Jueves, 23 de mayo de 2019

Alberto Prieto, los ojos del que sabe

“Manipular produce una falta de credibilidad absoluta y yo no me lo permito porque tengo una honestidad ganada a pulso”
Alberto Prieto muestra aquí su actitud comprometida con su profesión / REP. GRÁFICO: CARMEN BORREGO

Tiene Alberto Prieto los ojos del que ha visto mucho. La suya es una travesía infinita por los límites de la guerra, del horror y de la desesperación. De viajes y dolor hablan sus trabajos de fotorreportero de guerra, de esperanza y de lucha sus palabras, sus gestos arrebatados, su voz clara y contundente, su intensidad apasionada, la de un hombre “fieramente humano” empecinado, quijote de todas las causas, en que nos pongamos –a través de sus fotografías– en el lugar del otro. Del otro que no es tan privilegiado como nosotros, trágica geografía.

Charo Alonso: Alberto, siempre preguntamos lo mismo: ¿Cómo puedes regresar de las zonas de conflicto y retomar tu vida salmantina?

Alberto Prieto: Intentando normalizar, no puedes estar con los parámetros de allá aquí, ni con los de aquí allí. Cuando aterrizo intento no olvidar lo que he vivido, pero vivo con normalidad porque si no, la gente que me rodea y que no tiene la culpa, no podría conmigo. Ni yo.

Ch.A.: ¿Eres capaz de entender que uno de tus compañeros se suicidara tras ganar un Pulitzer con aquella terrible fotografía del niño y el buitre?

A.P.: Claro que sí puedo entenderlo. Fue Kevin Carter, pero esta es una historia compleja. El buitre no se iba a comer al niño que estaba en un campo de refugiados. Este fotógrafo se suicidó porque le pudo la presión. Es que todos hablamos de todo. Llamarle carroñero porque según la gente se puso a hacer la foto y no a ayudar al niño es terrible. No estaba en peligro, el niño estaba defecando y gracias a la pulsera que llevaba se sabe con seguridad que estaba en un campo y protegido. Pero lo entiendo, cómo no lo voy a entender si he visto a gente con la cabeza bien amueblada que han padecido estrés postraumático.

  Ahora hago fotos de naturaleza, no quiero ser ese pesado periodista de guerra

Ch.A.: ¿Tú lo has sufrido a la vuelta de tus viajes?

A.P.: Puede ser, digamos que hay momentos en los que no puedes soportar conocer el mundo. Saber que hay gente que vive así por tener la desgracia de nacer en esos países.

Ch.A.: ¿Crees que se arreglaría todo abriendo las fronteras?

A.P.: Lo más fácil es decir que sí. Pero no puedo decirlo. Lo que sé es que si hay que hacer leyes, hagámoslas justas. Y las que hay, que se cumplan. Algunos gobiernos de España se han pasado por el forro las leyes sobre inmigración porque cuando una persona pisa el suelo de otro país, hay una legislación que indica lo que tiene que pasar. Europa ha decretado que el procedimiento de echar a la gente en caliente va contra la ley, aunque ahora intentan legalizar algo que era ilegal. Si pisas suelo de otro país hay que iniciar un proceso, hay que abrir un expediente, no se puede repatriar así como así, y esto no lo digo yo.

Ch.A.: ¿Cómo resolver todo esto?

A.P.: Si queremos tener un mundo mejor hay que ir a las causas, el proceso es complejísimo, los que hemos estado en los lugares de origen de esta gente que viene sabemos lo que es. Eso nunca lo van a saber los políticos que visitan estos países con escolta y viendo lo que quieren que veas. Nunca van a saber lo que es sentirse una persona perseguida por raza, religión, sexo… Yo intento adecuarme a lo que hay, pero sin engañarme, debemos estar insatisfechos porque queramos o no, tenemos una parte de responsabilidad en esto.

Ch.A.: Estoy de acuerdo contigo pero ¿Cómo resolvemos Carmen y yo, por ejemplo, nuestra parte de responsabilidad?

A.P.: Actuando en consecuencia. Y lo más básico, yo no voy a hacer nada a nadie que no me gustaría que me hicieran a mí. No soy un ángel, pero esta es la premisa básica. Cuando no te sientes cómodo con este mundo en el que vivimos es que no estás mal del todo.

