Sábado, 15 de junio de 2019

La ciudad que queremos

Mi amiga Charo y yo –lo nuestro con las Charos es una locura deliciosa porque Charo es ella, García Diego, Charo es Fierro, mi maravillosa editora, Charo es Charo, Charo Ruano, la poeta cuyo nombre en Salamanca es sinónimo de periodismo cultural íntegro y de verso contundente. Y Charo es López, la hermosa jovencita que, según Valentín Martín, nuestro columnista memorioso, paraba la circulación, la rodada y la sanguínea cada vez que salía de su casa salmantina. Lo dicho, que estábamos Charo y Charo discutiendo en Frankfurt, hace casi un momentito, si aquello de que era una señorita de provincias lo había dicho Rosa Chacel, la vallisoletana, o Carmen Martín Gaite, la salmantina que menos mal que no se llamaba Charo, sino Carmina. Y lo decíamos porque asistíamos ambas, maravilladas, al poder del dinero, al sky line afilado como cordillera de la modernidad de Frankfurt, la ciudad del Barco Central Europeo, la ciudad erigida sobre las ruinas que guarda los recuerdos de la primera constitución alemana, el pasado glorioso de los emperadores y la tarea titánica de ser la sede de importantes ferias mundiales y la capital económica de Europa.

La ciudad mediana, la ciudad letrada, la ciudad sosegada tiene otro ritmo, tiene otra poética de los días aunque los coches han acabado por trazarnos los meridianos y los paralelos de la modernidad. Carmena cierra el centro de Madrid a los coches, pero eso ya lo hacíamos en las pequeñas capitales de provincias, esas donde quedan plazas recoletas aunque los ayuntamientos se empeñen en cubrir de cemento gris las piedras desniveladas, que hay mucho arboricida en estos municipios ajenos al encanto de un pasado que es caricia para los recuerdos y materia de reforma con comisión interpuesta para muchos ediles. Ciudad pequeña donde por suerte, seguimos cuestionando temas tales como ocupar o no ocupar la plaza pública de libros y de hombres libres, libres porque lo somos para opinar, discrepar y hasta irnos de paseo a Frankfurt a discurrir por el río de la historia y el modelo alemán del que también tendríamos tanto que aprender. Porque lo importante es, precisamente, el modelo de ciudad que queremos, y en el caso de Salamanca y Cáceres, por poner un ejemplo, la cultura, el turismo cultural, monumental, debería ser una prioridad, una marca de fábrica, algo que anteponer a cualquier interés económico por respetable que sea. Ciudades pequeñas donde la hostelería sea un adorno, no la dueña del espacio, porque no olvidemos que, el turismo cultural mueve el negocio hostelero y no podemos llenar los centros históricos de nuestras ciudades para satisfacer la voracidad de un sector sin recordar que, si la gente viene, es precisamente por el encanto y el valor cultural de nuestras ciudades.

Salamanca, Roma la chica. Tierra de toros, de tratantes, de negocios y negociantes. Sede de la Universidad más antigua de España, ciudad literaria, ciudad de libro, ciudad de letras. Libros y libres para disfrutar de este lujo de espacio pequeño y hospitalario. Ciudad a la que hay que comerse a muerdos felices, pasando la página de su historia y de sus escritores. Cultura que hace ciudad para que la ciudad reciba. Y sí, seamos, nosotras dos, dos felices señoritas de provincias. Cosa, que, querida Charo, creo que dijo la vallisoletana Rosa Chacel, porque la Martín Gaite nos salió muy gallega, muy gallega. 

Charo Alonso.

Fotografía: Fernando Sánchez.