Viernes, 4 de diciembre de 2020

Omayra y Julen

Entre el cadáver helado de Omayra y el del lento niño que fue Julen allá en la oscuridad de los misterios han pasado 34 años. Y parece que nada ha cambiado cuando un viento malo (el mismo que andaba entre los cipreses el día que murió la madre de Pedrero) acecha los campos y se lleva un niño, como el milano que vuela sobre el azul de los tiempos.

Omayra tuvo trece años y una agonía televisada de 60 horas. Allí estaba la niña colombiana atrapada por el Nevado del Ruiz, por los añicos de las baldosas, y por las garras de una tía muerta que tiraba de ella hacia las profundidades intentando salvarse.

El  mundo asistió perplejo a una muerte en absoluto anunciada por su ilustre paisano García Márquez. Una niña no puede morir si la vemos, la estamos viendo todos con la cabeza fuera del agua, agarrada a un tronco, mientras habla -incluso a veces canta- y le dice a su madre: mamá: si estás en alguna parte y me oyes, reza. Probablemente su madre rezó, pero lo que necesitaba Omayra para seguir andando por la vida era una simple motobomba que aspirase el charco del agua que impedía liberar sus piernas. Dijeron que la motobomba más próxima estaba muy lejos. Una lejanía asesina para Omayra que tardó tres días en morir entre  alucinaciones finales. En tres días una bandada de motobombas habría acudido si Omayra no hubiese sido una niña pobre al que el amor furioso de sus padres no le bastó.

El día que expiró Omayra la gente habló mucho sobre los volcanes.

En el camino hacia el abismo final, el niño Julen tal vez perdió el chupete y el biberón. Dos años tenían los tres. Esta vez no fue como hace 34 años. Trescientos voluntarios especializados en la muerte intentaron salvarlo. Y todo un país detrás se fue arrimando al adiós de un niñito sin tiempo tan pronto, ofreciendo sus casas y sus ahorros para mantener un ejército desconcertado ante la vigilia de un pozo enseñado a engañar. Somos un país de solidaridades emocionales y súbitas. Y que pierde muy pronto la memoria. Julen ha muerto en el pavoroso embudo de la incuria. Tal vez, pasado el luto, alguien escribirá algún libro o hará una película sobre un niño muerto ante la misma perplejidad de Omayra o la niña de León Felipe, boticario y poeta, que también tuvo que huir de la muerte. Luego llegará el olvido y llevará el nombre de todos los que acudimos a una mortal melancolía que el tiempo desvanecerá como los amores en otoño.

Andan ahora echándose la culpa uno a otro. Pero la verdad es que no estamos ante una culpa repentina y caliente de dos, sino ante una culpa de 500.000 pozos ilegales y potencialmente asesinos en todas las  Españas. Recuerdo mis paliques con José Antonio Labordeta, un hombre al que los poetas consideraban mal poeta y un músico al que los músicos consideraban mal músico. Y los diputados de derechas, una mierda de político.

En esas conversaciones en lo que Luis García Montero llama el salón de la casa de Ángel González -que es el bar de abajo donde el poeta asturiano escribía mientras miraba la Plaza de San Juan de la Cruz madrileña-, yo le decía a Labordeta lo que sabía en aquella guerra del agua: la imposibilidad de las autoridades para luchar contra los miles de pozos ilegales de Murcia. Los mismos acuíferos artificiales que chupaban el agua a los ríos, igual que en Ciudad Real agotaban las Lagunas de Ruidera, convirtiendo en un cadalso la tierra del agua. Pongamos que un lunes los escasos empleados de las comisarías de agua sellaban algunos pozos. El martes, el precinto había sido roto y otra vez el pozo era un manantial para hortalizas. Y, como acabamos de ver, otro asesino potencial para un niño Julen que se acerque corriendo detrás de un colibrí.

Yo tranquilicé a Labordeta, acusado entonces de insolidario, con una pregunta que él no supo responderme. Cuál era la ciudad de Aragón más grande después de Zaragoza. Ni Huesca, ni Teruel. Le dije que Badalona, tan llena de emigrantes aragoneses huyendo del hambre seca de su tierra.

Hoy me siento a escribir sobre dos cadáveres niños, dos ausencias destinadas a ser dos brasas, dos rocas que me atenazan los dedos. Pero aún me queda la palabra terrible y mayúscula de Blas de Otero al mirar el rostro de los patriotas que salen a la calle, escriben y hablan, tienen hijos, se extienden joviales por la vida, aman las cosas físicas, y no les importan los delitos de sangre si es una sangre oculta y diminuta.

Omayra y Julen son escasamente un zumbido que a veces, sólo a veces, sale del cedazo del pensamiento. Ellos se fueron y nosotros seguimos. Pero la cosa más humilde -dos cadáveres que no se conocen de nada- encierra una verdad silenciosa. Que las casas, las fábricas, las estaciones, las iglesias, las tabernas, todo lo que creemos  un mundo protector que a diario nos libra de culpa, no redimen.

Y que nadie puede salir a  la calle y decir que saben a gloria las mañanas. O  que mañana será otro día. Porque para Julen, como para Omayra, ya no habrá mañana. Mañana seguirá esa voracidad económica que, tal vez sin darnos cuenta, nos crece en las manos por encima de la vida.