Julen o la metáfora de la bondad

Han sido once días de movilización sentimental. Desde que Julen se hundió por un boquete de un pozo sin la protección necesaria, es como si todos los españoles nos hubiéramos unido en el deseo bondadoso de que ese niño pudiera ser recuperado con vida. Queríamos que fuese rescatado y volviera a su vida de niño feliz junto a sus padres, su familia y sus amigos, queríamos que la vida tuviese sentido y abjurábamos de la tragedia que ha terminado por cumplirse: el destino, como casi siempre, ha sido cruel e injusto. Ese niño tenía derecho a vivir, pensábamos confundiendo la realidad con el deseo, y debía ser así y confiábamos en que al final todo terminara bien. ¿Quién racionalmente podía creer que una caída de 70 metros, equivalente a 20 pisos, con el simultáneo derrumbe de arena sobre el cuerpo del niño, podía tener otro desenlace? Hasta los técnicos involucrados en las tareas de salvamento parecía que se habían olvidado de los datos y apostaban por que todo concluyera como en nuestros mejores sueños deseábamos: no miraban lo que sucedía sino lo que anhelaban.

Pero el mundo es así, y nos olvidamos deliberadamente de ello porque si no la vida sería insoportable a veces, tenemos que descansar de tanto mal y fealdad. Es como si de vez en cuando necesitáramos la amnesia sobre el mundo que nos rodea, sobre la vida con todas sus miserias. La muerte de un niño que apenas ha vivido, es insoportable, es injusta, ¿pero quién ha dicho que la vida sea justa?

Esa unidad en lo sentimental, en los buenos deseos, ha sido como un soplo de aire fresco en nuestra vida, tan encorsetada por nuestros intereses y egoísmos, tan mediocre y previsible, ha aireado nuestros desvanes interiores llenos de telarañas existenciales, ¿pero cuánto nos durará,  no hemos vuelto ya a las rutinas inevitables pero insoportables, envueltas de materialismo y sinsentido?, ¿en qué nos hemos transformado, o lo vivido ha sido tan solo un paréntesis agradable en nuestras vidas pero que no nos ha cambiado en nada?

La interpretación crítica de todo lo que ha ocurrido lanza sus dardos a convertir una tragedia, el dolor de una familia, incluso su sentimiento de culpa, en un gran espectáculo, con retransmisiones al minuto por las televisiones, convirtiéndonos en impúdicos espectadores del sufrimiento ajeno. Quienes censuran lo que ha ocurrido piensan que el impudor y el cinismo de ciertos medios de comunicación tienen como base los intereses económicos: el dolor y la muerte venden, son negocio, aunque cueste decirlo.

Y es verdad, pero como todas las cosas, la realidad es ambivalente. El sentimentalismo si no es escapista, no es malo, pero desgraciadamente casi siempre es escapista. Otra cosa es la solidaridad o la compasión, que acompaña en el dolor a quien lo sufre, ayudándole, echándole una mano, visitándolo, no pasando de lado. El sentimiento solidario y compasivo no se detiene en la anécdota, no se queda en las lágrimas que nos provoca un suceso, sino que se implica, se compromete.

¿Quién no ha pensado estos días cómo podía ser el mundo si la lógica de nuestra conducta fuese pensar en los demás, apostar por los débiles, por quienes les vienen mal dadas? Esto ¿es un desiderátum, una fantasía o algo posible? O en otras palabras ¿cabe la bondad en serio?

En cualquier caso, una vez más ha quedado claro que pocas cosas sientan mejor como hacer el bien a los demás, ya sea superficial o profundamente. Derramar unas lágrimas por un niño que muere sin ningún sentido, es bueno y denota que en nuestro interior anida la añoranza por la bondad, la nostalgia por una vida distinta. Y es que ser sentimental no es nada malo, pero no basta, hay que ir más allá, no quedarnos en la emoción y comprometernos en la acción. Cada día, cada hora, porque el sufrimiento está ahí, a la vuelta de la esquina, solo hay que mirar para encontrárnoslo. Y no apartar la vista, aunque no salga por televisión.

Marta FERREIRA