Ch.A.: ¿A qué te dedicas, ahora que no estás viajando a los límites de lo soportable?

A.P.: Ahora hago fotos de naturaleza, no quiero ser ese pesado periodista de guerra porque, además, el fotoperiodismo dista muchísimo de lo que yo quisiera que fuera, con lo cual, ahora busco la naturaleza, la calma. No puedo desprenderme de la fotografía, pero en vez de ir a la guerra, me voy a Batuecas a hacer fotos. Ahora me estoy moviendo en el campo de la discapacidad. Estoy convencido de que si los profesionales que atienden a las personas dependientes no están bien valorados, algo falla. Es ahora mi proyecto vital y cuando me meto en algo es a saco.

Ch.A.: ¿Es un proyecto vital y fotográfico?

A.P.: No, no es compatible. Para retratar un proceso es necesario estar en todos los momentos y captar aquellos que son significativos, no se trata de hacer cinco fotos y ya. Fotografiar la dependencia puede ser interesante, pero también efectista, y eso a veces no es honesto. Lo he visto en gente que ha metido el gran angular a tope de forma efectista y ha ganado premios, pero eso no es honesto.

Ch.A.: Tu honestidad y tu valentía como fotógrafo son bien conocidas.

A.P.: Soy fotoperiodista, pero eso es una circunstancia, yo soy Alberto y no el fotógrafo de guerra solamente, hago muchas cosas más. Las circunstancias no me importan mucho, aunque a veces parezcan más importantes que las cosas que he hecho. Son importantes, pero lo más importante es lo que haces. Recuerdo a un fotógrafo al que le mandaron retratar a Cela y este le dijo “Tienes un minuto”. El hombre hizo zas, zas, zas y le entregó el trabajo al periódico diciendo “Esto es lo que he podido hacer en esas circunstancias”. ¡Y el trabajo era excelente! Su director le dijo que debía estar orgulloso.

Ch.A. ¿Cómo se tomó tu familia que te fueras a la guerra?

A.P.: Ahora la gente va a Raqa, la capital del califato, y todo está relativamente tranquilo, cuando fui yo en el 2012 nadie sabía qué estaba pasando. Les costó mucho aceptar la situación, claro, es lo que menos le apetece a una familia. Yo la primera vez fui ilegal, sin saber ni lo que me podía encontrar, ni lo que iba a ocurrirme.

Ch.A.: ¿No vas con un contrato de un medio, con unas coberturas?

A.P.: No, no hay un contrato. Eso de vete con todos los gastos pagados ya casi no existe. Vas tú, pagando tu seguro porque si te pasa algo arruinas a tu familia, pagando a un guía, a un traductor… y todo por cuenta tuya porque todo está mal pagado aunque trabajes para la CNN. Yo he publicado fotos en El País por 60 o 70 euros. A veces piensas que te pagan casi lo mismo por hacer una foto en la Nochevieja Universitaria que por hacerla en Alepo. De todas formas, ahora hay mucha gente en Siria, si yo quisiera volver a un proyecto así iría a Kabul a trabajar fotografiando la vida de las mujeres.

Carmen Borrego: Es increíble lo poco que se paga un trabajo así. Vas por otro motivo.

A.P.: Sí, Manu Bravo fue mucho tiempo a donde no iba nadie. Porque es verdad que mucha gente va a hacer fotos a zonas de guerra para contar batallas. Y yo no concibo ese trabajo así. Un amigo mío decía: “Ojalá se borraran los nombres de los pies de foto”, y no iba desencaminado, eso sí,  ojalá se pagaran como es debido. Se pagan muy mal y no me gusta el negocio que hay en torno a la fotografía de guerra.

Ch.A.: ¿Quizás por eso no te urge salir corriendo a otro conflicto?

A.P.: Creo que no sigo porque no puedo permitirme hacer lo que yo quiero como yo quiero. He publicado en medios de mucho prestigio, pero no me gusta el negocio que hay en torno a todo ello y aunque sé que es el mundo en el que vivimos y que ya no me sorprende, no me gusta y ahora no estoy dispuesto a seguirlo.

Ch.A.: Salvando las distancias… ¿No te pasa como a Pérez Reverte, periodista de guerra que decidió que aquello era otra cosa y lo dejó?

