la cara amable de la persona con quien nos cruzamos cada día, desde el cariño recibido al desprecio contenido, desde el respeto al ninguneo ¿Cuál es el coste de ese abandono intangible de lo que no se va a sentir más por su culpa? ¿Dónde colocar al olvido?