A.P.: Salvando muchísimo las distancias, sí. Pero no va desencaminada la comparación. Pérez Reverte veía que se había convertido el periodismo de guerra en un circo. La competitividad es tan dura que hace que haya algunos que no hagan el trabajo de manera ética y hagan cosas como manipular una foto. Aunque eso tiene las patas muy cortas porque ahora algunas agencias o medios te dicen enseguida que les mandes el archivo RAW, “el crudo”.

Ch.A.: ¿Qué es el RAW?

Carmen Borrego: Es el formato de imagen original, tal cual se ha captado por el sensor de la cámara… Se hace para ver si has manipulado o no la foto, si la has editado o no.

  “No solo se trata de hacer buenas fotos, se trata de saber con ellas qué está ocurriendo

A.P.: Y no solo se manipula en postproducción. Si yo estoy haciendo un reportaje sobre prostitución y le digo a una mujer “oye, haz esto” o “ponte así”, eso es manipular. Si haces un retrato eso te permite decirle al sujeto cómo posar, pero si estás en un espacio pequeño, casi en cautividad son momentos en los que la imagen se impone casi moralmente. Sin embargo, si estás delante de un combatiente y le dices “oye, ponte a disparar por aquí o para allá, que tengo un contraluz cojonudo”, pues no… haber venido antes si quieres pillar el contraluz. En prensa puedes manipular en cierto modo, llegas y el candidato ya ha votado, puedes decirle “por favor, haga como que vota”… Es como una mentira piadosa que no le hace mal a nadie, pero si estás haciendo algo documental, no puedes manipular. Manipular produce una falta de credibilidad absoluta y yo no me lo permito porque tengo una honestidad ganada a pulso.

Ch.A.: ¿Cómo recuerdas tu época de fotógrafo de un medio de provincias?

A.P.: Bueno, se parece muy poco a cómo concibo la fotografía, pero es una escuela magnífica, pero las condiciones laborales que ahora tienen los fotógrafos es algo terrible. Yo no pretendo pontificar, no soy nadie pero tampoco menos que nadie y creo que en este mundo en el que ha llegado la precariedad más absoluta, tenemos que pensar que si verdaderamente creemos que está mal el periodismo, hay que pensar qué parte de culpa tenemos como periodistas. Es decir, quizás hubiéramos tenido que salir, protestar, pelear… y no solo en el periodismo, hay un estado de carencias sociales que requieren más protestas globales. Los periodistas reclamamos unos reconocimientos que no pasan solo por lo económico, mi opinión es que no hemos defendido el periodismo a nivel global, porque hay empresas que hacen páginas de periódico como podían hacer pasteles, con todos mis respetos a los pasteleros.

Ch.A.: ¿El problema es lo digital o esas empresas? Hablando de lo digital, ¿qué es la fotografía minutera?

A.P.: En el fotoperiodismo y en el periodismo el nivel de los españoles es fantástico. Por eso se necesitan medios que le den importancia al reportaje y a la persona que lo hace. La llegada de lo digital ha sido terrible, porque lo digital está muy bien, pero ha democratizado los medios y la dedicación no te da la implicación. Para los periodistas quizás haya traído más esclavitud, al final, el que todos tengamos medios está muy bien, pero creer que porque te den un piano eso significa que puedas interpretar una sinfonía es absurdo. Que te den los medios no significa que lo hagas bien. A mí no me sale una buena foto porque tenga una cámara buena, sino porque sé.

Carmen Borrego: O podríamos decir “que yo voy con mi móvil guay de cuarenta megapíxeles, chaval”.

A.P.: ¿Para qué quieres un fotógrafo entonces? El talento no lo da el digital, y si me apuras, tampoco el analógico. Charo, la fotografía minutera es una técnica del finales del siglo XIX que consiste en hacer una fotografía y revelarla dentro de la cámara. El resultado entonces es un negativo del que haces otra fotografía… y cuando haces el negativo de un negativo, sale un positivo. Son dos pasos en un espacio muy reducido, midiendo la cantidad de luz, con un papel de una sensibilidad bajísima. Esto nació como respuesta a aquellos que no podían pagarse un revelado. Ahí estoy, construyendo una cámara con un amigo.

Ch.A.: Una vuelta a los orígenes de la fotografía.

A.P.: Esta es una sociedad en la que queremos todo, y lo queremos ya, sea bueno o malo. La verdad es que no estaría mal que la gente supiera lo que es la apertura, la velocidad… porque no aprendemos nada de nada y si nos sale una buena foto es por pura casualidad. Si alguien te trae una buena foto hay que preguntarle si es capaz de hacer otras catorce para hablar de la desesperación, por ejemplo. Esas que se hacen si hay conocimiento de la técnica y un discurso detrás.

Carmen Borrego: El momento en el que aparece la foto en el revelado es mágico. Todos deberíamos meternos en el laboratorio a revelar.

A.P.: Es una magia química. Fotografiar es escribir con luz. Eso es lo que no entienden muchas personas que piensan que dar a un botón basta. Y no solo se trata de hacer fotos buenas, se trata de saber con ellas qué está ocurriendo, es más, tengo que conseguir con mis fotos que la gente en su casa sepa qué sucede un poco más allá y tratar temas de interés, conseguir que una foto le cambie la vida a alguien. Si yo, yendo a una zona en conflicto, soy capaz de hacer una foto que influya en alguien que, viendo mi foto o viniendo a escuchar una de mis charlas, piense que somos unos privilegiados por vivir así en este mundo, entonces creo que he logrado algo. Por eso me dicen que deje la fotografía y me haga activista.

Ch.A.: Ya lo eres, a través de tus exposiciones y tus charlas actúas como activista ¡Y de qué manera!

A.P.: Alguna fotografía ha parado una guerra. Hay gente que ahora piensa que ya no es ni necesario, total hoy en día sucede lo que sucede porque hay gente aquí que no puede sobrevivir con dos trabajos. Algo falla, algo ocurre, y no solo lejos en una guerra, sino que sucede a gente que está cerca de nosotros. Tenemos una sociedad de gente interesada y anestesiada.

Ch.A.: Por eso mismo tiene que haber más gente como tú.

A.P.: Hay que ser como esa montaña que no espera nada. Hacer fotografía de guerra, si se traduce en que se hable de conflictos callados como el de Armenia, es necesario. Porque es necesario investigar, mejorar, saber… por eso hay que ir a hacer fotos. Pero yo ahora lo que quiero es que cada vez sea menor mi parte de responsabilidad en esta sociedad y en este trabajo, que si está mal el periodismo no sea por mi culpa. Quiero que los que vengan detrás tengan el contrato laboral por el que he luchado yo. Las mejoras se construyen a base de sacrificios y yo no estoy dispuesto a hacer concesiones, de ahí que me aparte de muchas cosas.

Ch.A.: ¿No es una utopía lo que dices?

A.P.: La gente que dice que estas posturas son utópicas es porque quieren descargar la responsabilidad que les corresponde. Es que es difícil comprometerse, queremos mejorar las condiciones laborales, pero no queremos mojarnos el culo.

Ch.A.: ¿Qué nos queda, Alberto?

A.P.: Las fotos que hago con la cabeza, esas no se pueden exponer. Nos quedan la música, los amigos… no toda la música y sí todos los amigos. Tengo cosas interesantes que convertir en proyectos y me debo a mí. No quedarse en la etiqueta. Lo importante es ser consecuente y defender una idea. Que sin educación está todo perdido, no se da valor a la fotografía ni a nada, porque no se respeta el trabajo, cualquier trabajo y la base para hacer que la gente respete el trabajo y que trate a todos como nos gustaría que nos trataran a nosotros es la educación.

La poesía desesperada y certera de sus imágenes nos interpela con la misma fuerza que sus palabras. Humilde como un asceta, fibra de acero, integridad y discurso, Alberto Prieto es un orgullo para la fotografía salmantina, siempre fecunda en nombres. Ninguno ha llegado tan lejos para meterse tan dentro. Ninguno ha viajado tanto para quedarse tan cerca. Prodigio de integridad escribiendo con luz la historia de una infamia a la que tenemos que mirar humildemente desde el privilegio: el de quienes tenemos la fortuna de no nacer donde nacen aquellos que retrata un hombre de mirada sabia y verbo intenso: Alberto Prieto.